EL PODER DE LA CARNE

La Jornada de México, 26 de agosto de 2012. Gustavo Duch

La trama nos sitúa a mediados de 1901 en las calles de Creve Coeur en Saint Louis, Missouri (Estados Unidos), donde Mr. John Francis Queeny funda una pequeña empresa a la que bautiza con el apellido de su esposa, Monsanto, dedicada a comercializar sacarina. En seguida cosecha éxitos, el primero la venta de dicho edulcorante a la empresa Coca Cola, y luego van llegando otros como la fabricación del plaguicida DDT -ya retirado de los mercados- o el Agente Naranja, un herbicida utilizado en la guerra del Vietnam. En este capítulo bélico participa también en el desarrollo de las primeras bombas atómicas; sintetiza la hormona de crecimiento bovina y, en 1982 sobresale de nuevo como pionera de la tecnología de las semillas transgénicas de las que hoy controla el 80% del mercado. Entre ellas destaca la soja transgénica, en realidad, una apropiación indebida de la semilla natural de la soja, que la patenta agregándole un gen procedente de una batería que hace a la planta resistente a un herbicida, del que Monsanto, era lógicamente también el propietario: el glifosato.

Con algunas triquiñuelas de política comercial en el guión y con los despachos donde se tiene que velar por la salud de las personas y del Planeta mirando a otro lado, Monsanto consigue hacer de la soja transgénica el producto estrella de finales del siglo XX, incorporada a los piensos que alimentan la ganadería estabulada del mundo. Es un negocio de dimensiones formidables para quienes venden la soja como grano, y para quienes como Monsanto ganan en la venta de la semilla y de su herbicida asociado.

Desde su aparición en escena, la soja transgénica provoca el robo de tierras agrícolas más suculento de la historia que se explicará en los libros de historia y en los manuales de criminología. Con guante blanco usando recursos administrativos de titulación de propiedades o con violencia pura y dura -son muchos los casos de desalojo violento, con muertes de campesinas y campesinos-, millones de pequeñas fincas campesinas han sido suprimidas del mapa a favor de la soja que consume la ganadería europea o china (y poco a poco también los automóviles que caminan con biodiesel). Tenemos aquí una explicación a la actual subida de precios de los cereales, alimentos básicos para el mundo.

Hasta la fecha el saqueo ha afectado a países de la América del Sur; África está en el punto de mira. Sólo en Argentina más de la mitad de su tierra fértil se dedica a la soja. Y en Paraguay, país de pequeñas dimensiones, de momento el 10% es soja, pero supone, sólo en concepto de royalties, 30 millones de dólares anuales, libres de impuestos, para Monsanto.

Pero claro, no todo puede resultar tan fácil. Las gentes afectadas se organizan y levantan la voz ante tamaña injusticia: ―¡la soja es responsable de la pobreza campesina!; no hay evidencias que aseguren que consumir grano transgénico no es perjudicial para la salud; el uso masivo del glifosato rociando los campos está provocando muchas enfermedades en la población local; la biodiversidad cultivada y la salvaje desaparece rápidamente; y por último, explotar así a los suelos agrícolas les genera a estos una perdida de nutrientes, de fertilidad, que nadie repone. Y el drama llega a momentos álgidos.

Algunos gobiernos cercanos a las realidades sociales ponen pequeñas y tímidas trabas a la expansión de estos agronegocios, como fue el caso de la presidencia de Fernando Lugo en Paraguay hasta hace apenas un mes. La empresa multinacional, desde EEUU, no acepta intromisiones en sus negocios y enterada de las limitaciones que allí se establecen, dicta algunas instrucciones que la prensa y las organizaciones de empresarios agrícolas locales llevan a la perfección y sin discreción, no es necesario. Mientras se lanza una campaña desmedida contra la institución gubernamental que decidió bloquear la introducción de nuevos transgénicos en Paraguay, tiene lugar una masacre en tierras en litigio por la soja con 17 personas muertas,  que acaba de desestabilizar a un gobierno frágil.

Así son ahora los golpes de estado, Paraguay y Honduras, elegantemente disfrazados de democracia. Dos pequeños países señalados como una advertencia para quienes no estén dispuesto a hacer del extractivismo y expolio del Planeta -sea soja para hacer carne, sea palma aceitera, sea minería- un torrente de beneficios para las corporaciones, que como en las películas, ya controlan el mundo.

Es curioso, mientras aquí en Europa la actividad agraria ha quedado reducida a casi nada -poco importante económicamente hablando, con muy pocas gentes practicándola de forma profesional y su recurso principal, la tierra, se regala al mejor de los bandidos (pienso en la posible instalación de Eurovegas en Barcelona)- en otros países es sin lugar a dudas el mayor de los poderes fácticos. Pero ambas realidades, el desprecio y el fervor, están tremendamente conectadas. Para que el negocio de producir y vender soja funcione -la ‘soja-connection’- se necesitan tierras arrasadas de monocultivos en los países del Sur y tierras arrasadas de hormigón en los países del Norte.

Enfadarse en vacaciones

Vicent Boix y Gustavo Duch. El Periódico del Mediterraneo, 10 de agosto de 2011

La Fundación Antama ya está presente con su columna institucional junto a la noticia de la no autorización de un arroz transgénico experimental en Vinaròs. La fundación en cuestión tiene como misión favorecer la ‘excelencia’ de los cultivos ‘frankestenianos’ por España y hablar de sus bondades y lo que haga falta para que su implantación sea total. Su aspiración es un planeta Tierra cultivado con unas pocas variedades de ‘sus’ semillas.

Pero ¿Por qué se enfadan tanto? ¿Por qué aluden a la importancia de los Organismos Genéticamente Modificados en el futuro agrícola? El cultivo en cuestión, nos han explicado hasta la saciedad, no tiene interés industrial, solo es un ensayo para combatir una enfermedad que afecta a 300 personas en toda España (y que ya tienen tratamientos). Es decir, no es un transgénico para apoyar a los agricultores (ninguno lo es) sino una invención de la tecnología farmacéutica.

La vertiginosa réplica de Antama elude hábilmente el asunto principal, la falta de documentación del cultivo experimental que ha sido clave para que la Conselleria denegara el permiso; y por el contrario, se ceba con la declaración de Vinaròs como zona libre de transgénicos. La fundación cuestiona que un municipio se declare “zona libre de”, porque según ellos atenta a la libertad individual y no es de su competencia.

Antama discute el eje básico de la democracia, que el pueblo puede opinar y decidir, en este caso a través de un plenario municipal. Se entiende y respeta que una fundación que defiende los intereses de grandes corporaciones del agronegocio, se oponga a la declaración, pero parece grave que les moleste la actuación de la sociedad civil, que buscando los canales de representación legítimos, socializando y debatiendo el tema entre las partes implicadas, con las organizaciones que representan los sectores, hacen aquello que debería de ser norma: construir democracia participativa, construir propuestas colectivas. Lo colectivo no piensa con la mano en el bolsillo.

CARTAS DE AMOR

Diario Información y L’Informatiu, 30 de junio de 2011. (*)

Era una vez que era, que el representante de la Unió de Llauradors i Ramaders, con el apoyo de muchas otras organizaciones del País Valencià, escribió una delicada misiva al responsable de la Comisión Nacional de Bioseguridad (CNB), un organismo que vela por la correcta implantación de los transgénicos en nuestros campos de cultivo.

En ella le decía preocupado, que revisaran a fondo la aprobación concedida a la empresa italiana Transactiva SRL para cultivar y experimentar al aire libre con arroz modificado con genes humanos en el término municipal de Vinaròs, en Castellón. Se trata de un arroz medicamentoso, no apto para el consumo humano, capaz de producir una enzima humana interesante para tratar la enfermedad de Gaucher. Una patología hereditaria que afecta aproximadamente a una persona cada cien mil.

Y se pregunta -¿arroz trasgénico a 20 km del Delta del Ebro donde se produce el 15% de todo el arroz español? Si en campos de la China y EEUU (y en sus cervezas) se han encontrado genes trangénicos con los que sólo se pretendía experimentar, ¿no podría pasar que tengamos en breve paellas con regusto a enzimas? Si eso ocurriera se deberían destruir muchas cosechas, con las consecuentes pérdidas para las y los productores, o bien a toda marcha legalizar la transgenia como rico arroz comestible. Ñam, ñam.

Por último, antes de la despedida, se preguntaba suspicaz ¿por qué este tipo de ensayos no se permiten en Italia (y muchos otros países europeos) y se ‘deslocalizan’ aquí? ¿Por qué tanta gentileza con farmaceúticas que inventan fármacos para enfermedades infrecuentes y que ya tienen curas?

Igual de cortés fue la respuesta enviada desde Madrid donde corrobora que su aprobación al frankenarroz es irrevocable. Que es imposible que de esa parcela se escape ningún gen, que a ningún trabajador se le quedarán granos de arroz en los bolsillos que acaben en un arrozal, que los camiones serán requeteherméticos…en fin, imposible, imposible. De hecho textualmente y en negrita acaba la carta con un «es posible evitar la contaminación  por OMG cuando se aplican rigurosas  medidas de aislamiento»

 Y así fue que fue, que la precaución de uno, conocedor de contaminaciones en experiencias similares fue incompatible a la prepotencia del otro. Y colorin colorado, con estas cartas de amor no se han enamorado.

 Gustavo Duch en colaboración con Patricia Dopazo,  Acsud Las Segovias País Valencià  (*)

Carta abierta a Evo Morales: LOS LEQUE LEQUE

 Gustavo Duch Guillot, 16 de junio de 2011

Escribí de ellos hace varios años, regresando de la Bolivia nueva y orgullosa de un cambio político y de una revolución social. Los leque leque, me enseñaron una familia campesina del altiplano, son pájaros que leen el tarot, adivinadores del futuro. Según el clima tenga que llegar, según venga seco o lluvioso, la familia leque leque anida sobre los surcos o entre ellos, de las papas cultivadas. Así pues para conocer el tiempo de los próximos días, a las y los campesinos no les hace falta parte meteorológico alguno. Se reemplaza el meteosatelite por la observación de los leque leque.

Pareciera un mecanismo antiguo y poco moderno, pero es un sistema exitoso y sostenible. De la misma forma que el gran número de variedades de papas que las familias campesinas poseen, les asegura alimentación independientemente del clima, independientemente de las fluctuaciones del mercado y, sobretodo, independientemente de los caprichos de las multinacionales apropiadoras de las semillas campesinas. Es por eso que todas estas prácticas y políticas encaminadas a la ‘independencia o autonomía campesina’ son un grito internacional tremendamente movilizador: la soberanía alimentaria.

Bien lo sabe el campesinado hindú, por ejemplo, que se ha arruinado con el algodón empresarial transgénico cuyas semillas (y fitotóxicos específicos) deben comprar anualmente. O el campesinado estadounidense  que ha visto como su maíz ecológico ha sido contaminado por maíz empresarial transgénico… y eso les ha costado una sanción. O el excampesinado argentino expulsado de sus tierras o huertos ante el avance imparable de los monocampos de soya transgénica.

Bien lo sabe también la y el productor agrícola boliviano, pues desde hace cinco años y de forma ilegal, la soya transgénica se introdujo y expandió por los campos de su país, sin respuesta alguna de su recién formado gobierno. Se echó a faltar una visión de pájaro, de leque leque, de futuro, y ahora, se puede constatar que la soya transgénica es más susceptible a la roya y ha tenido menores rendimientos que la no transgénica; se puede contabilizar un incremento de más del 300% en el uso de herbicidas, fungicidas e insecticidas; y se puede encontrar rastros de soya transgénica en alimentos para el consumo humano.

Bien lo saben también las organizaciones campesinas bolivianas, Sr. Presidente, que se han reunido preocupadas el pasado día jueves 9 de junio en Cochabamba, ante el anuncio de su gobierno de la legalización del uso de transgénicos en Bolivia. La soberanía alimentaria se basa  fundamentalmente en el acceso y control a las semillas, base de la producción de alimentos, recurso vital para cualquier país del mundo. Dos formas tenemos de entender esa propiedad: las semillas transgénicas con sello de propiedad privada, peligrosos especímenes irreproducibles ocultos bajo el manto de falsa modernidad y desarrollo tecnológico,  o la propiedad social de semillas campesinas que son de todos y son de nadie. Igual que el aire, el oxígeno o el amor.

Por eso, se le manda una postura clara.

No puede un gobierno social como el suyo rendirse a los intereses de las empresas transnacionales de semillas que son también dueñas de los agrovenenos necesarios.

No puede, un país que ha aprobado los Derechos de la Madre Tierra en su Constitución, poner en riesgo uno de los territorios más ricos en biodiversidad , leques leques y muchas variedades de  papa, maíz, cereales, frutas, quinua y otros miles de cultivos andinos y amazónicos.

No puede, quien bien lo sabe, aprobar semillas pensadas en la exportación desplazando a los cultivos destinados a la alimentación humana.

No puede, un representante del pueblo, favorecer cultivos que destruirán bosques que son fuente de biodiversidad y hábitat de los pueblos originarios.

No debe, Sr. Presidente.

El monocultivo del pensamiento

Público. 15 de noviembre de 2010. Gustavo Duch Guillot

Recientemente, Noam Chomsky –colaborador en este periódico– publicó lo que él llamó diez estrategias de manipulación mediática. Diez formas de alejar a la población de la verdad y de adormecerla en la medida de lo posible. Quisiera, a partir de algunas ideas de este decálogo, analizar qué información nos llega, mayoritariamente, desde los medios de comunicación, la publicidad y la gobernanza en general, acerca de la agricultura, la alimentación y, en particular, del hambre.

Primero, y con el argumento de la distracción, se busca eso, alejarnos de cuestiones fundamentales para el devenir de la civilización, llevando nuestra atención a temas banales, sin ninguna importancia. Segundo, cuando llega el momento de hablar de los problemas del hambre, se suele acabar planteando un problema falso, para que estemos todos de acuerdo en aceptar una solución interesada. Suele ser habitual situar el problema del hambre en la falta de productividad: que no tendremos alimentos para tantas personas, que el aumento de la demanda en China e India obliga a más producción, etc. La solución –su solución– entonces entra en bandeja de plata y se postula que la biotecnología salvará al mundo. Si supiéramos que la escasez de alimentos es mentira, ¿aceptaríamos sus recetas rellenas de transgénicos?

Tercero, la estrategia de falsas (o muy improbables) expectativas es el método utilizado para convencernos de que, por el momento, no son necesarias medidas correctoras. Si el petróleo se acaba, ¿no deberíamos buscar otras maneras de producir alimentos menos dependientes? Si el cambio climático lo tenemos encima, ¿no deberíamos prescindir de modelos productivos contaminantes? No –contestan– ya encontraremos una fuente alternativa, una solución mágica, no hay prisa. Es el mensaje tecnoptimista de quien no quiere cambiar nada porque todo le va muy bien.

Cuarto, el mal uso de las imágenes de personas sufriendo hambre o pobreza es un recurso clásico y desafortunado de presentarnos una realidad sin duda existente pero con otras muchas aristas y enfoques. Los impactos emocionales suelen desviarnos del sentido y la reflexión crítica que debemos agudizar en esos momentos. Será por eso que, en general, es más fácil encontrar opiniones de “pobres personas, cuanta ayuda necesitan”, que preguntarse: “¿Qué hace que estas personas estén en esta situación?”.

Quinto, el pacto entre el poder y la ciencia oficial. Es común que muchos posicionamientos se escudan en la infalibilidad de la ciencia, ese ser alejado, intocable, capaz de hacernos sentir ignorantes absolutos. Son muchos los casos, por ejemplo, de campesinos que, teniendo con la experiencia propia (una forma de ciencia desautorizada) buenos resultados de sus cultivos, cambian a otras prácticas menos apropiadas porque “lo dicen los servicios técnicos” (añadan: de las empresas que se beneficiarán). El extremo se alcanza cuando se defienden los argumentos científicos por encima de los políticos y sociales.

Sexto, reforzar la autoculpabilidad de todos nosotros como consumidores. Acaban haciéndonos sentir culpables porque no somos del todo coherentes en nuestro consumo y no cumplimos con los estándares del consumidor responsable. Sólo una táctica más para alejarnos de una actitud de rebeldía contra el sistema económico, el verdadero responsable. Y lo mismo podíamos decir, para acabar, cuando se nos aleja mucho de las posibles soluciones. Es aquello de “no podemos cambiar nada”, “las decisiones se toman muy lejos de nuestras esferas”, “las fuerzas contrarias son muy poderosas”, etc.

Para que vean que lo que les digo no son imaginaciones mías, les informo sobre dos declaraciones llegadas de Naciones Unidas, que no han encontrado eco mediático y que contrastan enormemente con lo que nos explican cuando hablamos de agricultura y hambre en el mundo: por un lado, según Oliver De Schutter, relator especial para la alimentación de la ONU, “en lo que a la seguridad alimentaria mundial se refiere, el rendimiento de la agroecología o agricultura ecológica supera ya al de la agricultura industrial de gran escala”. Por consiguiente, frente al discurso oficialista, lo que propone De Schutter es que “los Gobiernos y las agencias internacionales deben promover urgentemente las técnicas de cultivo ecológicas para aumentar la producción de alimentos y salvar el clima”. Por otro, según un informe del Programa de Naciones Unidas para el Medio Ambiente, “si se adoptan mayoritariamente los sistemas agroecológicos, que han demostrado su eficacia en la reducción de las emisiones, el sector de la agricultura podría neutralizar la mayor parte de sus emisiones de carbono antes de 2030 y producir alimento suficiente para una población que probablemente alcance los 9.000 millones en 2050”.

Dos declaraciones muy similares, fuera de los moldes habituales, que contrastan con la última operación de la Fundación Gates que, ahora aliada y con participaciones en el gigante Monsanto (jefe de la agricultura industrial), propone replicar en África el modelo de agricultura intensiva y dependiente de semillas y agrotóxicos. Monsanto lo llama, con la boca bien grande, la Nueva Revolución Verde. Gates lo llama la Revolución Verde 2.0.

Aviso: nos distraerán, nos mentirán, nos venderán sueños imposibles, coquetearán con nuestro corazón, nos harán sentir malas personas y nos presentarán todos los datos a su favor para que creamos, apoyemos y confiemos en su buen saber y su buen hacer.

Nuevos alimentos en Europa. Legislando o actuando

La Jornada de México, 14 de agosto de 2010

Durante el pasado mes de julio en el Parlamento Europeo se han escuchado posiciones mayoritarias para legislar –que ese es su trabajo- en favor de la salud de las personas y del medio ambiente. O en cualquier caso, a favor de un paso previo fundamental: el principio de precaución. Aunque lamentablemente los pasos para la aprobación de nuevos cultivos transgénicos se hacen cada vez más sencillos y flexibles, el Parlamento Europeo (no así la Comisión y el Consejo)  considera que tienen que existir mecanismos que eviten el consumo de dos tipos de ‘supuestos’ nuevos alimentos. Nuevos y extravagantes.

Por un lado el Parlamento Europeo deja claro que «en la elaboración de alimentos a partir de animales clonados y su descendencia debe aplicarse una moratoria para su comercialización». Como explica la ponente en este asunto, la diputada holandesa Kartika Liotard «una mayoría clara en el Parlamento Europeo apoya las objeciones éticas a la producción industrial de carne clonada. Los animales clonados sufren altos índices de enfermedades, malformaciones y muerte prematura y los diputados han pedido que haya una regulación apropiada. Es hora de que la Comisión escuche al Parlamento Europeo y a los ciudadanos».

Por otro, el  Parlamento Europeo también se ha pronunciado sobre los alimentos producidos mediante nanotecnologías. Su postura defiende que no se puedan incluir en la lista europea de nuevos alimentos hasta que una evaluación de riesgos demuestre que su uso es seguro. Pero ellos y ellas saben que las nanotecnologías ya se han empezado a utilizar en la alimentación y en los envases alimentarios, por eso insisten en que cualquier “nano-ingrediente” debe estar indicado en la etiqueta del alimento.

Y aquí enlazamos, por parte de la Eurocámara y de muchos grupos ecologistas y movimientos campesinos, con la histórica reclamación de obligar a que los productos elaborados a partir de animales alimentados con piensos modificados genéticamente sean etiquetados con claridad: «Producido a partir de animales alimentados con piensos modificados genéticamente». Reclamación sustentada en el derecho de las personas consumidoras en elegir una alimentación libre de transgénicos. Reclamación que en Europa sigue en la lista de espera mientras toda la carne, leche y huevos que se consumen provenientes de ganadería no ecológica ha sido alimentada con piensos con ingredientes transgénicos.

Por último, y también tiene que ver con el derecho a la información, en España el pasado 12 de julio, unos actos de protesta ambiental han concluido con la siega de dos campos de experimentación con transgénicos propiedad de Syngenta  (la tercera empresa de semillas del mundo después de Monsanto y de Dupont).  Mientras que países como Reino Unido, Portugal o Alemania hacen pública la situación de los ensayos en parcelas con nuevas modalidades de cultivos transgénicos (son pasos obligatorios previos a su posible aprobación) en España esa información ha sido mantenida en secreto. Hasta que tras años de solicitudes y reclamaciones ante el defensor del pueblo, una sentencia favorable del Tribunal Europeo de Justicia de febrero de 2009 ha permitido a la organización Amigos de la Tierra disponer de dicha información. Amigos de la Tierra, en defensa de los derechos de los consumidores y consumidoras y de los agricultores y agricultoras que pueden ser afectados por contaminaciones de dichos campos, ha hecho pública la localización exacta, a nivel de parcela, de cada uno de esos campos experimentales.

La industria biotecnológica, ante la siega de dos de esos campos ya ha acusado a los movimientos sociales y ecologistas de irresponsables y vandálicos por facilitar la información y por llevar a cabo la protesta.

Pero, mientras la legislación sigue su lento caminar, mientras los gobernantes no toman posturas claras y decididas, estos actos son una voz de alerta para que sus argumentos resuenen con fuerza, sobretodo en España donde la situación con los cultivos transgénicos es especialmente grave: la legislación no ampara a los agricultores y agricultoras para protegerse de la contaminación e imposibilita que se puedan denunciar los daños producidos; España es el único país de la UE que cultiva transgénicos a gran escala (con 76,000 hectáreas de maíz transgénico Monsanto 810, cultivadas en 2009, que representa el 80% de las superficie cultivada con transgénico en toda Europa) mientras otros países los prohíben en base a sus impactos ambientales, incertidumbres para la salud e imposibilidad de evitar la contaminación de la agricultura convencional y ecológica; y, finalmente, España acoge el 42% de todos los experimentos con transgénicos al aire libre que se realizan en la Unión Europea gracias al oscurantismo deliberado del Gobierno.

Mientras en España hay una clara apuesta por la agricultura transgénica y otras modernidades que nos sitúan en la punta de lanza de la industria biotecnológica, como dice David Sánchez de Amigos de la Tierra, «no se puede permitir que nos hagan falsas acusaciones ni se criminalice al movimiento de oposición a los transgénicos. El debate importante no son estas acciones, sino el contexto de imposición e indefensión jurídica frente a los transgénicos. Si alguien quiere buscar responsables, sería mejor buscarlos en el Gobierno y en la industria».

Acceder al mapa de OGM en España

Empujones ganadores

La Jornada de México, 5 de junio de 2010. Gustavo Duch Guillot

Unos meses después del terremoto en Haití, el ex presidente estadunidense Bill Clinton, ahora enviado especial de la ONU en ese país, reconoció lo que muchas organizaciones ya habían denunciado. Clinton llamó ‘un error’ a las políticas que implementó responsables de provocar la ruina de miles de pequeños productores de arroz locales, y con ella la pérdida de buena parte de la autosuficiencia alimentaria del país. En 1994, después de favorecer el retorno de Jean Bertrand Aristide al poder en Haití, el gobierno de Clinton –con unos programas del Fondo Monetario Internacional y del Banco Mundial como zanahorias en el extremo de un palo– forzó la reducción de los aranceles en frontera que protegían la entrada barata de arroz importado. Supuestamente arrepentido, Clinton añadió que he tenido que vivir todos los días con las consecuencias de la pérdida de la capacidad de producir una cosecha de arroz en Haití para alimentar a esa gente, debido a lo que yo hice, nadie más.

Pero sí, hay más culpables que el presidente de entonces. Como también hemos podido conocer, a los pocos días del terremoto, con el presidente de ahora, entre la ayuda alimentaria tan necesaria para esos primeros momentos llegaron cargamentos de arroz facilitados por la Agencia de Estados Unidos para el Desarrollo (la USAID) y distribuidos por el Programa Mundial de Alimentos. Otra vez una fórmula que sólo favorece a los grandes cerealistas de Estados Unidos, mientras que los productores locales disponían de arroz en los graneros que no habían sido destruidos por el terremoto. ¿No hubiera sido preferible dedicar el dinero de las donaciones a comprar el arroz local?

Pero Haití, ese país invisible durante tantos años, parece determinado en mostrarnos todo el catálogo de perversos mecanismos que, en este caso Estados Unidos y sus multinacionales –un buen ejemplo de los estados corporativos que gobiernan a los pueblos– utilizan en el avance por el control de la alimentación. Y aquí entre en escena Monsanto, la corporación conocida por su dominio en el sector de las semillas, y especialmente en las modificadas genéticamente. A principios del mes de mayo se hizo pública la voluntad de Monsanto de colaborar con Haití. Las primeras informaciones indicaban que la empresa había acordado, con el respaldo de la embajada de Estados Unidos en Haití, entregar gratuitamente 475 toneladas de maíz transgénico (junto con sus fertilizantes y pesticidas asociados) y 2 toneladas de semillas de hortalizas, todo en el contexto del programa WINNER (ganador), liderado por la USAID y dirigido por Jean Robert Estime, que ejerció como ministro de Relaciones Exteriores durante los 29 años de la dictadura de Duvalier en Haití. Finalmente, bien por las presiones ciudadanas, bien por decisión propia, el ministro de Agricultura de Haití ha explicado que el acuerdo se ha cerrado exclusivamente con semillas híbridas de maíz. La donación –dice el ministro– forma parte de una campaña para reactivar el sector agrícola después del terremoto del 12 de enero y ya está siendo efectiva.

Aunque en Haití no están verificando si las semillas entregadas son o no transgénicas, la diferencia entre donar semillas híbridas o transgénicas, para los intereses de Monsanto no es significativa. En ambos casos estamos hablando de unas semillas mejoradas en los laboratorios muy exigentes en el uso de fertilizantes y pesticidas (productos incluidos en la donación). Además, el grano de la cosecha no puede ser aprovechado como semilla para nuevas cosechas, con lo que el campesinado se verá obligado a comprar nuevas semillas. Y aquí radica el altruismode Monsanto. Si bien durante los años 2007 y 2008 (curiosamente, durante la crisis alimentaria) los beneficios de Monsanto no dejaron de crecer, la crisis parece haber llegado también a sus cuentas de resultados. Según el director ejecutivo de la trasnacional, Hugh Grant, el principal motivo de esta caída fue la disminución en las ventas de herbicidas y productos químicos. ¿Estamos entonces delante de una estrategia para ganar mercados? Si seguimos el consejo del periodista brasileño Thalles Gomes, estos días en Puerto Príncipe, y revisamos la definición de la USAID, observaremos –al igual que pasa con algunos fondos de cooperación del Ministerio de Asuntos Exteriores español– que navegan en la dualidad de conseguir con la ayuda exterior “apoyar los intereses de la política exterior americana, expandiendo la democracia y el libre mercado y, al mismo tiempo, mejorar la vida de los ciudadanos de los países en desarrollo”. Con estos fondos y estas semillas el doble propósito viene a ser como un oxímoron.

La colaboración con el campesinado haitiano en estos momentos es, desde luego, muy necesaria. Pero la urgencia de hoy no puede convertirse en dependencia para mañana. Por ello, desde las organizaciones campesinas están con movilizaciones y marchas estos días, contra esta sutil invasión, mientras desarrollan planes propios para aumentar la producción y reproducción de semillas locales y buscan conseguir semillas naturales de lugares con climas similares (en la propia República Dominicana, por ejemplo). Pero parece que estos programas no cuentan con empujones ganadores.

FÁBULA DEL ÁRBOL Y EL GUSANO (o cómo explicar los transgénicos)

Norte de Castilla, 1 de junio de 2010

Como el genial escritor Terry Pratchett, pienso en un mundo fantástico donde conviven unos árboles mucho más viejos que las milenarias secuoyas junto a unos gusanitos efímeros, que nacen con el alba y siempre, siempre mueren mucho antes de caer el Sol.

Al abrir los ojos aquel árbol ‘trilenario’, doscientos años después del parpadeo anterior, -que ese es su ritmo normal- lo vio todo totalmente cambiado. Por arte de magia, de birlibirloque, en un abrir y cerrar de ojos –y no es metafórico- el pueblo que divisaba desde sus ramas más altas estaba completamente arruinado, como si hubiera sufrido el peor de los bombardeos. Los huertos que le rodeaban, los molinos, los corrales de las gallinas, las niñas y niños jugando, las vacas pastando… , todo aquel último registro en su retina de madera, había sido sustituido por un inmenso, monótono y verde campo de maíz. Su estremecimiento estaba acompañado de una sensación nueva, como un pinchazo en su tronco. Allí tenía clavado un letrero que indicaba que estaba rodeado de maíz transgénico. Rompió en lágrimas de savia clara. No, no era por el espina en su tronco, su lloró surgió cuando descubrió -a su ritmo parsimonioso- que los hermanos del bosque con los que formaba aquella hermosa comunidad, también, en un visto y no visto, lo habían abandonado. -¿Dónde fueron? ¿Por qué no me avisaron? No quedaba rastro de ellos.

Sumergidos en ese mundo verde y aburrido, a la sombra del viejo gigante, dos gusanos efímeros en la mitad de sus vidas conversaban mientras mordisqueaban unas hojas. ¿Sabes que me han explicado? – pregunta el más risueño de ellos- Hace muchos años, aquí se comía maíz pero también lechugas, acelgas, coles… y con esos alimentos vivíamos mucho más tiempo que ahora. ¡Qué en esos tiempos el Sol se escondía para volver a salir! Entonces además de nosotros vivían en este mundo otros animales parecidos a nuestros tatarabuelos. Hablan de unos gusanos que no se arrastraban por el suelo como nosotros, tenían alas de colores que les permitían volar. Otros gusanos eran ciegos y vivían comiendo tierra que luego expulsaban. Sólo se les veía cuando llovía. Incluso existían unos gusanos babosos que cargaban un caparazón sobre sus espaldas. ¡Qué cosas más espléndidas! – enumeraba mientras sus pupilas centelleaban- No creo en las leyendas -contestaba el otro gusano- Mira, mi padre dice que el siempre lo vio todo igual. Y lo mismo el padre de su padre. Son cuentos para gusanos chicos, para pasar el rato. ¿Cómo vas a pensar en gusanos voladores? Qué, ¿llevaban, antenas en la cabeza? Ja ja ja – se burla- Y el Sol siempre está ahí quieto, ¿lo has visto moverse? Entonces, ¿cómo quieres que se esconda para volver a salir? Y siguieron con su régimen de maíz sin saber que, desde hace para ellos mucho mucho tiempo, lleva una toxina que es la responsable de su corta vida.

¿Es un mundo ficticio? Los transgénicos están en nuestros campos y en nuestras dietas. En los campos su expansión latifundista desplaza millones de familias campesinas, no hay duda. Como un rey Midas al revés, todo lo que toca, lo convierte en pobreza. Y cuando toca cultivos de semillas autóctonas, les contagia su gen modificado, y así, las marca como prisioneras. ¿Será que les cosen dos triángulos invertidos para asfixiarlas en campos de concentración? Será. Y en nuestras dietas los ingerimos de a poquito. Patatas con transgénicos, carne con transgénicos, palomitas de transgénicos y todo enriquecido con sus pesticidas asociados.

¿Y cómo lo afrontamos? Con una clase política subyugada que parecieran abrir y cerrar los ojos al ritmo de esos  viejos árboles, y cuando toman conciencia de la realidad –si la toman- se quedan con cara de bobos, incapaces de reaccionar. Otras veces, la mayoría, se comportan como ese gusano incrédulo y arrogante, sin perspectiva, olvidando los principios elementales del Planeta prestado.

Lo que Pratchett no supo fue que el gusano curioso decidió valiente trepar por el tronco del árbol. Al llegar a la copa le pidió permiso para probar sus hojas más frescas, sanas y nutritivas, y sin saber cómo, se fue enrollado sobre si mismo, quedando finalmente envuelto por un suave mantel de seda.

Vuelvan a sus cavernas

(*) con Jerónimo Aguado, Presidente de Plataforma Rural

Galicia Hoxe, 15 de abril de 2010

¿Quiénes, junto al beneplácito de las instituciones públicas, impusieron el modelo de agricultura industrializada que ha supuesto la desaparición  de millones de campesinos y campesinas y el abandono de los pueblos en todas las regiones del mundo?

¿Quiénes deshonraron el acto sagrado de producir alimentos para convertirlo en un acto productivista, perverso y dañino, exigiendo a los agricultores y agricultoras ser más consumidores de materia y energía,  que productores y productoras de alimentos?

¿Quiénes degradan a las mujeres a los trabajos más precarios con los salarios más diminutos?

¿Quiénes diseminaron tecnologías excluyentes que han puesto en peligro, y al borde del precipicio, la diversidad de ecosistemas agrícolas, ganaderos y pesqueros, fundamentales para mantener una agricultura viva que asegura el presente y el futuro de la alimentación mundial?

¿Quiénes nos engañaron con una revolución falsa? La revolución verde, esa propuesta macabra aplicada hace más de 50 años, tuvo la habilidad de canjear personas que trabajaban la tierra con racionalidad y con criterios de sostenibilidad, por tecnologías agresivas para con nuestro medio ambiente, convirtiendo nuestros campos en desiertos humanos y en eriales incultivables para el futuro?

¿Qué fuerza de ocupación sin uniformes se ha convertido en exterminadora del medio rural?

¿Quiénes han convertido los alimentos en una mercancía? – ¡Compren, bonito y barato! -anuncian con los pies sobre el parquet de la Bolsa.

¿Quiénes pretenden ahora imponer los cultivos transgénicos, abortos de semillas, que sólo fortalecen el modelo de agricultura industrializada, obligando a los agricultores y agricultoras a ser cada vez más dependientes de ella?

¿Quiénes vulneran los derechos humanos en infinidad de comunidades campesinas, negándoles el acceso al agua, la tierra, las semillas y la vida, para hacer de la alimentación una actividad  especulativa para su enriquecimiento?

La respuesta la escucharemos este próximo 17 de abril en un grito de rebeldía pacífica en muchas y diversas acciones locales en todos los rincones del planeta sumando, una más una, una única gran movilización en el día INTERNACIONAL DE LA LUCHA CAMPESINA: ‘Fuera de nuestras tierras, vuelvan a sus cavernas’

Lo que nos llevamos a la boca

Diario Público, 28 de marzo de 2010

Si atendemos a los comunicados de, por ejemplo, la Asociación Médica de EEUU, deberíamos asegurarnos de que cada uno de nosotros y nosotras estemos bien lejos de la exposición a los pesticidas. Según dicen, “existe incertidumbre acerca de los efectos de la exposición prolongada a dosis bajas de pesticidas. Los sistemas de supervisión actuales son inadecuados para definir los riesgos potenciales relacionados con el uso de pesticidas y con enfermedades relacionadas con pesticidas. (…) Teniendo en cuenta esta falta de datos, es prudente limitar la exposición a pesticidas y usar los pesticidas químicos menos tóxicos o recurrir a alternativas no químicas”. Pero caminamos en el sentido contrario, porque, además de la exposición directa que sufren muchas personas, por ejemplo, trabajadoras y trabajadores agrícolas, todos, poco o mucho, acabamos tragando alguna clase de pesticidas transportados por los alimentos que contienen transgénicos, cuando tenemos –como recomienda la asociación– una alternativa, mejor dicho, un derecho, muy sencillo: disponer de comida libre de transgénicos.

En la actualidad, dos de los transgénicos más extendidos llegan, aunque sea en bajas dosis o como residuos, a nuestros platos. Soja bañada de un pesticida llamado glifosato y maíz que incorpora una toxina letal para los insectos.

La soja –no la confundamos con la usada en la alimentación asiática– nos llega desde el cono Sur de Latinoamérica y especialmente de Argentina, y su rasgo transgénico la hace inmortal a dicho pesticida; por lo tanto, se le riega y se le riega con esa sustancia. Aunque aquí no consumimos esa soja directamente, es la base de la alimentación de nuestra ganadería intensiva y un ingrediente importante de la comida industrial, donde la encontramos en forma de lecitina en la bollería, las salsas, las papillas, etc. ¿Y qué ocurre con los seres humanos que entran en contacto directo con el glifosato, como ocurre en muchas poblaciones de esas regiones? Los datos empíricos son claros: malformaciones embrionarias, enfermedades dérmicas, respiratorias y aumento de casos de cáncer. Y en el laboratorio, cuando se estudia con animales, hay ya numerosos y rigurosos estudios muy preocupantes que han determinado, por ejemplo, que el glifosato puede inhibir el cese de la reproducción de una célula en ensayos sobre el erizo de mar; que la aplicación de glifosato sobre fuentes de agua con anfibios en desarrollo destruía el 70% de la biodiversidad de anfibios y el 86% en renacuajos; que hay una estrecha relación entre Linfoma No Hodgkin (un tipo de cáncer) y el glifosato; y, por último, los más conocidos estudios dirigidos por el doctor Gilles-Eric Seralini, de la Universidad de Caen en Francia y asesor de la Comisión Europea, que demuestra en unos trabajos publicados en la revista Scientific American que tal sustancia produce la muerte de las células embrionarias, placentarias y del cordón umbilical, dando origen a malformaciones, teratogénesis y tumores.

El mismo Dr. Seralini alerta, en un reciente estudio publicado en International Journal of Biological Science, sobre qué le pasa a los animales de experimentación alimentados con maíz con las toxinas Bt antes mencionadas: a los tres meses en los análisis de sangre encuentra un aumento de grasa en sangre, de azúcar y problemas de riñones y de hígado. Este maíz, aunque sólo está aprobado para alimentar ganado, lo tenemos más cerca. En España hay 100.000 hectáreas dedicadas al cultivo de maíz transgénico. La contaminación de este maíz a los cultivos convencionales o ecológicos para el consumo humano está demostrada. Saquen ustedes la conclusión.

Y ahora la Comisión Europea ha aprobado un nuevo cultivo transgénico, la patata. Al igual que el maíz y la soja (mayoritariamente de Monsanto, al igual que el glifosato requerido) se trata de un cultivo para usos industriales y piensos. Basf, propietaria de la frankenpatata, aspira a ganar unos 20 millones de euros al año. La modificación genética, esta vez, no tiene que ver con pesticidas, se trata de hacer más aprovechable su almidón, pero lleva, como alertan las organizaciones ambientalistas, genes resistentes a los antibióticos. ¿Y para qué le sirven en este caso? En el campo para nada. Sólo son utilizados como marcadores para localizar los genes modificados en los laboratorios. Pero, en cambio, si entran en la cadena alimentaria favorecerán la creación de resistencia de las bacterias a esos antibióticos. Y perderemos un recurso médico.

Estas son algunas de las hipótesis de los efectos sobre nuestra salud. Pero me queda uno. Miren, a medida que los transgénicos avanzan, desaparecen las pequeñas fincas productoras de alimentos diversos y de calidad. La soja arruina a las chacras y tambos y en Argentina han de recurrir entonces a alimentarse de carne producida intensivamente, siempre menos saludable que la producida extensivamente, sin nada más que sol y hierba. Y en España el avance del maíz significa la desaparición del pequeño hortelano y hortelana, y nos queda comer lechugas y tomates (porque no hay mucha más variedad) producidos bajo plásticos con mucha química encima.

¿Son los transgénicos la solución contra el hambre? Si no están destinados para el uso humano, está claro que no. Y si cuando nos los comemos nos pasa como a los ratoncitos, ¿por qué no se prohíben? Nuestra mesa está gobernada por Monsanto, Basf y compañía.

Gustavo Duch es editor de la revista ‘Soberanía Alimentaria, Biodiversidad y Culturas’. Autor de ‘Lo que hay que tragar’

Ilustración de César Vignau