LÁCTEOS CON ÉTICA

Naiz-Gara. Abril 2013. Gustavo Duch

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La codicia, la corrupción y la contaminación (las tres C) han penetrado tanto en el interior de nuestra sociedad capitalista (con C) que iniciar cualquier actividad empresarial  o ser una persona empresaria está generando aversión. Si hasta hace no muchos años los empresarios que en menos tiempo ganaban más dinero eran portada de todas las revistas e iconos frente a los que arrodillarse, la crisis provocada por dichos valores, ha resituado –como merecían- a tantos ganadineros en su lugar apropiado: el pozo de la mezquindad.

Pero, ¿toda actividad empresarial es negativa en si misma? Evidentemente que no, aunque escuchando las noticias últimamente nos cueste creerlo. De hecho sin personas  que emprenden viajes o aventuras -en este caso económicas- pocas costas alcanzaríamos. La diferencia, como decía, se encuentra en los valores que envuelven un proyecto u otro, y si pensamos en claves sociales, solidarias y sostenibles (las tres S) observaremos cómo empresas nacidas en ese ecosistema son mucho más que simples medios para recoger beneficios, son actividades económicas, gentes y agentes, que convierten su trabajo en beneficios para la sociedad. Incluso van más lejos, se implican descaradamente en transformar, para mejorar, el mundo actual.

En Bizkaia tenemos el buen ejemplo de la Cooperativa Esnetik (lácteos con ética), una jovencísima iniciativa para evitar la continua desaparición de caseríos a causa de malvender (porque les malpagan) su leche a la industria. Ocho caseríos se han asociado con un grupo de personas consumidoras para responsabilizarse conjuntamente de la elaboración de quesos y mantequilla; para construir entre todos y de forma transparente el precio de estos productos;  y para la comercialización de los excedentes que no se consumen entre las familias de la cooperativa.

Uno de los resultados más sorprendentes y que pone en evidencia el juego sucio de la industria se visibiliza en los precios de los alimentos de Esnetik. Sabemos que cuando la industria pone un precio a un producto para nada calcula sus costes, sino que empieza pensando a cuánto conseguirá venderlo castigando los bolsillos de la ciudadanía, y de ahí empieza un descenso en picado hasta llegar al mínimo posible por el que podrá comprar el producto en la finca proveedora. En Esnetik, por el contrario, la construcción del precio parte de la lógica de asegurar a las y los pastores un precio justo y digno por su trabajo. Hoy por hoy, con esa visión Social, Solidaria y Sostenible de cada litro de leche, las y los pastores reciben un 50% más de lo que le pagaría la industria y, sorpresa, el socio o socia de la cooperativa lo paga un 20% más barato que en cualquier supermercado.

Es decir, finalmente tenemos una actividad empresarial que construyendo su espacio propio no se ve afectada por la especulación globalizada, se salta la trampa de los precios artificiales, genera alimentos sanos, asequibles y de calidad para la población, y garantiza la continuidad de la auténtica y necesaria vida rural.

Mucho más que la simpleza de ganar dinero.

Gustavo Duch Guillot. Revista SOBERANÍA ALIMENTARIA, BIODIVERSIDAD Y CULTURAS

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La economía del pan

El Periódico de Catalunya, 29 de abril de 2013. Gustavo Duch

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El viejo profesor sabía que era uno de sus últimos años de clase o quizás, con los recortes, el último. Como un karma repitió la clase que el primer día impartía al nuevo alumnado de primero de Ciencias Económicas.

─Chicas y chicos, van ustedes a escuchar y aprender muchos conceptos económicos, ratios y teorías entre estas cuatro paredes, pero ¿saben ustedes qué economía aprenderán? ¿Saben ustedes qué economía quieren defender o practicar? Porque como tres clases de pan que podemos llevarnos a la boca, existen tres clases de economías.

─Primero, una muy mala economía, indigesta y que más que dar de comer hace pasar hambre. Me refiero a aquellas actividades económicas que con los cereales que se cosecharán en algún rincón del mundo, no producen pan u otro alimento sino que simplemente los utilizan para especular con ellos en el llamado ‘mercado de futuros’, un terreno de juego, en Chicago o Nueva York, exclusivo para entidades financieras, banqueros y ‘brókers’. Se trata de una economía que cotiza con intangibles, que no tiene referencias reales, pero que, sin levadura, hace subir el precio del trigo –el pan- alocadamente, generando mucho daño a miles de personas que no podrán comprarlo. Con la misma receta, este tipo de economía, te hornea una crisis alimentaria, una burbuja inmobiliaria o agranda las deudas soberanas. Es la economía capitalista que sólo aspirar al lucro incesante sabiendo, pero sin importarle, que genera a su alrededor muchas y muy negativas repercusiones.

─La segunda es una economía neutra, como la de aquella franquicia de panadería replicada por muchos barrios de la ciudad que se limita, en un proceso industrial y automatizado, a recoger las masas de pan congeladas que en una caja de cartón reciben cada mañana. Las hornean con poca atención y procuran vender cuantas más mejor. De nuevo en esta economía el objetivo único es el lucro con cualquier tipo de actividad que se desarrolle. Algunas consideraciones  están presentes en todo el proceso (higiénicas, laborales, etc.) pero diría que básicamente se tienen en cuenta por la obligación de operar dentro de la legalidad. Es una economía que en la boca tiene sabor a nada, que en el vientre no sienta mal, pero que en una noche se ha reblandecido y ya se puede tirar.

─Por último nos queda la panadería artesanal autogestionada por una cooperativa de varias personas, que deciden democráticamente todas las cuestiones propias del proyecto, que no es hacer buen pan, sino que es hacer ‘del hacer buen pan’ una actividad  de transformación de la sociedad allí donde viven. Nada es imparcial. Se compra el trigo a las y los agricultores ecológicos más cercanos, pues estos en sus tareas agrícolas cuidan el medio ambiente, ofrecen un grano sano y custodian el paisaje; trabajan la harina manualmente para que sea más esponjosa y de mejor cocción pero también para ofrecer más puestos de trabajo o más medios de vida; hornean la masa con leña que ellas y ellos mismos recogen en los montes comunales, limpiado así el bosque y previniendo incendios; y truecan o venden su pan ecológico en restaurantes de la zona, en cooperativas de consumo y  en pequeñas tiendas de la comarca. Es decir, con un trabajo en el que disfrutan y ponen amor, impulsan un tejido local económico y social que hace del territorio y sus gentes un espacio vivo -como su pan- más sustentable y reproducible. Es una Economía Social y Solidaria que no sabe medir en kilos de pan.

─La primera economía ─explica el profesor─ debería de estar prohibida o erradicada, pero ni la clase política tiene valor ni la sociedad está suficientemente concienciada. La segunda, a día de hoy no sirve para nada, hay que abandonarla voluntariamente porque en este momento de crisis civilizatoria urge poner en práctica todas esas pequeñas economías cooperativas, reales, sabrosas, consistentes y artesanales, que reivindicando los viejos buenos valores de siempre (honestidad, solidaridad, alegría…) saben hacer del pan que nos llevamos a la boca un alimento transformador.

Atento a las propuestas que llegan de los movimientos sociales, el profesor lee en voz alta una definición más formal: «La Economía Social y Solidaria, frente a la lógica del capital, la mercantilización creciente de las esferas públicas y privadas  y la búsqueda de máximo beneficio, persigue construir relaciones de producción, distribución, consumo y financiación basadas en la justicia, la cooperación, la reciprocidad, y la ayuda mutua».

Una vez finalizada la clase, frente a una comida de catering servida en el comedor universitario, se rasca su canosa cabeza, refunfuñando de sí mismo. Tantos años de clases de economía y esa era la única trasgresión al sistema que se atrevía a hacer, disimular pensamientos alternativos con aburridas metáforas de panadero. Mediocre, como el pan industrial.

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ACAPARANDO ROSAS

Gustavo Duch. Diari ARA. 24 de abril de 2013

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Una de cada nueve rosas llegan de una única multinacional de la flor cortada.

Como una tradición complementaria a la diada de Sant Jordi, el día después aparecen las estadísticas de venta de rosas y podemos saber si este año la crisis les ha afectado mucho o poco, qué variedad ha sido la más solicitada y, si buscamos un poco más, quién produjo las rosas que hemos regalado, es decir, a qué población ha beneficiado económicamente una fiesta tan singular.

Aunque se saborean y disfrutan, las flores no se comen,  y quizás por ello puede parecer menos vital pero es preocupante que, igual que en otros sectores agrícolas, Catalunya requiera de la importación de flores para cubrir la demanda. Y no sólo la del día de Sant Jordi, sino la del resto del año. Por eso, desde hace un tiempo, en el listado de proveedores de rosas aparecen países latinoamericanos como Colombia o Ecuador y países africanos como Kenya.  Las organizaciones sociales que analizan este modelo agrario globalizado repiten que detrás del negocio de comercialización internacional de flores se invisibiliza a miles de hombres y mujeres explotados, en viveros con mala gestión medioambiental, con sus derechos laborales violados y trabajando en malas condiciones. Pues bien, según cifras recogidas por GRAIN, y extrapolando datos europeos, actualmente una de cada nueve rosas llegan de una única multinacional de la flor cortada, la hindú Karuturi Global Ltd, que en sus viveros de Etiopía y Kenya produce 580 millones de flores anualmente.

Repasando el terrorífico historial de Karuturi, encontramos dos nuevas injusticias muy propias del catálogo capitalista que tanto se lleva: el acaparamiento de tierras y la evasión de impuestos, y las dos pueden añadirse al conjunto de prácticas que nos permite afirmar que, además de ahogar a los viveros del Maresme, a quien no benefician, ténganlo por seguro, es a la población campesina de esa zona de África.

Acaparadores. En los últimos años son muchas y continuas las voces que advierten y denuncian el fenómeno de concentración de  las mejores tierras fértiles africanas a manos de empresarios extranjeros o firmas financieras que las utilizan -a su antojo, como si fueran suyas- bien para producir productos agrarios que se exportarán, bien para especular con este preciado recurso finito. Y siempre desplazando a la población local, que en esos lugares tenía sus campos, sus alimentos y sus medios de vida.

Karuturi es uno de los casos de acaparamiento más conocido, pues solo en el año 2009 se hizo con los derechos de una superficie de 300 mil hectáreas de tierra de cultivo en  Etiopía. Tierras que equivaldrían a la mitad de toda la provincia de Barcelona fueron robadas de la noche a la mañana, con el consentimiento del gobierno local, a las y los habitantes que en ellas vivían y a las y los pastores que en ellas cuidaban su ganado. En manos de la multinacional estos suelos se dedican a cultivos de exportación- muchos de ellos para producir agrocombustibles- empleando muy pocos trabajadores que con suerte cobran 50 céntimos de dólar por día. En definitiva, con la llegada de Karuturi las personas de estos lugares ya son parte de la contabilidad de población mundial que sufre hambre y desnutrición.

Evasores. A finales del año pasado, y después de mucha presión por parte de los movimientos y organizaciones de la sociedad civil de Kenya, los tribunales de este país africano han declarado culpable de evasión fiscal a Karuturi Global Ltd. Parece ser que la empresa ha manipulado su contabilidad para evitar pagar a las arcas públicas unos 8 millones de Euros en impuestos. La corrupción de muchas multinacionales -otro producto globalizado- representa para los países empobrecidos o en vías de desarrollo una fuga de capitales aproximada de un billón de dólares por año. Esta cifra, que duerme bien resguardada en paraísos fiscales, equivale a diez veces los montos anuales destinados a la cooperación internacional y es el doble del total de pago de deuda que cada año tienen que liquidar.

Ante la noticia, la reacción de la población keniata y etíope es coincidente y categórica. En Kenya, Attiya Waris, docente en derecho fiscal de la Universidad de Nairobi y vicepresidenta de la Red de Justicia Fiscal, sabiendo que la única fórmula que tiene el gobierno de asegurar buenos servicios públicos pasa por contar con los impuestos de todas las empresas, ha expresado que «compañías como Karuturi están desangrando a África». En Etiopia, Nykaw Ochalla representante de la organización Anywaa Survival que defiende a las comunidades anuak desplazadas por la avaricia del empresario de las flores, ha celebrado la decisión de los tribunales de Kenya, señalando que «es justo  haber atrapado a ese acaparador, esta compañía es criminal en muchos aspectos».

La población catalana, en el otro extremo de esta cadena agrícola e igualmente estrangulada por los efectos de los monopolios y la búsqueda de beneficios a cualquier precio, ¿reaccionará igual que la sociedad civil africana?

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