Otro modelo es posible


Zaragoza, primavera 2010.

Comité Aragonés de Agricultura Ecológica

Menudo aldabonazo supuso para la conciencia del público que llenó la sala Jerónimo Zurita (y de las muchas personas que se quedaron fuera escuchando) la conferencia de Gustavo Duch, que llevaba el mismo título del libro que acaba de publicar: Lo que hay que tragar. Un ejemplo tras otro de prácticas agrícolas y ganaderas insostenibles plagaron su discurso; actuaciones que, a su juicio, «impiden la soberanía alimentaria de muchos pueblos».

«Julio Iglesias y Shakira son mis ídolos», comentó con fina ironía al inicio de su intervención. Los dos son grandes terratenientes que han comprado tierras en un parque natural de la República Dominicana, «lo que significa que los pequeños agricultores de la zona lo vana tener difícil para vivir, ya que les van a impedir la salida al mar», explicó.

Esta realidad, pero a mucha mayor escala, es la que a juicio de Gustavo Duch, se está viviendo en países como Argentina, donde se pueden comprar grandes extensiones de terreno (del tamaño de La Rioja) aptas para ganadería y agricultura, con una renta anual asegurada y un 6% de beneficios sin trabajarla, invirtiendo en soja.

Y por qué soja, se preguntarán. Bueno, pues de eso habló el ponente a continuación, del negocio de la soja, de la que depende la agricultura industrializada en Europa. Y es que, mayoritariamente, la ganadería intensiva se alimenta de soja transgénica que llega del cono Sur de América Latina, una dependencia que ha hecho desaparecer a muchos ganaderos españoles y a pequeños campesinos de los países de origen.

BALANCE

Llegados a este punto, Gustavo Duch hizo un primer balance: si contabilizamos la deforestación, la maquinaria que se utiliza en los procesos agrícolas, los fertilizantes y productos químicos, el transporte, la refrigeración… llegamos a la conclusión de que la agricultura industrializada «es la responsable de más del 40% de las emisiones de CO2 a la atmósfera».

Por lo tanto, si seguimos por este camino, «aumentará la población en la misma medida que irá desapareciendo la tierra fértil». Pero es que además, a este carro, se están subiendo muchos. Incluso, prosiguió, los bancos, que a través de fondos de inversión están comprando tierras y cosechas a futuro, «forzando al alza los precios de los alimentos». Pero no sólo los dueños del capital; también muchos países, que ante la falta de tierra fértil, «están viendo que lo mejor es comprar tierras, como Corea del Norte, que se ha propuesto adquirir medio Madagascar».

CARNE

Este modelo que tiene como protagonista a la tierra también es extrapolable a otros escenarios como el relacionado con las formas de producir carne para el consumo humano. Este veterinario puso como ejemplo la cría intensiva de cerdos y la forma de producir de Smithfield, una gran multinacional de Estados Unidos.

Esta empresa aprovechó el tratado de libre comercio (1994) entre Canadá, EE.UU. y México, de forma que en cuanto empezó a tener problemas en su país por la contaminación que genera la cría intensiva, lo que hizo fue deslocalizar toda la producción. Estamos hablando, por término medio, de granjas de ocho módulos con 18.000 cerdos en cada una de ellas.

Para alimentar a esta cantidad ingente de cerdos, México se vio obligado a bajar las barreras de importación de maíz, que empezó a llegar de EE.UU., «y ello provocó la desaparición de miles de agricultores que vivían de este producto».

¿Pero alguna riqueza generarían?, se preguntó Gustavo Duch. Pues no, respondió él mismo. «La atención de 100 000 cerdos necesita exactamente de 14 trabajadores, ya que se trata de empresas verticalizadas con toda su producción integrada».

Un ejemplo más cercano lo tenemos en Campofrío, empresa que hace un par de años cerró un acuerdo de fusión con la división europea de Smithfield. «Campofrío está deslocalizando su producción a Rumanía y Polonia, países donde ha desaparecido entre el 56 y el 90% de la producción de cerdos», señaló Duch. Y desde estos países, exporta a Costa de Marfil a precios muy baratos «impidiendo que pequeños agricultores y ganaderos vivan de sus productos».

MÁS HAMBRE

«A más producción de alimentos, más hambre en el mundo», fue otra de sus conclusiones, intensificando la producción de lo que sea sin contar apenas con mano de obra, desplazando a miles de personas que no pueden trabajar en el campo y estableciendo modelos como los que acabamos de explicar.

Pero puso más ejemplos, muchos más. El cultivo intensivo de salmones en granjas/jaula fue otro de ellos. «Estas empresas se han deslocalizado y se han ido al sur de Chile, cuyas costas se encuentran atestadas de granjas circulares donde se engordan los salmónidos», señaló. Para que engorden un kilo, necesitan al menos cinco de sardinas, anchoas, jureles… es decir, «la alimentación básica de miles de personas de Chile, Perú y Ecuador».

Sin embargo, concluyó Gustavo Duch, en apenas dos años el milagro salmonero ha mostrado toda su fragilidad. Más de 17 000 trabajadores despedidos y apenas un 20% de los centros funcionando como consecuencia de algo tan aparentemente insignificante como «el virus de la anemia infecciosa del salmón».

Algo parecido sucede con los caladeros de atún. Duch puso el ejemplo de Calvo, que «no sólo deslocaliza la captura, sino también el procesamiento del pescado, implantando estándares de derechos laborales muy por debajo de lo razonable».

SUS FINANZAS

Y al final, se cuestionó de nuevo el ponente, ¿quién financia a estas empresas? «Pues reciben el apoyo, en muchos casos de la PAC (Política Agraria Común), que funciona como paraguas subvencionando los excedentes de la agricultura industrializada». Y para explicarlo puso el ejemplo del pollo, que mayoritariamente se vende despiezado. Y resulta que las alitas, que tienen poca salida, «las subvenciona la PAC y te las encuentras en Haití arruinando la producción local de pollos».

En este modelo de agricultura industrializada, las grandes superficies son las que, a juicio de Duch, «ponen la guinda a un sistema tremendamente injusto». «Marcan los precios a productores y consumidores, estableciendo una gran diferencia entre lo que se le abona al agricultor y lo que paga el consumidor», que en el caso de la patata, por ejemplo, puede multiplicar por diez su precio inicial.

SOBERANÍA

Todas estas situaciones, concluyó el ponente, lo que al final impiden es la soberanía alimentaria de muchos pueblos. «Pero hay alternativas —explicó—, hay margen para la esperanza». Cada uno, desde su posición de productor o consumidor, tiene la posibilidad de fijar posicionamientos firmes e irrenunciables frente a los cultivos y los productos de la agricultura industrializada, optando, por supuesto, por la agricultura ecológica, ya que «consumir productos ecológicos no es solamente una opción que favorece nuestra salud, sino que hace uso de lastécnicas tradicionales, así como de la más moderna tecnología en la construcción de aperos y en el conocimiento de plagas».

Al mismo tiempo, concluyó Duch, están surgiendo modelos diferentes como el que representa la Vía Campesina, una plataforma que defiende la agricultura a pequeña escala. De esta forma, proclamando muy alto que «tenemos futuro», finalizó su intervención, cuya visión sobre dos modelos/dos mundos posibles explica muy bien en el libro Lo que hay que tragar, una obra que defiende «el derecho a la alimentación de los países más pobres y arremete contra la flagrante injusticia del sistema».

PREGUNTAS CON RESPUESTA

¿Qué alternativas tenemos para evitar los abusos de las grandes superficies y de los intermediarios?

Hay muchas soluciones y en todos los sectores. Gente que vende leche fresca a granel con máquinas expendedoras, cestas solidarias, comercio justo o mercados agroecológicos.

¿Vía Campesina es una iniciativa que puede tener recorrido o es un movimiento puramente testimonial?

Necesitamos el combate de la imaginación y apuestas para resistir a la agroindustria. Yo creo en el combate que lidera la Vía Campesina para hacer los cambios estructurales que son necesarios.

¿Qué consecuencias tiene para muchos países la tendencia a los monocultivos?

Esto se explica claramente con el ejemplo de Argentina, que tiene el 55% de sus tierras cultivables dedicadas a la soja. Cualquier plaga que sufra le va a llevar a perder su soberanía alimentaria. En este país, donde el consumo de carne es muy grande, su precio ha subido porque quedan menos granjas de vacas y hay menos oferta. Y la respuesta de la presidenta de Argentina a sus ciudadanos es que coman pescado. Sin ninguna soberanía alimentaria.

¿Con el modelo de agricultura ecológica sería factible alimentar a todo el planeta?

Lo que está demostrado es que el modelo actual basado en los monocultivos, la producción de agrocombustibles, los transgénicos… es insostenible e incapaz de alimentar a todo el planeta. La agricultura ecológica es más productiva que la intensiva.

Actualmente, el 40% de los alimentos de los supermercados se termina tirando a la basura. No necesitamos más alimentos.

Por otra parte, investigaciones sobre la aportación de los alimentos ecológicos a la salud, señalan que estos productos contienen en general un equilibrio más adecuado de potasio, calcio, magnesio, hierro y aminoácidos, además de sus características organolépticas y texturales.

LO QUE HAY QUE TRAGAR

Aprovechando la presencia de Gustavo Duch en Zaragoza, se presentó el libro Lo que hay que tragar. Lo hizo la periodista de Radio Zaragoza, Concha Monserrat, cuyas primeras palabras fueron para anunciar que la de este libro es una historia conocida y vaticinada, «la historia del desarrollismo para proporcionar ganancias a unos pocos a costa de muchos».

Hay quienes se dedican a poner el dedo en la llaga de los problemas reales, prosiguió,«y este libro lo hace claramente: describe sistemas de producción intensivos, abusivos… A muchos les va a poner en guardia ante la evidencia de que somos una sociedad insalubre».

Una sociedad que gasta y consume sin pensar en las consecuencias, es una sociedad insostenible, señaló la periodista de Radio Zaragoza. Y de ello habla mucho y muy claro Gustavo Duch «en esta pequeña enciclopedia que te acerca al conocimiento a partir de principios sencillos».

Lo que hay que tragar. Gustavo Duch. Los libros del Lince. Barcelona, 2010. 257 páginas.

 

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