La tabla del dos

Galicia Hoxe, 20 de octubre de 2010. Gustavo Duch Guillot

Nací sorda, no me gusta hablar con mi voz, que no oigo, porque me miran raro. Hablo con mis manos, en la lengua de signos que se oye con los ojos. Porque hablo otro idioma, me llaman discapacitada. Nací mujer, de nacimiento y pensamiento. Veo muy bien y veo que me miran mal, a veces por estar callada, otras veces por ser mujer. Así que, discapacitada y mujer, muchas veces me siento doblemente pisoteada.

Cuando el viejo murió, mi hermano, dos años mejor, se quedó con las vacas, las tierras y el caserío, que eso era todo el reparto. En la conversación entre mi hermano y mi madre entendí el porqué: la tradición de los hombres y las leyes –hechas por los hombres- discriminan a las mujeres. Me sentí y  fui despreciada por partida doble.

Mi hermano, bien pronto -tan pronto como pudo- vendió las vacas y la tierra, y ya no sabemos más de él. Vivo con mi madre, en un pueblo hueco, con dos gallinas viejas ya muy duras para el caldo. Total que somos un equipo de cuatro hembras no productivas y fuera de la economía, lo más parecido a no ser nada. Rurales y mujeres, por dos veces olvidadas.

Decidí que sería campesina. A madre le pareció bien. Con caricias le cuento cuentos a la tierra, la mimo y ella me responde. Abrazo a los frutales que me avisan cuando llega su parto. Porque soy campesina y mujer, dos veces madre.

Este año la fruta se paga muy mal, la de mis frutales también. En el sindicato explican el problema: las manzanas, peras o kiwis que llegan de otros países no incluyen los costes laborales, ni sociales ni ecológicos. Allí, son las manos y el esfuerzo de mujeres, niñas y niños, quienes riegan, podan y recolectan a cambio de miseria, maltratos y violaciones.  Me parece una injusticia sobrevivir en un modelo que pone a competir la mano de obra de aquí con la de allí.  Y salgo a las movilizaciones que en el Sindicato han organizado. Mi pancarta chilla tan lejos y fuerte como las de los demás. Mujer y combate, el doble de coraje.

Ahora quiero tener voz en las reuniones con el resto de compañeras y compañeros. Pero no alcanzo a que me vean, a que me oigan. ¿Por mi lenguaje? No, por ser mujer me hicieron invisible. Mujer más aspiraciones, resultado: menos dos

Sigo sin hablar pero sé contar. Y cuento que el patriarcado y el capitalismo multiplican por dos las dificultades de vivir en este mundo.

La yogurtera

El Correo. 21 de febrero de 2010

La recuerdo llegando del trabajo y poniéndose a arreglar las cosas de la casa. Con ropa de una habitación a otra, tendiendo, planchando y entrando y saliendo de la cocina, donde demostraba su sentido de la organización y del ahorro. Como con su yogurtera. No era eléctrica, simplemente un recipiente grande que podía taparse bien y donde cabían nueve vasitos alargados de plástico. Su pequeña fábrica de hacer yogures para la familia -que eso era la yogurtera- se puso en marcha comprando uno en el colmado de la esquina que mezcló con leche, rellenando a continuación los 9 vasitos. Una vez colocados dentro del recipiente rellenaba éste de agua caliente, lo tapaba y lo envolvía con trapos para mantener el calor. A la mañana siguiente ya teníamos los yogures cuajados. Mi madre reservaba uno de ellos y así podía continuar su producción infinita y (casi) autónoma de yogures. Otros días teníamos de postre algo muy exquisito; bueno, a mí me gustaban mucho. El pan atrasado que guardaba de días anteriores lo cortaba en finas rebanadas y las remojaba en leche, para freírlas en la sartén rebozadas en huevo. Las servía espolvoreadas con azúcar y canela. Y el postre tiene nombre de solera: torrijas de santa Teresa.

Seguro que en muchas casas se siguen haciendo postres como estos y otros parecidos, nacidos de antiguas sabidurías del reciclaje y la dedicación. Pero seguro también que la omnipresencia de los supermercados (distribuidores oficiales de las empresas de la transformación alimentaria como Danone, Panrico o Nestlé, con sus yogures, bollería o natillas) han desplazado estas recetas. Y después llega el olvido, y se nos olvidan -casi- para siempre.

¡Los mismos conocimientos que las mujeres del campo han acumulado y aplicado para la producción de alimentos! Como explica Vandana Shiva, «los huertos domésticos que las mujeres mantienen son, muchas veces, verdaderos laboratorios experimentales informales (…)», y pone el ejemplo de India, donde las mujeres utilizan 150 especies diferentes de plantas para la alimentación humana y animal y para el cuidado de la salud. Pero de la misma manera que con las prácticas culinarias, la globalización neoliberal llegó para uniformar y desplazar los conocimientos campesinos. La agricultura de la autonomía y la diversidad, la que camina en cooperación con la Naturaleza, la que es espacio colectivo y femenino, la que ha sabido alimentar al mundo durante milenios, está siendo sustituida por la agricultura de máquinas que explotan la Naturaleza, que quieren dominarla, y para ello la envenenan, maltratan y reducen a simples e inmensos monocultivos. Que, reflejados como en un espejo, se nos muestran en los mercados con una monótona y pobre oferta de verduras y otros alimentos. Una agricultura masculinizada para dominar a nuestra Madre.

Cambiar de aires

Diario de Navarra. Gustavo Duch Guillot. 1 de febrero de 2010

El pasado 18 de diciembre se conmemoró el 30 aniversario de la Convención sobre la Eliminación de Todas las Formas de Discriminación contra la Mujer (CEDAW, por sus siglas en inglés). Adoptado por la Asamblea General de las Naciones Unidas y ratificado por 186 países, el CEDAW es el tratado internacional de derechos humanos que se dedica exclusivamente a la igualdad de género y por lo tanto describe «las medidas apropiadas y necesarias para eliminar la discriminación contra las mujeres». Transcurridos estos 30 años el enfoque de derechos humanos y el papel de las Naciones Unidas debe de ser retomado con fuerza, exigido desde las movilizaciones sociales, para combatir y corregir un modelo antidemocrático ejercido por unas pocas potencias mundiales, «por un grupo de plutócratas (gobierno de ricos) que atentan gravemente -dice Federico Mayor Zaragoza- contra el destino de la humanidad en su conjunto», y que han llevado entre otras cosas a la crisis económica actual, a la crisis climática y a la terrible cifra de mil millones de seres humanos pasando hambre y malnutrición.

Y son mayoritariamente mujeres y niñas quienes ven mermado drásticamente en muchas ocasiones su acceso al alimento y a los medios productivos (cuando también es a la población infantil y a las mujeres embarazadas a quienes más afectan las deficiencias nutricionales), por lo cual, la acción del CEDAW y otras convenciones que velan por el Derecho a la Alimentación cobran vital importancia.

Como explica la organización internacional FIAN, la actual crisis global afecta a las mujeres de manera desproporcionada. «El acceso limitado a los recursos y a su control, salarios bajos, condiciones de trabajo inseguras e inestables, mercados de trabajo con prejuicios de género, la discriminación en las leyes, normas y programas, el goce limitado del derecho a la educación, asistencia sanitaria inadecuada, matrimonios y embarazos prematuros y forzados, y la exclusión de los procesos de toma de decisiones perjudican el derecho a una alimentación adecuada de las mujeres en todo el mundo». Una  completa lista de las desigualdades de un sistema patriarcal, también globalizado, que golpea a las mujeres y si cabe con mayor crudeza a las mujeres que viven y trabajan en el medio rural. Una paradoja muy esclarecedora: las mujeres son responsables de más del 50 % de la producción de alimentos, pero solamente poseen entre el 1 y el 2% de las tierras a nivel mundial.

Desde nuestra Europa podemos pensar que estas desigualdades estarán presentes en los países del Sur. Cierto, en Kenia, por ejemplo, el  98% de las mujeres trabajan a tiempo completo en el sector agrario, pero menos del 5% poseen tierras. Pero también es cierto que están presentes en nuestros territorios aunque no lo sepamos ver o se mantengan invisibilizadas. Hasta hace pocos años en el Estado español se presentaban dificultades –digamos ‘técnicas’- cuando las mujeres trabajadoras en sus fincas agrarias solicitaban su inscripción en la Seguridad Social Agraria para poder ejercer los derechos correspondientes. Y aún sigue sin resolverse con equidad la titularidad de las explotaciones agrícolas a nombre de las mujeres o la fórmula de la cotitularidad entre una pareja. La titularidad de la explotación (que así se bautiza en una clara muestra de cómo desde las administraciones, y también desde las Universidades, se entiende el manejo de la naturaleza para producir bienes comestibles: pura y dura explotación) es un requisito básico para poder tener acceso a las subvenciones estatales o a las cuotas de producción. Si las leyes y decretos que regulan la titularidad o cotitularidad no tienen en cuenta la igualdad de derechos entre mujeres y hombres se dan casos de grave discriminación. Por ejemplo cuando la titularidad de la finca está a nombre del padre de la familia y tras su jubilación se hace muy complicada su cesión a la hija. O cuando la finca es trabajada por una pareja, pero la pareja  se divorcia o separa, o la mujer enviuda, muchas veces significa que la mujer pierde la titularidad (y sus derechos).

30 años con avances significativos en la lucha por la igualdad entre mujeres y hombres pero claramente insuficientes en realidades como la de millones de mujeres campesinas que respiran en una atmósfera opresiva de clase (por ser campesinas) y de género (por ser mujeres). Hemos de cambiar estos aires.

Nacer mujer

Galicia Hoxe, 13 de enero de 2010

De bien jovencita llegó a los galpones. Comparte su lugar de trabajo –un cuchitril- con otras diez compañeras. Ni moverse casi pueden. Como dicen “les cortan el pico” para que ni de las conversaciones puedan disfrutar. Su jornada laboral no contempla ningún descanso y está prohibido faltar un solo día al trabajo. Apenas conocen el Sol. Las lámparas que nunca se apagan son sus astros: astros de día y astros de noche. Es mucho el calor que pasan, corre muy poco aire fresco y por eso muchas enferman. Si no entregan los huevos previstos cada día serán descartadas, y claro, muchas padecen stress. Para ellas la edad es un inconveniente, cuando su productividad baja el negocio exige su sacrificio. Todo este esfuerzo para recibir a cambio su alimentación: rancho hoy, rancho mañana y siempre rancho repetido y aburrido. Trabajan en condiciones inhumanas, son gallinas. Gallinas hembras. Gallinas ponedoras.

Trabaja en un compartimiento tan estrecho que ni darse la vuelta puede. Si lo intenta se golpea con las vallas y se hiere. Si no lo intenta los músculos se le atrofian. Su rol, reproducirse a máxima velocidad. Su jornada laboral no contempla ningún descanso y está prohibido faltar un solo día al trabajo. Apenas conocen el Sol. Las lámparas que nunca se apagan son sus astros de día y de noche. Es mucho el calor que pasan, corre muy poco aire freso, y por eso padecen enfermedades pulmonares y otros problemas respiratorios muy contagiosos. Verdaderas pestes. Pestes porcinas. Para ellas la edad es un inconveniente, cuando su fecundidad baja el negocio exige su sacrificio. Trabajan en condiciones inhumanas, son cerdas. Cerdos hembras. Cerdas reproductivas.

La ganadería industrial y capitalista en su búsqueda del máximo beneficio económico ha adoptado valores de dominación del ser que se siente superior, de violencia en el trato desde el que se cree fuerte, de opresión, etc. En realidad, como habrán observado, adoptando valores muy similares a nuestra forma de relacionarnos entre seres humanos y que mantienen las desigualdades entre hombres y mujeres. Vivimos bajo unas reglas establecidas –el patriarcado- que se asientan en la opresión sobre las mujeres y sobre la [mujer] Naturaleza, de las que espera: producción y reproducción. Para evitarlo, feminismo y ecología: ecofeminismo.

Gustavo Duch Guillot

El humo que todo lo envuelve

El Correo Vasco.  13 de diciembre de 2009

¿Qué viento dominante orienta el curso de navegación del mundo y pasa desapercibido? Una primera respuesta salta como un resorte: la economía con -precisamente- la mano invisible del mercado que dicen la regula. La mano que autoriza la circulación de los bienes y amiga a los gobiernos si de intercambiarlos hablamos. Las manos que se estrechan si de negocios se trata, como entre España y Marruecos. La misma mano que detiene las gestiones que deberían darse para rescatar a la activista Aminatu Haidar. Si cincuenta años atrás el psicoterapeuta Erich Fromm decía: «¿Es necesario producir seres humanos enfermos para tener una economía sana?», hoy nos podemos preguntar: ¿Es necesario dejar morir a Aminatu para mantener nuestros intereses económicos (pesca, agricultura, energía, etcétera) en Marruecos y también en el mismo Sáhara Occidental? Las corrientes capitalistas ya vemos hacia dónde nos conducen.

Pero existe una segunda respuesta, todavía más intangible, pero igual de presente. Hablo de «una estructura no escrita pero inscrita en la sociedad (.) de lo contrario funcionaría como un estatuto, una constitución, o el propio Decálogo del cristianismo. Tendríamos a la vista -explica Victoria Sau- su articulado para ser sometido a posibles revisiones, cambios o sustitución por otro. Si estuviera escrito, quizá hace mucho tiempo que lo habríamos suprimido y sustituido por otro orden de cosas. Pero no lo está; es una institución flotante, algo así como un humo que lo envuelve todo pero que no se deja aprehender. De ahí que sea importante analizarlo, desglosarlo, captarlo en toda su medida; en una palabra: escribirlo. Para que así pueda ser leído una y otra vez, comentado, criticado y descalificado hasta su extinción. No se trata únicamente de estar anotado o apuntado».

Es la mano que castiga, la mano que oprime, la mano que discrimina. Son las manos del patriarcado que universalizado ahoga los derechos de la mitad del mundo. Un poder oscuro que como afirma Dolors Reguant está «basado en la idea de autoridad y liderazgo del varón, en la que se da el predominio de los hombres sobre las mujeres». Por todo eso, unos días después del aniversario de la redacción de la Declaración Universal de los Derechos Humanos, es necesario destacar iniciativas como el Proyecto Patriarcado (www.proyectopatriarcado.com) que pretende, por un lado, visibilizar y reconocer definitivamente la existencia de un orden patriarcal, y por otro, sabiendo que su existencia infringe esta Declaración, que se realice «un acto de perdón por los agravios sufridos por las mujeres de todos los tiempos y lugares hasta el día de hoy y demandemos su inminente abolición». Empecemos ya: Aminatu, nuestras manos.

La lavandera

trabajadoras_del_hogar-570Galicia hoxe. Opinión. 23 de septiembre de 2009

Cada noche por tres veces se acuesta. Porque ella es tres veces ella.

Ella. La que llega agotada de cuidar a Doña Amelia. De levantarla, lavarla y vestirla. De acomodarla –poco a poco, Doña, -en la silla de ruedas y ayudarla a tomar su leche con galletas, mientras le cuenta de su infancia en Los Cruces, Guatemala. Y le conversa de sus padres y su hermana, con la que ayer habló en el locutorio. Parece que tuvieron mala cosecha del maíz este año, que llovió poco. Y no pueden comprar ni pollo, ni huevos, ni tan siquiera frijoles -que se pusieron a precio de oro, se lamentó Bernadina. Le enciende la tele y Doña Amelia retoma su ganchillo. Pone una lavadora y aprovecha para salir a comprar, para la Doña y para su casa. Comen juntas y mientras la señora hace solitarios ella arregla la cocina, barre y friega el piso. Le ayuda a acostarse y cargada con las bolsas de la comida, regresa hacia su casa.

Ella. La que antes de salir para donde Doña, levantó y preparó el desayuno de sus hijos y esposo. Y puso una lavadora, y destendió la ropa de ayer que apila para después de cenar.

Ella. La que los sábados, que sólo está por las mañanas en casa de Doña Amelia, después de preparar la comida a los suyos baja hasta la oficina de cambio que pusieron unos dominicanos y ordena un envío de 70 euros a nombre de Bernadina Lobos. Para frijoles, pollo y huevos.

Pero hoy es un día especial. Llevaba varios meses ahorrando. Escogió una de “eficacia garantizada”, según el anunciante y pagó en efectivo. Según le aseguraron, el comercio se encarga de entregar allá en Guatemala capital, el mismo modelo de lavadora al destinatario señalado.

-Ay Bernadina, que ya no tendrás que bajar al rio dos veces al día, -le dijo orgullosa desde el locutorio.

“Siete de cada diez mujeres latinoamericanas en España, son triplemente cuidadoras: por un lado, de las personas para las que trabajan; por otro, de su propia familia en España; y, en tercer lugar, de la familia que han dejado en sus países de origen, a las que, la mitad de ellas, les envían más de la mitad de su salario”, informa Europa Press.

Sobre una mujer, tres trabajos: cuidadora de la familia, sustituta del Estado y sostén de las pobrezas más extremas. Jornadas gratuitas en el hogar y mal pagadas fuera. Y sin derechos sociales, generando las plusvalías que el capitalismo (varón), se embolsa.

Génesis: versión revisada

La Jornada de México. 13 de septiembre de 2009

En el principio el capitalismo creó a su dios. Un ídolo al que temer y le llamó, en ejercicio egocéntrico, El Capital. Un dios masculino que está en todas las cosas y en todos los lugares, por encima de todas las cosas y de todos los lugares. Se propagó a lomos del colonialismo económico y del latifundismo del pensamiento único. Y atardeció y amaneció: día primero.

Dijo El Capital: La tierra es caos, confusión y oscuridad. Hágase una Doctrina. Y fundó la Economía que ordenó el mundo. Y todo estaba bien. Hágase una legión de economistas predicadores de la buena nueva, una Iglesia responsable del culto a la Doctrina. Y así fue. Brotaron las Instituciones del Banco Mundial, del Fondo Monetario Internacional y de la Organización Mundial de Comercio que aplican su Ley. Y El Capital dijo que serían infalibles, pero no muy seguro de sí mismo –un diosito flojeras– parió a los Ejércitos Profesionales. Y atardeció y amaneció: día segundo.

Y dijo El Capital: Hagamos a nuestros hijos a nuestra imagen, como semejanza nuestra. Y creó, pues, El Capital a las Multinacionales a imagen suya para enriquecerse en su nombre. Y atardeció y amaneció: día tercero.

Dijo El Capital a sus hijas las Multinacionales: Sed fecundas, eficientes, rentables y multiplicaos, henchid la tierra y sometedla; mandad en los peces del mar y en las aves del cielo y en todo animal que repta o camina sobre la tierra. Y así fue. Los ríos, los manglares, los mares, la tierra, los animales, los seres humanos, el paisaje, el aire, todo es sujeto de transacción, todo está en el catálogo de demoliciones. Y atardeció y amaneció: día cuarto.

Dijo El Capital: Haya categorías de personas. Y El Capital dispuso de la explotación existente sobre algunos seres humanos: de la mayoría. Se descendió a categoría de sobrantes a las mujeres, a los indígenas, a los negros y negras, las niñas y los niños… Y El Capital dijo Los sobrantes no tienen derechos, ni tan siquiera piensan, o si piensan, se equivocan. Su función es trabajar para producir más bienes (mercancías, quería decir en realidad) y más servicios que se puedan comprar y vender, que generen riqueza: la savia que alimenta al capitalismo. Y así fue. Son las siervas domésticas, las manos del algodón, las uñas del caucho, las espaldas llagadas de acarrear oro, diamantes y coltán. La jornada de 16 horas, los contratos temporales y una larga serie de mecanismos eufemísticos de la esclavitud. Y atardeció y amaneció: día quinto.

El Capital disimuló y dijo: Que llueva la democracia. Y medio desatinó. Llovió sobre algunos países y sobre otros no. Pero en ninguno se ejerce. Se muestra en el escaparate y anda nuevecita casi sin estrenar. Se usa, en ocasiones y más bien que mal, en la política, pero El Capital no mandó las instrucciones para usarla en la economía, en la cultura, en la relación entre hombres y mujeres, en la alimentación… Y atardeció y amaneció: día sexto.

Vio El Capital cuanto había hecho, y todo estaba muy bien. Y desde entonces, desde el séptimo día, el día ocho, el día nueve, y así hasta el fin de los tiempos, El Capital y sus secuaces descansan.

* Ex director de Veterinarios Sin Fronteras, colaborador de la Universidad Rural Paulo Freire

Las máquinas

Las máquinas (Romance del capitalismo y el patriarcado)
Con Fanny García

La Jornada de México. OPINIÓN.
Gustavo Duch Guillot. 1 de agosto de 2009

El capitalismo, desde que es, es una aberración de la naturaleza. Fue engendrado en vientre de hombre que parió sin dolor y su sexo fue varón. Se hizo adulto alimentado y criado por el hambre de las y los pobres rurales. A partir del siglo XV en toda Europa la necesidad de manos cautivas para manufacturar bienes intercambiables se resolvió mirando hacia el campo. Se inició el cercado de las tierras comunales que abastecían a los campesinos y campesinas sin posesiones. Fueron valladas y entregadas, por ejemplo en Inglaterra, a las ovejas de los Señores y así, por un lado producir lana para la exportación y por el otro reubicar a muchas familias campesinas en las ciudades, donde se harán hombres y mujeres de provecho. Son los primeros asalariados por salarios de subsistencia. Cuantos más pobres en una nación más riqueza generarían. En América resolverían con los esclavos –negras y negros.

El capitalismo necesita quien lo cuide y mantenga, y para ello se sirvió desde bien pronto del régimen patriarcal. El capitalismo más macho, más potente, el que más triunfa será aquel que disponga de más mano de obra barata, el que no tenga reparos en recortar los derechos sociales y laborales de quien tenga que hacer los peores trabajos: las mujeres, las pobres entre los pobres.

Los romances del patriarcado y el capitalismo alumbraron dos hijos (varones): el capitalismo corporativo y el capitalismo doméstico. El triunfador de la familia, el emprendedor, el aventurero y empresario, es el capitalismo corporativo que opera desde las maquilas, femenino plural. Según la Real Academia de la Lengua –nombre femenino para una institución de hombres–, las maquilas son fábricas destinadas a la producción de manufacturas textiles para su exportación. Eufemismo de prisiones principalmente de mujeres, niñas y niños, regularizadas para evadir toda legalidad. Evadir impuestos que no pagan, evadir la legislación laboral que no atienden y evadir los compromisos medioambientales que nunca adoptaron. En países como Bangladesh, India, China, México u Honduras las mujeres son el 85 por ciento de la mano de obra en las zonas francas orientadas a la exportación. Están empleadas en los sectores textiles, de plástico, farmacéuticos, electrónica e informática. A las mujeres se les paga entre un 20 y un 50 por ciento menos que el sueldo de los hombres.

El capitalismo doméstico es el segundón de la familia, un papel sin prestigio, como ningún prestigio acumulan las mujeres con el trabajo doméstico en el hogar. Es el hijo currante que se necesita para perpetuar y naturalizar el rol de las mujeres como cuidadoras gratuitas del hogar y recortar las ayudas sociales de los estados. Las mujeres son los hospitales y asilos de las familias y las comunidades. Las mujeres son la seguridad alimentaria de las familias y las comunidades. Mujeres, en definitiva, cuidadoras del capital, masculino singular. El capitalismo doméstico se preocupa de las mujeres y para ellas inventó una serie de máquinas. Máquinas femeninas para mujeres: la cocina, la licuadora, la batidora, la nevera, la escoba, la fregona, la aspiradora, la lavadora, la secadora, la plancha. Máquinas masculinas para mujeres: el lavavajillas, el horno, el microondas. ¿Para ellas? En realidad máquinas creadas para las mujeres en su existencia de ser para otros, masculino plural. Quien lava nunca fue el lavador, siempre fue la lavadora, y así llamamos a la máquina de lavar. ¿Será porque sí que las máquinas son las y no son los máquinos? Será.

Será que son mujeres prescindibles. Se prescinde si una maquina puede hacerlo más barato. Donde había expendedoras hoy tenemos máquinas expendedoras. Es la ley del mercado. Se prescinde en el primer brote de una crisis. Sólo en Centroamérica el año 2008 provocó la pérdida de 51.538 puestos de trabajo, de los cuales un 75 por ciento son obreras. La mano de obra femenina la más golpeada por la crisis. Es la ley patriarcal, y el capitalismo en régimen patriarcal tiene un mandato para las mujeres: convertirse en súper máquinas. Máquinas para servir, cuidar y sufrir.

*Ex Director de Veterinarios Sin Fronteras.

Colaborador de la Universidad Rural Paulo Freire