ÉRASE UNA VEZ, LA DEUDOCRACIA

Gustavo Duch Guillot. Prólogo del libro VIVIR EN DEUDOCRACIA
Los días 7 y 8 de octubre, en Madrid, los encuentros “Viviendo en deudocracia: aprendiendo del Sur” tratarán de proporcionar claves para entender y afrontar la deuda y la actual situación de crisis económica que padecemos.
 

La caverna

Todo marchaba como estaba planeado, impecable, sin fisuras. No se podía esperar menos de aquellos magníficos profesionales de la economía moderna, educados en las mejores escuelas de negocios. El experto ponente, con un puntero laser en mano, proyectaba una tras una imágenes que comentaba, insistiendo en cada una de ellas que las evidencias eran clarísimas. –Fíjense decía: «Las pantallas de cine reproducen basura idéntica en todos los idiomas; y la gente disfruta con tanta cultura disponible. En las gasolineras se compra pan, bollería y naranjas, todo a base de petróleo; y la gente dice que es comida, sana y más barata. Los estómagos humanos está colmados de glutamato, ansiolíticos, cafeína y prozac; y la gente dice que se sienten felices, que se saborean felices. El monte son pistas de esquí, la sabana reservas exclusivas para fotógrafos, las playas se privatizaron y la selva es un asilo de fieras enjauladas; y la gente paga contenta por contactar con la naturaleza».

Sentados alrededor de una ovalada mesa de junta directivas, entre risas y sarcasmos envueltos en humo de habano, aquellos hombres y mujeres de negocios seguían atentos las explicaciones. En un coro de unanimidad concluyeron: -Sí, ya tenemos a la gente completamente aborregada y sin capacidad de pensar. Es el momento del estrujón final.

Y así fue que fue que la plutocracia mundial reunida en aquella CAVERNA clandestina accionó la última fase de la mayor barbarie conocida,  el estrangulamiento capitalista: Después de enriquecerse con los bienes naturales y públicos de los países del Sur, del Norte, del Este y del Oeste; después de explotar hasta la muerte a las y los trabajadores del mundo, especialmente las mujeres; después de ganar dinero especulando con todo, incluso con el hambre; después de inventarse burbujas hipotecarias o puntocom; y a punto de agotarse el enriquecimiento a base de canjear capitales financieros ficticios, observaron ingeniosos que la última fórmula para incrementar sus beneficios era acumular el dinero futuro, el que estaba por imprimir, robando lo que pertenecería  a nietos y nietas: LA DEUDA.

Babeaban disfrutando con su jugada maestra. Porque la carambola era perfecta. Los países, naciones, pueblos o estados – ya sin gobiernos soberanos- aceptaban a pie juntillas cualquier instrucción que ellos emitieran. No habría ningún problema con las nuevas disposiciones

-Los bancos, ¡oh qué problema! están en bancarrota y eso es malísimo para la economía. Así que hay que inyectar todos los dineros públicos posibles para salvar sus resultados. Y sin dinero en sus arcas, les prestamos el nuestro que nos devolverán en eternos plazos a intereses de objeto de lujo.

La memoria

Y pasaba que pasaba todo así, como estaba mandado. O no. Se olvidaron de un detalle porque era invisible, no programable, ni robotizable: LA MEMORIA, un rincón en el cuerpo humano que está a salvo de la ciencia y sus experimentos.

Un almacén de frases sentidas; del viejo olor a sábanas de hilo; de la tabla de multiplicar y estribillos de Bob Dylan; de un paisaje recorrido de la mano de madre; y de los tropezones en el amor. Una alacena colectiva que mantiene en fresco -para que se conserve perfectamente-  el recuerdo de aquellas luchas contracorriente de unos pocos seres humanos para conseguir la erradicación de la esclavitud. Para recuperar el principal derecho humano, la libertad. Un disco duro en red y sin contraseñas que guarda bien clasificadas todas las revoluciones de los desheredados del mundo por el reconocimiento del derecho de los pueblos a comer y vivir de su sus tierras, aguas y semillas. Una pinacoteca con los retratos en óleo de todas aquellas personas que hicieron posible el derecho al trabajo, a la autodeterminación de los pueblos, a la enseñanza y a la salud gratuita, a la vivienda, y por qué no, también los derechos de la PachaMama.

El Encuentro

Letrados de escuelas que quieren finiquitar, rodeados de niñas y niños con ansías y derecho por saber, hartas de acalorarse en barracones provisionales; inválidos por operaciones quirúrgicas aplazadas, en sillas de ruedas oxidadas que empujan enfermeros expedientados; compositores sin escenario para actuar, pregoneros sin fiestas que inaugurar y enamorados marchitos que no podrán bailar; ganaderas sin veterinarios públicos que les ayuden en las cesáreas; investigadores para un mundo mejor en paro; recolectores de otros países amontonados en viviendas que son muriendas; proscritos y sin papeles y sin derechos; jubilados reviejos sin pensión pública con la que salir a tomar el Sol; novatos en oficios de los que siempre serán aprendices; mutilados de guerras que otros hicieron -el único negocio que no dejarán quebrar- y enfurruñados llegados de países del Sur con gran experiencia deudora preguntándose incrédulos ¿quién debe a quién?,… todas y todos técnicos cualificados en el uso de la memoria, se reunirán los próximos 7 y 8 de octubre en Madrid.

A cara descubierta, sin caretas ni antifaces y con las manos bien apretadas. Con certeza inconfundible de lo que es y no es justo. Con la fuerza y el entusiasmo de las alegrías e indignaciones compartidas. Con la curiosidad y creatividad innatas, para declarar que: «Para devolver vida al mundo habrá que podar y desyerbar los palacios, las sedes bancarias y otros antros que ocultan el escondite secreto de la Caverna. Habrá que abonar la tierra con propuestas nuevas, sin olvidar simientes que siempre funcionaron para reverdecer el panorama. Habrá que regar y plantar cara. Porque lo que se planta y se cuida siempre da frutos».

(*) Gustavo Duch Guillot

www.gustavoduch.wordpress.com

La guinda

Galicia Hoxe, Gustavo Duch, 27 de abril de 2011

Somos lo que comemos –dicen- pero también podemos pensar lo contrario: que somos lo que no comemos, lo que desaprovechamos.

Y digo esto pensando en mi querido Jaume. Cuando nos reunimos para alguna celebración familiar la guinda de los pasteles siempre queda apartada en un rincón de todos los platos de los comensales. Excepto en el de Jaume que se las come, explicando que le gustan. Pero creo que miente. Porque cuando pasa por casa y le regalamos pan para que alimente a los pájaros de su jardín nos dice que no está lo suficientemente duro, que sigue siendo comestible. O porque los plátanos que mis hijos dicen que ya están demasiado maduros, casi negros, él sigue considerando que son una buena merienda, que no se pueden echar a perder. Por los mismos motivos argumenta que los yogures, diga lo que diga el envase, no caducan nunca.

Y sí, como yo pensaba, me ha confesado que no le gustan esas cerezas confitadas de los pasteles, pero que en su casa, la posguerra y las penurias, les enseñaron a no desperdiciar nada.

En sólo dos generaciones hemos pasado de un extremo a otro: de la escasez a la abundancia, lo que nos ha llevado (aunque no tenía porque ser así) de economizar a derrochar. Según informa una resolución del Parlamento Europeo del 18 de enero de este año 2011, en la cadena de producción, suministro y consumo se desperdician  -y no deja de sorprenderme- el 50% de los alimentos.

Una sociedad que permite esta situación no puede estar orgullosa de su comportamiento individual, ni del modelo agroalimentario del que nos hemos dotado. Entre otras cosas porque la comida no es más que el aprovechamiento de unos recursos naturales: aire, agua, tierra. Y este es uno de los motivos por los cuales desde el pasado día 19 de abril, en España hemos entrado en déficit ecológico. Es decir, si esos recursos naturales los distribuimos equitativamente entre toda la población del planeta, hemos superado nuestra cuota. Nuestro modelo consumista del derroche ha agotado lo que nos corresponde y si seguimos comiendo, respirando y contaminando es porque, desde ese día contraemos una deuda que me temo no vamos a cancelar.

Porque en realidad se trata de un mal uso del préstamo que nos han hecho las generaciones futuras; y de un hurto ecológico, que un sistema dominado por oligopolios, explota okupando tierras y mares de los países del Sur, para abastecer a las poblaciones que les podemos enriquecer.

Gigantes de hierro

Diario de Navarra, 2 de diciembre de 2009

Gracias Iolanda

En la clase de los más pequeños Sophie estaba excitada e intranquila. Víctor dejó unos ejercicios en la pizarra y se acercó a su lado. -¿Qué ocurre Sophie? –Junto a nuestra aldea llegaron unos hombres hace unos días con grandes vigas de hierro. No sabíamos que querían hacer, pero se pusieron a construir un gigante. Un gigante de hierro. Al salir de la Escuela Víctor acompañó a Sophie hacia su casa. Una hora después, a lo lejos, distinguieron la cresta de una torre, efectivamente, de un tamaño gigantesco. Tranquilizó a su alumna y regresó hacia su casa. Esa fue la primera torre eléctrica que se vio en aquella región del entonces, por los años 70, Zaire, hoy República Democrática del Congo. Brotaron muchas más torres y con cables eléctricos quedaron una a una interconectadas. Un ejército de gigantes de hierro.

torres-electricas

Víctor Nzuzi campesino y profesor de su pueblo en el Congo averiguó el porqué de ese megaproyecto. Mientras la mayoría de la población no disponía de luz eléctrica en sus casas –además de otras necesidades sin cubrir- y los profesores como él no cobraban su salario del Estado, el Gobierno del tirano Mobutu recibía fondos del Banco Mundial para financiar proyectos (elefantes blancos les llaman también) que sólo beneficiarían a las potencias extranjeras. Entre ellos la construcción de la represa de Inga sobre el rio Congo y su conexión con las minas de Katanga que permitirían la explotación de sus minerales. Un mecanismo más para asegurarse las riquezas de las que se seguían sintiendo amos y señores. El negocio funcionaba excelentemente si el contratante de la futura deuda era una dictador que, aunque desviara parte de esos fondos a sus cuentas bancarias (a la muerte de Mobutu su fortuna personal ascendía a 8.000 millones de dólares, equivalente a dos tercios del total de la Deuda Externa de su país) ni se preguntaba ni preguntaba a la población sobre el interés del proyecto en cuestión. Años más tarde, siguiendo los dictámenes del Banco Mundial y el Fondo Monetario Internacional, se optó por privatizar las minas de Katanga. Las terribles condiciones de trabajo para los excavadores se recrudecieron cuando no fueron expulsados de esos precarios puestos de trabajo. La Deuda contraída por Mobutu para este proyecto supone hoy día una cuarta parte del total de la deuda del país.

Así fue como Víctor un sencillo profesor rural, es hoy una figura reconocida en la lucha contra tantos millones de deuda ilegítima. Como Víctor dice, “dicha deuda no tiene ningún valor legal y el gobierno congoleño debería declararla nula”. Compromisos contraídos por pasados dictadores o por golpistas de nuevo cuño, como Micheletti en Honduras, gobierno al cual el Fondo Monetario Internacional recientemente le ha concedido un préstamo de 165 millones de dólares, la Deuda es una losa para todos los países denominados “en desarrollo”. Por eso diferentes organizaciones en todo el mundo reclaman opciones de justicia. Primero que se apruebe una moratoria total al pago de la deuda durante la cual se podría demostrar la ilegitimidad del total (o una gran mayoría) de la deuda. Así la Declaración de la Octava Cumbre de los pueblos de la Comunidad de Desarrollo de África Austral, celebrada precisamente en Kinshasa el pasado 5 y 6 de septiembre de 2009, exige a los poderes públicos a proceder inmediatamente a la auditoría de la Deuda con el fin de sacar a la luz la parte ilegítima: la que no ha beneficiado a la población. Y aun encontrando algunos préstamos entregados justamente, con el beneplácito de la población, bajo una gestión, correcta, etc., aún así, ¿no deberíamos contabilizar en el otro lado de la balanza la restitución por las pasivos históricos y ecológicos que el modelo de dominación ha generado en sus países?

Pero la presión por los recursos del pueblo congolés no cede. Desde hace un par de décadas se negocia la posibilidad de construir dos nuevas represas en el complejo Inga. La presa Inga 3 que con un costo total de unos 8.000 millones de dólares permitiría exportar electricidad a Sudáfrica y el proyecto Gran Inga de unos 80.000 millones de dólares capaz de generar más del doble de electricidad de la producida por el mayor complejo de represas del mundo, las Tres Gargantas, en China. Nueva deuda para un país de economía insostenible que se explicará como proyectos para iluminar los poblados africanos cuando, con bastante probabilidad, si se lleva a cabo, llevará energía a quien pueda pagarla: los hogares europeos.

-¿Para qué sirven estos gigantes de hierro?- le preguntan a Sophie sus hijos.

Gustavo Duch Guillot

http://gustavoduch.wordpress.com/