La agricultura desposeída de la tierra

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Domingo, 01 Junio 2014, La Jornada de México. Gustavo Duch
 

Entre quienes decididamente cuestionamos la agricultura industrializada, es decir, aquella que se organiza con el único propósito de generar rendimientos económicos y que para ello, como una apisonadora, explota personas y tierra, la decisión por parte de la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación (FAO) de dedicar este año 2014 a la agricultura familiar generó sentimientos encontrados. ¿Es el apelativo familiar la mejor definición para trazar la línea que separa la agricultura de las sociedades anónimas, las cotizaciones en bolsa y las semillas esterilizadas de la agricultura campesina de los mercados locales y de la biodiversidad cultivada? ¿Es suficiente definirla como aquella actividad agrariaoperada por una familia y que depende principalmente de la mano de obra familiar, incluido tanto a mujeres como hombres?

La familia, ¿es el único modelo para desarrollar agricultura campesina a pequeña escala? ¿No es la familia, de hecho, muchas veces el escenario de perpetuación del patriarcado que tanto daño hace a la creación de nuevos imaginarios y paradigmas también en la revisión del modelo productivo?

Sin que muchas de estas dudas se hayan resuelto, sí creo que podemos afirmar que este marco institucional está ayudando a visibilizar y valorizar la agricultura a pequeña escala. Y buena parte de la información que la FAO está trasmitiendo refleja lo que durante años los propios movimientos campesinos y otras instituciones que defienden el paradigma de la soberanía alimentaria venimos repitiendo.

Para quienes aún mantienen discursos peyorativos sobre la agricultura campesina y agroecológica, tiene que resultar interpelativo leer en textos de la FAO que la agricultura a pequeña escala debe posicionarse en el centro de las políticas agrícolas, ambientales y sociales en las agendas nacionales, pues entre otras cosas es una parte importante de la solución para lograr un mundo libre del hambre y la pobreza y en muchas regiones esta agricultura es la principal productora de los alimentos que consumimos a diario. O también otros mensajes fundamentales, como que la agricultura que se practica a pequeña escala es clave para la protección de la biodiversidad agrícola mundial, así comogeneradora de muchos empleos agrícolas y no agrícolas. También les incomodará leer los datos y estudios que la FAO muestra de sus capacidades productivas sin dejar de perder una de sus grandes virtudes, la sostenibilidad.

images (1)Pero entre los datos que nos ofrece la FAO hay una cifra central que cuestionar, un dato trascendental a la hora de definir qué medidas son necesarias para favorecer esta agricultura: el porcentaje de tierra fértil que manejan las más de 600 millones de pequeñas fincas campesinas existentes en el mundo. Pues mientras la FAO sitúa esta cifra alrededor de 70 por ciento, los datos calculados, país por país, en el nuevo informe de la organización Grain, cifra este porcentaje en un escaso 24 por ciento del total de tierra agrícola. Es decir, que si bien 90 por ciento de las fincas agrícolas del mundo son pequeñas (con un promedio de dos hectáreas), éstas sólo disponen de una tercera parte del total de tierra fértil. Y en un contexto en el que las políticas agrarias siguen favoreciendo a la gran propiedad, en el que se está especulando con compras y acaparamientos de tierra fértil a diestro y siniestro y en el que los monocultivos dedicados a la industria alimentaria (sólo los cultivos de soya, colza, palma africana y caña de azúcar en los últimos 50 años han triplicaron su extensión) van ganando terrero, este escaso e injusto porcentaje, año a año, va reduciéndose aún más.

Ese debería de ser el mensaje central de este año internacional, y parece que la FAO lo esquiva. ¿Por qué? ¿A qué intereses protege? Pareciera que su posicionamiento a favor de la agricultura familiar es sólo un falso idilio, un catálogo de exóticas fotografías del National Geographic que muestran las bondades de la agricultura campesina como precioso reducto a preservar en museos de antropología. Pero si verdaderamente entendiéramos que la agricultura a pequeña escala es el medio de vida de la mayoría de campesinas y campesinos del mundo y la que, según todos los datos, es la que tiene mayor capacidad productiva actual y futura de alimentos, denunciaríamos sin temores que la propiedad de la tierra está en otras manos y sirve a otros intereses.

Ese es el asunto central a reclamar con urgencia: la redistribución de tierra fértil en favor de la agricultura campesina a pequeña escala, en cualquier modelo comunitario de vida, como un bien común e inalienable, fuera de los mercados. Los argumentos del Año Internacional de la Agricultura Familiar, quiera o no la FAO, también lo evidencian.

*Autor de No vamos a tragar

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Parar el crimen globalizado

Gustavo Duch. La Jornada de México, 25 de junio de 2014

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-Sofía, ¿y qué dijo Obama a tu reclamación?

Cuando le contó de los cánceres y leucemias de los niños y niñas de su barrio en Córdoba (Argentina), de los abortos de sus vecinas, cuando le mostró las fotos de malformaciones y le explicó cómo anda la gente con pañuelos en el rostro para disimularlas. ¿Qué le respondió el presidente más poderoso del mundo cuando Sofía le interpeló?

Con todos esos precisos detalles se lo pudo explicar, pues Sofía Gatica, recibida por Obama tras ser reconocida con el premio Goldman (el premio nobel alternativo), tiene memoria y no tiene miedo. Tiene vivencias que duelen, eso tiene. Pero realmente, ¿qué tiene Obama? ¿Miedo o en su en su defecto incapacidad para enfrentarse a una corporación estadounidense como Monsanto? Porque los campos que rodean el barrio de Sofia y muchos millones de hectáreas por otros lugares, son campos de soja transgénica de Monsanto que varias veces al año son fumigadas dede avionetas con el glifosato, pesticida también propiedad de Monsanto. Un negocio de muchas cifras responsable de lo que un informe del Ministerio de Salud cordobés ha corroborado: en las zonas donde se siembran trnasgénicos y se utilizan sus agroquímicos, la tasa de cáncer duplica al promedio nacional.

Para doblegar ese miedo, para construir capacidad es que esta semana nos movilizamos.

Por los pueblos fumigados de Argentina; por las más de mil costureras muertas en el derrumbe de las fábricas textiles en Rana Plaza (Bangladesh) donde sus manos y horas servían hacinadas a los intereses de grandes corporaciones del textil; por los 34 mineros muertos a tiros de la policía que defendió con puntería, en Marikana, al noroeste de Sudáfrica, los intereses de la multinacional Lonmin Platinum; por las comunidades que en Chiapas ven como Coca Cola es quien mejor y mayor acceso tiene al agua potable; por quienes, como esclavos del s.XXI, permanecen años a bordo de barcos thailandeses en faenas de captura de pescados que alimentarán a los langostinos criados en piscifactorías de grandes multinacionales y que se convertirán en coloridos coktails de platos de medio mundo; por las aves que caen, los peces que se ahogan, los árboles que lloran, las gentes que huyen de sus selvas en cuanto Shell, Chevron o Repsol ponen sus zarpas en ellas.

Por tanta Vida afectada por las corporaciones, urge adoptar medidas efectivas que permitan controlar sus ansias y sus codicias.

Porque no sólo es que Obama tenga o no tenga voluntad de detener los atropellos de una multinacional sino que la legislación existente está pensada para todo lo contrario, para aplanar las sendas de estos mastodontes insensibles. Si avanzan tan rápido, invictos e inviolables, también es por dos motivos. El primero, una «arquitectura de la impunidad» que, como una cuadrilla de guardaespaldas, les otorga una protección total mediante acuerdos incluidos en los tratados de libre comercio o las reglamentaciones de instituciones internacionales como el Banco Mundial o la Organización Mundial de Comercio. El segundo, ese mantra capitalista, esa fe neoliberal que, anunciando que el interés propio es el mejor mecanismo para promover el interés general, viste a estas multinacionales con trajes acorazados.

Un primer paso puede darse gracias al empeño de muchas organizaciones y movimientos sociales y su campaña http://www.stopcorporateimpunity.org/ centrada en presionar la 26ª sesión del Consejo de Derechos Humanos de la ONU que esta semana se está celebrando en Ginebra, y que incluye, en uno de los puntos a tratar, el debate sobre la “instauración de mecanismos eficaces para el seguimiento y evaluación de los impactos generados por las grandes corporaciones”. Y sobretodo puede permtir dar los primeros para la urgente necesidad de construir propuestas valientes y concretas para garantizar que el cumplimiento de los derechos humanos sea norma inviolable por parte de las empresas transnacionales.

El reto es claro: obligar a quien no quiere ser obligada a respetar lo que no quieren respetar.

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Y EL RESULTADO FINAL DE LA CAMPAÑA HA SIDO UN PASO SIGNIFICATIVO. LEER

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Mundial, patrocinadores y pueblos originarios

El Periódico de Catalunya, 10 de junio de 2014. Gustavo Duch

“Me ataron a un árbol en el bosque, me vendaron los ojos y me dijeron que iba a morir y que ninguna persona podría encontrarme nunca más. Vertieron un líquido amargo en mi boca y me dijeron que lo tragara. Después detonaron varios disparos cerca de mis oídos y ya no podía escuchar nada, entonces se fueron en su automóvil”. Así explica un muchacho guaraní, Valmir Guarani Kaiowá, como intentaron acabar con su vida el pasado lunes 2 junio, a pocos días de que en su país se inaugure el mundial de fútbol 2014.

Un territorio, Brasil, que por el año 1500, cuando llegaron los primeros europeos, era el hogar para más de 10 millones de indígenas y que ahora -explica la organización Survival- su pueblo más numeroso, precisamente el guaraní, son solo 51.000 personas que ocuparían menos de las dos terceras partes de todo el aforo de Maracaná donde, entre gritos y pasiones, se cerrará el Mundial. Otros pueblos indígenas han quedado tan mermados que ni tan siquiera podrían formar un equipo de fútbol, como los 5 supervivientes del pueblo akuntsu en el estado de Rondônia; los 4 supervivientes del pueblo juma en el estado de Amazonas; o los 3 supervivientes del pueblo piripkura, también en Rondônia.

Y sí, puede parecer una metáfora pero es bien cierto que los campos de fútbol donde van a desarrollarse el mundial de Brasil son la imagen del expolio y el robo de los territorios -selvas y bosques- donde desde siempre han vivido los pueblos originarios y que hoy, por intereses madereros, de la agricultura y ganadería industrial, las megarepresas hidroeléctricas, la búsqueda y extracción de hidrocarburos y cientos de carreteras que los atraviesan, siguen siendo destruidos a una velocidad muy superior a cualquier sprint de un delantero centro.

La supervivencia o no de estas comunidades -algunas, voluntariamente, siguen sin entrar en contacto con nuestra civilización- no solo depende de la voluntad política de la nación que los gobierna (que dedica 791 millones de dólares para pagar la seguridad durante la Copa del Mundo, una suma diez veces mayor que todo el presupuesto anual de su Departamento de Asuntos Indígenas) si no también de quienes en otros continentes sentados frente al televisor veremos como repiten hasta la saciedad las hazañas de riquísimos deportistas.

Como canta León Gieco, “el mundo está amueblado con maderas del Brasil” y es bastante probable que la mesa de madera donde descansa dicho televisor hubiera sido refugio de aves, plantas, pequeños mamíferos e insectos cerca de los estadios de Cuiabá, Brasilia o Belo Horizonte donde correrá la pelota. O por qué no, que provenga de los más de 7,2 millones de hectáreas de plantaciones de eucaliptos o pinos que hoy se levantan donde antes recolectaban, cultivaban y vivían gentes nambiquaras, umutinas o parecis. Y que, como denuncian algunas organizaciones ambientalistas, el sector quiere duplicar a base de nuevas plantaciones de eucaliptos transgénicos y así poder fabricar tanta ‘biomasa’ que la podrán exportar como fuente energética a países europeos. Aunque no piensan lo mismo las comunidades que tienen que vivir rodeadas de esos bosques uniformes y artificiales que les agotan las aguas y les desgastan los suelos donde cosechan su sustento.

Sí, sentados frente al televisor, habrá quien en la media parte se llevará a la boca una mac-hamburguesa de uno de los patrocinadores del mundial, elaborada con carne de cualquier granja industrial española donde sus inquilinos son alimentados con soja producida, por ejemplo, en el estado de Mato Grosso. Muy cerca de donde resiste el pueblo enawene nawe, gente que nunca comen carne roja y se alimentan de peces capturados en los ríos y de miel de la selva. También el refresco del Mundial, la Coca-Cola, es un peligro para los pueblos originarios pues están comprando el azúcar para su bebida a la multinacional Bunge que, como denuncia el pueblo guaraní, “la compra a terratenientes que nos han robado la tierra”.

Hasta el combustible de nuestros autos tiene que ver, pues ahora que tienen un pequeño porcentaje de etanol o biodiesel y que como no tenemos capacidad de producir, lo importamos de países como Brasil. Como pudimos leer en la prensa el pasado mes de diciembre, la lucha por detener la expansión del cultivo de caña de azúcar para la elaboración de etanol -y unos pistoleros- acabó con la vida de Ambrósio Vilhalba, quien fue el protagonista de la película Birdwatchers. En ella se relata cómo la fiebre del etanol está destruyendo su tierra guaraní por empresas como Shell y como muchos de sus hermanos y hermanas no tienen más que malvivir en las orillas de las carreteras, donde muchos de ellos acaban con su propia vida en una de las mayores oleadas de suicidios en el mundo.

Por eso es que ataron a Valmir. Porque igual que Ambrósio o su suegro Nísio Gomes, también asesinado por pistoleros enmascarados en 2011, lucha por su tierra que la codicia quiere conquistar.

Una tierra que no es un terreno de juego ni de negocios. Es tierra para vivir.

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La posibilidad de la soberanía alimentaria


Diari ARA. 12 de abril de 2014

Tomando como ejemplo el territorio catalán, altamente ‘desruralizado’, en este artículo se explica como siempre es posible una transición hacia una alimentación que descanse prioritariamente en el campesinado local. Con sus particularidades, seguro que puede hacerse extensivo a tantos otros muchos lugares que han perdido su soberanía alimentaria.

Como expliqué en el artículo ‘prevenir el crack alimentario’, disponer de alimentos suficientes en un país como el nuestro es más frágil de lo que pensamos. De hecho, como se defiende desde los movimientos en favor de la Soberanía Alimentaria, la globalización que ha ido arrinconando las políticas que apoyaban a los tejidos agrarios propios de cada territorio nos ha conducido a escenarios de alta dependencia alimentaria. Así, decía, somos vulnerables a las especulaciones de los mercados internacionales que marcan los precios de los alimentos que tenemos que comprar, dependemos brutalmente de grandes corporaciones (en la producción y en la distribución) que también, con la crisis, están en la cuerda floja y cualquier tensión internacional puede repercutir en el abastecimiento.

Pero también es cierto que cuando se plantea como respuesta dicha Soberanía Alimentaria, siempre surge una nueva pregunta, ¿qué grado de suficiencia alimentaria puede alcanzar un territorio contando con sus propios recursos naturales y humanos, sin poner en riesgo a las futuras generaciones? Pues bien, recogiendo los datos aportados por Pep Tusón, ingeniero agrónomo y colaborador habitual de la revista Agrocultura, podemos afirmar que, en el caso de Catalunya, se dispone de tierra suficiente para satisfacer prácticamente al 100% el total de la alimentación de su población. Y no es la siempre mitificada agricultura y ganadería industrial e intensiva la fórmula apropiada, al contrario, son las prácticas agroecológicas -con una agricultura que se sabe parte de la Naturaleza- las que pueden garantizar la alimentación de una población de 7’5 millones de personas.

Para llegar a esta conclusión Pep Tusón toma como primera referencia una dieta saludable y equilibrada, muy habitual en Catalunya hasta hace cinco o seis décadas, que equivaldría al consumo diario por persona aproximado de 200 gramos de cereales (arroz, trigo, cebada…), 75 gramos de legumbres (garbanzos, habas, lentejas…), 30 gramos de pescado, huevos o carne, 300 gramos de hortalizas y 100 gramos de frutas. Es evidente que esta propuesta significa un giro importante en la dieta actual pero también sabemos que modificarla es conveniente pues es responsable de muchos de los problemas médicos más generalizados entre la población.

Para producir, según esta dieta, los alimentos necesarios para toda la población catalana y obtenerlos practicando una agricultura de secano y agroecológica, se requeriría un total de 857.250 hectáreas de tierra fértil; y dado que la disponibilidad de tierra en Catalunya es de 841.830 hectáreas, Pep Tusón concluye que “se cuenta con un 98% de la superficie necesaria para producir los alimentos de toda nuestra población”. Esa pequeña diferencia de un 2%, explica también el investigador, quedaría rápidamente cubierta si una reducida parte de las actuales 264.462 hectáreas cultivadas en regadío, se mantuvieran productivas, puesto que sus rendimientos son superiores a los cultivos en secano.

Si en la actualidad Catalunya no puede abastecer a su población es desde luego por haber caminado, de la mano de todas las administraciones, hacia un agricultura de monocultivos enfocada a la exportación, lo que nos lleva a situaciones tan paradójicas como que, primero, se produce más del doble de alimentos de origen animal (carne, leche y huevos) de lo mucho -excesivo- que consumimos; segundo, tanta producción animal estabulada nos obliga a importar muchos cereales aún cuando nuestra producción actual de éstos también es excedentaria respecto al actual consumo humano; y, tercero, ni tan siquiera el bajo consumo actual de legumbres y hortalizas en un país con facilidad para estos cultivos es cubierto por nuestras campesinas y campesinos y nos vemos obligados a importarlas.

Trabajar en favor de la soberanía alimentaria de una sociedad desruralizada como Catalunya, con una agricultura industrial muy presente y enmarcada en sistemas económicos globales requiere de una planificación y coordinación de todos los sectores implicados, exige trasladar a la población información acerca de los hábitos nutritivos, necesita planes de formación en agricultura ecológica dirigida a agricultores, ganaderos y técnicos y, por último, -como gran virtud- debe acompañarse con políticas decididas que favorezcan la incorporación de muchas más personas al sector primario. No es sencillo, no es un cambio de hoy para mañana, pero es posible y, pienso, deseable que se apunte hacia esta dirección que no es, aunque pudiera parecerlo, la búsqueda de la autosuficiencia.

Es mucho más.

Es reconocer colectivamente, personas consumidoras y agricultoras, que necesitamos ajustes importantes y radicales en nuestras mesas y en nuestros campos para que, apostando por una alimentación sana, priorizando los sistemas agrarios locales y complementados con intercambios comerciales con otros territorios, claro, nos reapropiemos también del control de algo tan fundamental como es la comida. Comida necesaria para vivir y comida necesaria para generar medios de vida.

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EL FIN DEL PAN CON TOMATE

Gustavo Duch. El Periódico de Catalunya, 12 de mayo de 2014

La historia de los dos camiones que chocaron de frente en una autopista francesa la relató el campesino y filósofo Pierre Rabhi extrañado como quedó al conocer el contenido de las mercancías que quedaron desparramadas. El camión que viajaba de Almería a Holanda transportaba tomates y el que viajaba de Holanda a Barcelona transportaba…tomates.

La retomo porque a mi entender ilustra muy bien la preocupación a la que aquí me voy a referir: si no reaccionamos, en breve, Catalunya no producirá tomates.

Aunque la producción de tomates representa el 20% del total de la producción de hortalizas en Catalunya, con 52.000 toneladas al año, desde el año 2005 hasta el 2012 la producción de tomates ha descendido un 40%. En concreto, y como se explica detalladamente en el informe ‘La Ruta del Tomate’ del Observatori del Deute en la Globalització (ODG) y de la Revista Soberanía Alimentaria, Biodiversidad y Culturas, elaborado por Mónica Vargas y Olivier Chantry, en 2012 se produjeron 32.000 toneladas menos que en 2005.

Un dato ha sido central para entender el porqué las y los campesinos catalanes están dejando de cultivar tomates. Entre junio y septiembre, que es la temporada de producción local de tomates y cuando existe mayor demanda, sus tomates en Mercabarna no se venden, pues enormes camiones, como los que refiere Pierre, ofrecen tomates a 30 céntimos el kilo, un precio por el que a los payeses de aquí, dicen, no les sale a cuenta producir.

La primera hipótesis te hace mirar hacia Almería y sus cultivos bajo plástico o, últimamente, hacia Marruecos, donde se están instalando en grandes fincas, agroindustrias de capital español para replicar el modelo de invernadero en lugares donde la mano de obra es más barata. Sin embargo, es una hipótesis errónea, ya que, gracias a sus condiciones climáticas, estas producciones cubren la demanda de tomates ‘fuera de temporada’ y no hay una competencia directa con la producción catalana.

La mirada hay que ponerla a más de 1.500 kilómetros de distancia pero enfocando hacia el norte. En pleno verano, cuando lo razonable es consumir el tomate que se está produciendo en nuestro territorio, el mercado está siendo inundado por la producción de tomates de Holanda.

Seguro que, como a mi, les sorprende que el país de los tulipanes, donde el clima no es tan propicio para la agricultura como el nuestro, pueda estar desplazando la producción catalana. ¿Cómo consiguen precios tan baratos? ¿Y el transporte? ¿Hay subvenciones que distorsionan y hacen posible este dumping? ¿Tienen variedades más productivas?

Aunque ciertamente sus variedades se despreocupan del sabor para priorizar que puedan resistir largos transportes y muchos días en las estanterías de los supermercados; aunque los cultivos los tienen tan mecanizados y automatizados que casi no hay mano de obra y el empresario agrícola controla la producción desde un teléfono móvil, el elemento más relevante de este disparate alimentario no lo tenemos que buscar fuera, está a pocos kilómetros, en las instalaciones de Mercabarna en la Zona Franca.

Lo hemos explicado en otras ocasiones, la globalización alimentaria se acompaña de una brutal concentración de poder de muy pocas corporaciones en cada uno de los eslabones de la cadena alimentaria. Así por ejemplo, son muy pocas las empresas que controlan el mercado de las semillas, son muy pocas las que controlan la genética animal, son muy pocas las grandes cadenas que han acaparado toda la venta a la población y, fíjense, son muy pocas las que hacen de intermediarias entre productores y minoristas.

Los intermediarios o mayoristas, con sus paradas en el Borne y posteriormente en Mercabarna, y que históricamente han sido señalados por apropiarse de los mejores márgenes agrarios, es también, actualmente, un segmento concentrado en pocas manos. En Mercabarna, las 439 paradas, antes individuales, ahora se las reparten 149 empresas y 11 cooperativas agrícolas y, entre ellas, sólo 20 controlan más de un tercio del total. Es decir, hablamos de pocos mayoristas que distribuyen tal cantidad de mercancía que su rentabilidad depende de operaciones de gran cantidad de género, de un único proveedor, homogéneo y con capacidad de entrega rápida, que les permita reducir los costes de compra, almacenamiento y transporte. Y eso es lo que les ofrece Holanda a diferencia de tener que adquirir tomates de múltiples fincas del colindante Parc Agrari o del Maresme.

El informe referido guarda una cita reveladora del Director General de Mercabarna que en 2006 ya declaraba que “gracias a las economías de escala, es más barato transportar en barco manzanas desde Singapur, que desde Barcelona a Granollers”

Si no queremos renunciar al buen sabor de una pan elaborado con harinas de nuestros campos y unos tomates cultivados en nuestros huertos, manteniendo así un territorio agrícola sano y vivo, es el momento de ignorar economías de escala que conducen directamente hacia un profundo pozo.

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EL CRACK ALIMENTARIO

Diari ARA. 30 de abril de 2014, Gustavo Duch

Como explicaré, son muchos los análisis que indican que los países industrializados podemos encontrarnos, dentro de 20 ó 30 años, con problemas de abastecimiento alimentario. Pero, como verán, el escenario de crisis económica actual nos regalará un tiempo precioso para evitarlo.

National Geographic

National Geographic

Las razones científicas son tres. En primer lugar, hemos de tener en cuenta que nuestra alimentación depende en gran medida de la agricultura industrial, es decir, de industrias dedicadas a la agricultura y a la ganadería a gran escala. Este modelo de agricultura es absolutamente dependiente de insumos externos como el petroleo y los fertilizantes, que, aunque no parece que lo interioricemos, sabemos que son finitos y que ya tienen fecha de caducidad. El petróleo, necesario para mover la maquinaria, para transportar materia prima, para refrigerar naves, etc. ya ha superado su pico productivo y progresivamente será más difícil y caro disponer de él; y las reservas de uno de los minerales elementales de la agricultura intensiva, el fósforo, se agotarán sobre el año 2033.

Dejar de lado la agricultura propia, la de nuestro propio campesinado, nos ha llevado, en segundo lugar, a ser dependientes de alimentos que llegan del exterior. Los cálculos más conservadores dicen que un 60% de lo que tenemos en nuestras mesas llega de terceros países, por ejemplo pescados como la merluza, el atún o el panga, pero también frutas, verduras e incluso garbanzos y lentejas. Salir a los mercados internacionales a comprar comida es muy arriesgado para países con balanzas desestabilizadas y economías en crisis como la nuestra. Pensemos, por ejemplo, en lo que podría ocurrir si se repiten movimientos especulativos con los granos básicos, como lleva sucediendo en los últimos 10 años. Los precios de los alimentos se dispararían hasta cifras que harían complicada su importación, bien por nuestra débil capacidad económica, bien por no poder competir con otros países que buscarán alimentos en los mismos mercados. O pensemos en cómo está afectando la crisis en Ucrania a las industrias que requieren de su grano para elaborar los piensos de una ganadería desconectada de la tierra, es decir, totalmente dependiente de mercados internacionales. Y, ¿cómo podremos acceder a los alimentos cuando, según el último informe del IPCC los descensos productivos de los cultivos básicos (entre el 5 y el 10 % para 2030 y de hasta el 25 % hacia 2050) por el calentamiento del clima llevarán a que el precios de los alimentos aumenten entre un 3 y 84% hasta el año 2050?

En tercer lugar, y hablando también de recursos naturales, un factor preocupante para asegurar la producción de comida es la disponibilidad de tierra fértil o arable. Contabilizar la tierra que ha sido colonizada por polígonos, autopistas o vías de tren -sin querer pensar en lo que ocurriría si se desarrollan proyectos de fracking- y sumarle las tierras que de tanto exigirles han perdido fertilidad, nos da un resultado de máxima preocupación: cada siete segundos desaparece una hectárea fértil en el mundo. Esta es una de las razones de la actual carrera de muchos estados y multinacionales en busca de tierra fértil en terceros países. Pero, ¿las conseguiremos? ¿Estarán a nuestro servicio?

Tres supuestos que individualmente o en combinación, apuntan a un acelerado declive productivo junto con un aumento de la incerteza de aprovisionamiento de las materias primas.

Pero esa creencia, que de tanto repetirse hemos aceptado como cierta: ‘la economía puede crecer ilimitadamente’, puede darnos el tiempo necesario para reaccionar, pues las industrias alimentarias en su aspiración de expansión continua se han ligado a la necesidad de capital financiero, y éste, para conseguir la devolución de sus créditos y sus intereses, les obliga, en una espiral mortal, a unas producciones y rentabilidades que chocan con los mismos límites naturales antes mencionados. Como dice Richard Heinberg en su libro ‘El Final del Crecimiento’, “una crisis de crédito prolongada podría devastar la oferta de alimentos mundial tan dramáticamente como cualquier acontecimiento climático imaginable”.

De hecho ya hay algunos casos que nos permiten decir que, antes que quiebren los grandes negocios alimentarios por problemas en la producción o de venta, quebrarán por no poder manejar una deuda del todo insostenible.

Y, efectivamente, lo más inteligente para evitar llegar al colapso alimentario será aprovechar el espacio que entre bancarrota y liquidaciones irá dejando el modelo de agricultura industrial, globalizado, centralizado, financiarizado y, como hemos visto, tan inestable, para (re)construir un modelo de agricultura que no vaya ligado a la economía del crecimiento perpetuo, la peor de las quimeras.

Tenemos el tiempo justo para desarrollar una agricultura relocalizada en nuestros propios territorios y con nuestra población, ajena a intereses financieros, en pequeñas realidades económicas interconectadas, con la sabiduría de producir lo necesario sin esquilmar, así como el tiempo para progresivamente volver a consumos alimentarios sostenibles.

Es momento de matar el hambre del futuro.

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Un ministro para unos pocos

El Diario.es, 28/04/2014 , Gustavo Duch

La trayectoria de Miguel Arias Cañete al frente de las políticas agrarias españolas se puede resumir en dos palabras: grande y lejos, porque las medidas más significativas que su gabinete ha adoptado estos años han tenido como objetivo convertir el paisaje agrario español en un exclusivo club para grandes negocios dedicados a la exportación. Hemos tenido, con Cañete en el timón, un Gobierno agrario para el interés (económico) de unos pocos, con lineas políticas que profundizan una crisis en el campo que parece imparable. Año a año, la gráfica de población activa del sector primario desciende en picado y en consecuencia los pueblos se abandonan, los bosques arden y la alimentación de toda la población pasa a depender peligrosamente de un puñado de corporaciones que, instaladas en una lejana nube online,mercadean y especulan con lo más básico, la comida.

Muy graves han sido, para la pequeña agricultura las posiciones que el ministerio adoptó para el diseño de la nueva Política Agraria Común (PAC), y grave también su aplicación, pues, aunque encalada de color verde, sigue siendo un simple –pero muy significativo– presupuesto al servicio de las grandes corporaciones y grandes propietarios, en lugar de ser, como correspondería, un verdadero conjunto de políticas para apoyar y proteger las agriculturas locales. Como denuncia el sindicato agrario COAG, la aplicación de la PAC en España sigue reproduciendo la injusticia que supone que sólo 2.600 perceptores reciban un total de ayudas igual a lo que reciben otros 500.000.

Miguel Arias Cañete, que fue quien permitió la entrada de cultivos transgénicos en España, y que ha seguido defendiéndolos cuando prácticamente el resto de países europeos los ha ido apartando de sus campos, no ha sabido tampoco regular la llamada cadena alimentaria. Su ley estrella, la ley para mejorar el funcionamiento de la cadena alimentaria, es insuficiente frente al monopolio que ejercen en esta cadena las grandes superficies. Según todos los informes y estudios, son ellas las que, tensionando al sector productivo y pagando sus productos incluso por debajo de costes, son responsables de muchos de los cierres de pequeñas fincas y granjas de nuestro territorio, sin olvidar el daño que han provocado al pequeño comercio de pueblos y barrios. Este mes de marzo, como dato promedio, el precio de origen que se paga al productor se multiplica por 4,39 veces hasta que llega al consumidor. Por ejemplo, mientras un kilo de naranjas en el Mercadona del Sr. Roig (que reconoce que hizo donaciones de 50.000 euros a la FAES, fundación del partido del ministro) se vende a 1,27€, quien las cultivó recibe 20 céntimos.

Dos organismos de las Naciones Unidas, en estas últimos semanas, están marcando con claridad cuáles deberían de ser las políticas agrarias, y bien vendría que la etapa que ahora se abre en el Ministerio atendiera a sus indicaciones.

Por un lado, la FAO ha decidido dedicar este año 2014 a visibilizar la Agricultura Familiar (un apelativo a cuestionar pero que es sinónimo de agricultura a pequeña escala), pues es ella la que ofrece mejores resultados y más sostenibles en cuanto a producción alimentaria y distribución de rentas; y, por otro lado, las reflexiones del relator del Derecho a la Alimentación de Naciones Unidas, Olivier De Schutter, que hace un decidido llamamiento a los gobiernos a  proteger sus agriculturas locales pues, como él dice, “deberán priorizarse los circuitos cortos y los vínculos directos entre productores y consumidores para reforzar la agricultura de los productores locales de alimentos en pequeña escala y reducir la dependencia de las importaciones”. Una definición acertada de lo que desde hace ya veinte años se ha convertido en un paradigma global: la propuesta de la soberanía alimentaria. Porque lo pequeño y local es justo y posible.

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Humeados

El Diario. Gustavo Duch. 6 de abril de 2014

Estamos acostumbrados –demasiado– a convivir con gobiernos sumisos a los intereses de los grandes sectores económicos, y ahora que la crisis económica actual afecta a grandes emporios, observamos cómo siempre hay argumentos para echarles una mano, dos o las que hagan falta. Salvar los bancos, rescatar autopistas y –en breve lo veremos– reflotar empresas marca España como Pescanova, son algunos ejemplos donde, como se se ha venido repitiendo, sus pérdidas las soportamos económicamente todas y todos los contribuyentes. En cambio, es menos habitual reflejar que ayudar colectivamente a mantener la cuenta de resultados de estas grandes multinacionales también tienen otras consecuencias para el medio ambiente y nuestra propia salud.

Es el caso de las cementeras. Desde el año 2007, con el inicio de la crisis en el sector de la construcción hasta el año pasado, sus actividades productivas descendieron un 50%, pero encontraron en la quema de residuos una oportunidad de negocio con triples beneficios. Así, todas las cementeras del Estado (controladas en su mayoría por empresas multinacionales como Lafarge, Asland o Cemex) abrieron sus compuertas a neumáticos usados, harinas cárnicas, lodos de depuradoras y otras basuras que les permite, uno, ser candidatas a  subvenciones y ayudas de la Administración por gestionar residuos; dos, ahorrar en el combustible que requieren y; tres, teniendo en cuenta que el Estado les ha asignado una cuota mucho más alta de emisiones de CO2 que las que se sabe van a emitir, ganar dinero con la venta de derechos de emisión en el mercado del carbono. En concreto, en este último apartado, sólo el año pasado obtuvieron 92 millones de euros.

EFE

EFE

Pero como decía, la incineración y las ayudas a ella, no son sólo una forma encubierta y socializada de rescate de estas empresas, sino que su salida es nefasta para nuestra salud, según podemos deducir revisando las conclusiones de dos informaciones recientes. La primera, los datos que el octubre pasado ofreció la Agencia Internacional de Investigación Oncológica (IARC), que pertenece a la OMS, cuando después de revisar más de mil estudios llegó a la conclusión de que había pruebas suficientes para decir que la exposición a la contaminación ambiental en espacios abiertos, no sólo aumenta las probabilidades de enfermedades cardiacas y respiratorias, si no que también es un factor cancerígeno. Y contaminación ambiental –es decir, una mezcla compleja de gases y partículas–, ¿no es lo que sale de las chimeneas de cualquier cementera y sus actividades?

En segundo lugar, ahora hace pocas semanas, la revista especializada Environment International,en su edición de 2013, publicó un estudio elaborado por el área de Epidemiología Ambiental y Cáncer del Centro Nacional de Epidemiología del Instituto de Salud Carlos III, de Madrid, que confirma que “hay un incremento significativo de riesgo de muerte por cáncer en los municipios cercanos a incineradoras o instalaciones para la recuperación o eliminación de residuos peligrosos”. Exactamente a lo que están dedicándose las cementeras y su nuevo negocio.

El estudio ha analizado la mortalidad en 33 tipo de cáncer durante diez años y constata que hay un riesgo mayor por las personas que viven en cinco kilómetros a la redonda de estas empresas. Exactamente hasta un 71% más de riesgo de morir de cáncer de pleura que en lugares donde no tengan ninguna incineradora cerca, y hasta un 30% de morir de cáncer de hígado, 27% de cáncer de estómago, 23% de riñón, 23% de ovarios, 17% de leucemia, 16% de vejiga, 15% de pulmones y finalmente un riesgo de un 13% más de morir de cáncer de recto.

Rescatar cementeras, dirán algunos, se tiene que aceptar porque “es una actividad industrial que genera riqueza”, pero cuando los estudios demuestran lo que demuestran y además nos dicen que los problemas descritos afectan en mayor medida a la infancia y a la gente mayor (las chimeneas de la cementera  de Montcada i Reixach, Barcelona, por ejemplo, están situadas a menos de 150 metros del patio de un colegio y de un centro para mayores) es obvio que la discusión ya es otra: no se trata de producir más o menos, se trata de garantizar la reproducción de la vida, como los movimientos feministas nos están recordando.

Es preciso conseguir que las administraciones no concedan más permisos de incineración y anulen los permisos ya emitidos. Para tanto residuos que generamos hay alternativas (reducción, reutilización y reciclaje), para lo que no hay alternativas es para las muertes que la incineración puede generar.

Movilizaciones

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SECRETO REVELADO

La Fertilidad de la Tierra. Gustavo Duch. Marzo 2014

La información me la facilitan mis amigos de la Sociedad de Periodismo Comprometido y Crítico y entiendes perfectamente que quienes impulsaron la encuesta no quieran que se conozcan sus resultados.

Me explican que recientemente las 10 multinacionales más poderosas del mundo se aliaron en un interesado esfuerzo corporativo para reimpulsar sus ventas, afectadas como están por la crisis actual. Dedicando muchos recursos económicos, humanos y 16 meses de trabajo, recorrieron todos los rincones del planeta para poder contar con la encuesta de hábitos más completa que haya existido nunca. La pregunta clave a la que buscaban respuesta era ¿qué nos hace felices? Con programas informáticos de estadística analizaron y agruparon cada una de esas millones de respuestas, obteniendo los siguientes 10 resultados. Lo que nos hace feliz es:

  • Acunar en tus brazos a un bebé y sentir su energía nueva y poderosa.
  • Bajo la sombra de una higuera, de una ceiba, de un arce, de una acacia o de un sauce escuchar el canto de la guitarra, de la gaita, de la flauta de pan o del koto acompañano la voz del poeta.
  • Reunirse con familia y amistades, de siempre o por estrenar, en torno a una mesa o en el banco de la plaza y, mientras las miradas se encuentran, conversar, polemizar, contar y escuchar.
  • Un rincón, una luz tenue, un mate, café o té y el silencio necesario para disfrutar del libro entre manos.
  • El roce de un cuerpo amado, la caricia hecha y la recibida, y entonces estremecerse. El beso que deja sin aliento.
  • Cuando el Sol recién asoma sus primeros rayos, hundir las manos en la tierra sembrada, regar los geranios del balcón, recolectar los frutos maduros, ordeñar las vacas…
  • Sumergirse en el silencio del fondo del mar, sintiendo el oleaje tenue sobre ti, o en una poza fría donde descansa el agua de un río que busca su destino.
  • La tertulia, la reunión, la asamblea -a veces clandestina a veces no- con quienes piensan parecido, para confabular cómo transformar el mundo, para soñar como mejorarlo. Y hacerlo posible.
  • Un paseo, para unos extremo y aventurado; para otros, viejitos, corto y aplanado, por el bosque, por cumbres heladas o por la alameda que lleva del pueblo a la ermita. En primavera cuando despiertan los pájaros.
  • El vacío, respirando el Sol.

Y así fue que en el primer paso de su fabuloso plan de marketing, las diez corporaciones descubrieron que ninguno de los verdaderos placeres nos lo pueden vender, ni los podemos comprar.

Porque EN NUESTRA FELICIDAD TAMBIEN SOMOS SOBERANOS.

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Las guerras agrarias ya han empezado

 El Periódico de Catalunya, 21 de marzo de 2013. Gustavo Duch

Permítanme que, con tres informaciones, les exponga un nuevo y poco conocido argumento para explicar (o ayudar a explicar) la desestabilización de Ucrania y los acontecimientos derivados.

ucrania-alquila-china--644x362La primera sucedió el pasado 2013, cuando al poco tiempo de que Ucrania derogara la ley que prohibía a los extranjeros comprar tierras, apareció China con un talonario en la mano y, a cambio de un préstamo de 3 mil millones de dólares para el desarrollo agrícola, cerró un acuerdo que le permite explotar, durante 50 años, una superficie similar a todo el tamaño de Galicia, 3 millones de hectáreas de tierra agraria. China, igual que otras potencias que saben que no disponen de capacidad agraria suficiente para alimentar a su población, e igual que fondos financieros que saben que la tierra fértil es un bien finito con el que especular con éxito, llevan ya unos 10 años en una una loca carrera para conseguir, de buenas o malas maneras, el control de la tierra agrícola. ¿Iban a pasar desapercibidas las extensiones de la tierra negra ucraniana, quizás la más fértil de toda Europa? Efectivamente, no.

La segunda se gesta cuando quien fuera el presidente de Ucrania, el ahora destituido Viktor Ianukóvitdos, a finales del año pasado decidió rechazar el Tratado de Libre Comercio que la Unión Europea le proponía. Es mucho el interés que también tienen los estados europeos en asegurarse el acceso a los frutos de la tierra ucraniana lo que lleva a pensar, por qué no, que el apoyo al cambio de gobierno pudiera tener el interés de buscar alguien más favorable a estrechar la mano. De hecho, con el nuevo gobierno ucraniano, Europa ya ha aprobado eliminar las trabas arancelarias en la importación de granos de Ucrania y Crimea. Unas rebajas repentinas que, como si fuera un anticipo, supondrán un ahorro de 500 millones de euros anuales a Ucrania.

La tercera es la suma de recopilar las pequeñas grandes operaciones que también en esa geografía y con los mismos intereses están haciendo las empresas agroalimentarias de los EEUU en los últimos meses. Seguir la pista de dos de ellas es revelador de sus apetitos por esta tierra negra del país ‘entre fronteras’. Cargill, la firma cerealista más importante de los EEUU, entre diciembre de 2013 y enero de 2014 ha comprado participaciones en un puerto al este de la base naval de Crimea que es clave para el comercio agrario y también se ha hecho, en una muy destacada operación, con el 5% de la mayor empresa agraria ucraniana, Ukrlandfarming, que dispone de la nada despreciable cifra de 500.000 hectáreas para el cultivo de maíz, trigo o remolacha para la exportación. Y Monsanto, la empresa de semillas más grande del mundo, también está ganando espacio en Ucrania donde ya controla el 40% del mercado de semillas. En su caso, y como tantas otras veces ha hecho, tiene en marcha un proyecto, el llamado “Grain Basket of the Future”, que disfrazado de ‘acciones para mejorar la calidad de vida de los campesinos y campesinas locales’ busca cosechar más dominio si cabe.

Tres cuestiones que se han sucedido en apenas varios meses y que, como han podido observar, tienen un elemento común: la tierra fértil de Ucrania y su agricultura.

Bien sabíamos que Ucrania, con un privilegiado suelo de enorme fertilidad, fue llamado el granero de Europa y Rusia. Hoy lo que está atrayendo tantos intereses es exactamente eso: la codicia por unas fantásticas tierras agrícolas que además parece ser tienen aún mucha más potencialidad productiva que la que se consigue hasta ahora, que ya es, por cierto, muy destacable pues, en estos momentos, Ucrania se sitúa como el tercer exportador mundial en maíz y el sexto en trigo. Es por ello que el conflicto de estas semanas está provocando que el precio de estos granos en las bolsas y mercados internacionales suba significativamente. Actualmente, el precio de trigo es el más alto desde 2012 y el del maíz el más caro desde el pasado mes de septiembre, como bien saben las empresas ganaderas españolas y catalanas que (como muestra de esta imperiosa necesidad de productos agrarios) dependen en un 80% de Ucrania para satisfacer sus necesidades. En cuanto a las previsiones de crecimiento del sector primario en Ucrania, los expertos apuntan también a una expansión del sector ganadero que, a base de carne de pollo y de cerdo, podría añadir junto al cartel de ‘granero de Europa’ el letrero de ‘carnicería de Europa’. Otro fabuloso negocio que nadie quiere perderse.

Es como una partida de poker y cada potencia juega las cartas que tiene. China dinero contante y sonante, Europa acuerdos comerciales y tratados varios, Rusia parece que amenazas de tanques y misiles y EEUU las estrategias de sus sibilinas multinacionales. Las guerras agrarias del siglo XXI ya han empezado.

 

Gustavo Duch. Revista Soberanía Alimentaria, Biodiversidad y Culturas.

 

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