Urgencias alimentarias

Norte de Castilla, 17 de junio de 2011, Ana Etchenique y Gustavo Duch

¿Qué sucedió con la gripe A? Son ya muchos meses después del tremendo susto, del agotamiento de las mascarillas y la fiebre vacunal. Como es habitual en estos casos, se pasó de jarreadas de información al más absoluto de los silencios, un cóctel que acaba desorientando por completo a la población consumidora. Por ejemplo, ¿recuerdan si dicha gripe estaba originada o no en la producción porcina? Y lo más preocupante, ¿conocemos si se han tomado las medidas apropiadas para evitar situaciones similares? Parece como una película de cine donde te dejan sin conocer quién es el malo y qué se hace con él. Es por esta razón, ahora que la crisis del E.coli empieza amainar, que debemos exigir no sólo mejor información en las fases críticas, sino también un seguimiento completo hasta el final. Hasta que salgan todos los créditos. Veamos.

Respecto a la información, realmente, ¿qué sabemos la población consumidora de este rompecabezas? Pues por mucho que nos esforcemos en leer, preguntar y exigir, la sensación final no deja de ser inquietante. De entrada, y recordando otras crisis alimentarias como las vacas locas o la propia gripe porcina, ¿es proporcionado el nivel de alarma generado? O incluso, ¿qué intereses se esconden detrás de cada alarma? Las vacas locas dieron lugar a un tremendo negocio para la soja transgénica, la gripe porcina fue el rescate público de muchas farmacéuticas… No es que seamos mal pensados, es que hay antecedentes.

Por otro lado, esta crisis alimentaria y la hemeroteca que junto a ella se genera, alimenta nuevas preocupaciones. La bacteria en cuestión, nos han explicado que es resistente a muchos antibióticos, de ahí su malignidad. Esta capacidad de ser inmune frente a los antibióticos, nos ha parecido entender, puede originarse en su hábitat natural, las granjas animales. Allí, para evitar que los animales enfermen, puede darse un abuso de antibióticos que poco a poco va provocando el desarrollo de estas super-bacterias. ¿Lo hemos entendido bien? Es decir, ¿tenemos un sistema de producción de alimentos que degrada el arsenal médico qué tantas vidas ha salvado?

Por último, el dispositivo de control alimentario, eso que llaman ‘la trazabilidad’ ha tenido un gravísimo desliz. Algunas reacciones insisten en que debemos mejorar el sistema de control, otras apuntan a que es el sistema productivo en sí lo que debemos cambiar. Entonces, ¿es un problema de antivirus y cortafuegos que ya no son suficientes y debemos actualizarlos o mejor sería reinstalar de nuevo todo el sistema operativo?

Durante el clímax de la película se acusó a los pepinos españoles, luego a los brotes verdes de soja que parece han vuelto a la rueda de reconocimiento. Pero se siguen oyendo voces de algunos investigadores que recomiendan que se analicen las granjas intensivas de la zona o incluso otros que apuntan a un origen en alguno de los múltiples uso de la E.coli en procesos de laboratorios alimentarios (esta bacteria es una herramienta común en muchas investigaciones, desde la cura del cáncer a la producción de transgénicos). Pero ya aparece el mensaje más peligroso de todos: -el origen, dice Merckel, puede que nunca se sepa. Lo que nos temíamos, película ‘interruptus’.

La confianza que tan a menudo nos reclama la clase política va ligada a la transparencia y ante este caso, otra vez, la población consumidora nos hemos visto sorprendidos por ‘lo que hay detrás’ de nuestros alimentos, cómo se fabrican, qué rutas viajan y quiénes ganan en este monopoly nutritivo; y nos hemos alarmado por los sucesivos cambios en las declaraciones de los responsables y en los titulares de los medios. Quizás todo esto nos pasa, a la simple clase consumidora, por pura ignorancia personal. Pero pareciera que juegan con nosotras.

En cualquier caso hay que hacer una reflexión en profundidad que encontramos a faltar. Una reflexión por parte de todos los actores de este sistema formado por la gente del campo; la distribución, el transporte y el comercio; responsables de controles sanitarios, la administración y también claro, la población consumidora. Estamos todos en el mismo barco pero en camarotes separados. Unos en primera clase, otros en las bodegas. Así que es necesario charlar, pensar y repensar en cómo organizarnos, conocer las características y necesidades de cada sector, para que la confianza y la capacidad de resolver problemas sea la característica de este nuevo modelo alimentario que vamos necesitando. Y esto sí es una urgencia.

Ana Etchenique. Vicepresidenta de CECU. Confederación de Consumidores y Usuarios

Gustavo Duch Guillot. Coordinador de la revista SOBERANÍA ALIMENTARIA, BIODIVERSIDAD Y CULTURAS

Otra hipótesis: ¡ fueron los coches !

El Periódico de Catalunya, 13 de junio de 2011. Gustavo Duch

Hace unos meses hubo también en Alemania una crisis alimentaria por la aparición de dioxinas en algunas granjas. ¿Recuerdan? La explicación se dirigió hacia la alimentación del ganado: piensos contaminados seguramente por la utilización de residuos procedentes de la elaboración de agrocombustibles. Los sobrantes después del procesamiento del maíz o la soja para elaborar etanol son, desde un punto de vista nutritivo, semejantes a las harinas de dichos cereales. Conocido como granos húmedos de destilería, este subproducto se utiliza como un ingrediente barato del pienso que se destina a la alimentación de la ganadería industrial.

Pues bien, repasando información al respecto, en primer lugar en el documental Food, Inc. (2008) se puede ver cómo un investigador veterinario, con las manos dentro del rumen de una vaca, explica que una alimentación excesiva de las vacas con granos en lugar de pasto o forrajes, como harían en su estado natural, es un factor que favorece la presencia de cepas de la bacteria E. coli en los estómagos de esos animales, y por lo tanto en sus excrementos. Ya saben, la E. coli de la epidemia de Alemania, que acusó precipitadamente a los pepinos andaluces y que ahora señala a brotes de soja, aunque por el momento no puede confirmarlo.

Con más concreción, en segundo lugar averiguamos que desde el 2007 científicos del Servicio de Investigación Agrícola de EEUU han estudiado qué les ocurre a los animales alimentados con los granos húmedos que los coches y la industria desechan. En su centro Roman L. Hruska de Investigación de Animales para Carne, en Clay Center, Nebraska, han determinado con 608 vacunos que los animales alimentados con estos subproductos mostraron niveles significativamente más altos en sus excrementos de E. coli O157:H7. Es decir, niveles más altos de una de las variantes graves de E. coli,perteneciente a la misma familia que la detectada en Alemania.

Cuando las vacas industriales que malviven encima de sus excrementos llegan a los mataderos con las patas y los cueros sucios, el salto de la bacteria a la carne es viable. Y ya tenemos carne picada con posibilidades de estar contaminada, como ocurrió en 1982 en EEUU. Desde entonces se estima que cada año hay en ese país 73.000 casos de infección y 61 muertes por esta variante de la bacteriaE. coli.

Aunque también se han dado casos de contaminación de esta bacteria en botellas de zumo de manzana, en el agua, en espinacas -y queda aún abierta la hipótesis de la contaminación de vegetales en alguna fase de su larguísima cadena alimentaria-, e incluso teniendo en cuenta que esta infección deriva de una nueva cepa, hay preguntas clave que deben obtener respuesta. ¿Necesitamos correr estos riesgos? ¿Todos los alimentos han de tener pasaporte para recorrer el mundo? ¿Hay alternativas a la ganadería industrial y al consumo excesivo de carne? ¿Es buena idea esa de los agrocombustibles? Ya sabemos que la dedicación de muchas tierras sustituyendo comestibles por combustibles es uno de los elementos clave que, junto con la especulación financiera con los cereales, explica la subida de precio de la materia prima alimenticia que tanta hambruna provoca. ¿No parece todo un despropósito? Un modelo agroganadero que provoca hambre en los países empobrecidos del sur y sustos epidémicos en los países industrializados (dioxinas, gripe A, vacas locas…).

Así que, ya metido a investigador de hipótesis, me aventuro a lanzar varias recomendaciones a quien corresponda:

Revisen, las autoridades higiénico-sanitarias correspondientes, el factor hamburguesa. Es decir, investiguen las granjas industriales y los acuíferos cercanos, para localizar el foco del contagio. Por si acaso.

Revisen, las autoridades agroalimentarias correspondientes, este modelo de ganadería industrial que nos asusta día sí y día también y que tiene el único propósito de producir seudoalimentos aparentemente baratos. Por favor.

Revisen, las autoridades políticas correspondientes, este modelo de alimentación global que guarda los mejores manjares para los coches y en el que lo que come nuestro ganado -y por tanto también los seres humanos- son los residuos. Por decencia.

Revisen también un modelo que dedica el 50% de las tierras fértiles de Argentina a producir soja, o el 30% de las de EEUU a producir maíz, siempre en detrimento de la alimentación humana y de los campesinos que en esas tierras cosechaban su bienestar. Hoy desplazados a las periferias pobres de las urbes, sus parcos ingresos solo les permiten comer en el McDonald’s de turno… hamburguesas baratas. Por justicia.

Para acabar, dos proverbios. Uno de mi amiga Marta: «La mejor garantía de seguridad alimentaria son las políticas a favor de la soberanía alimentaria». ¿Y qué es la soberanía alimentaria? Lo explica el segundo proverbio, un dicho africano que me he permitido modificar ligeramente: «Mucha gente pequeña, en muchos lugares pequeños, cultivará pequeños huertos… que alimentarán al mundo». 

Pepinos: riesgos para muchos, beneficios para pocos

El Correo Vasco, 1 de junio de 2011. Gustavo Duch

La ‘crisis de los pepinos’ o mejor dicho el brote de E. Coli que afecta al norte de Europa, es una buena ensalada donde se mezclan alarmas, angustias y mensajes de confianza. A la espera de respuestas definitivas sobre sus orígenes, y ahora que tenemos a los pepinos absueltos, me parece imprescindible abrir algunas reflexiones sobre el sistema alimentario global por el que hemos optado en los países desarrollados (y que se ha impuesto a los países del Sur empobrecido).

El sistema en cuestión ha sido diseñado para producir algo parecido a alimentos, a costes muy bajos, tanto económicos, sociales como ecológicos;  pero que puedan producir altos beneficios a quienes se dedican a su comercialización. Los alimentos, lejos de considerarlos como una necesidad y un derecho, se entienden como una mercancía sin más. El caso de los pepinos es un buen ejemplo: los esfuerzos para cultivar, regar y cosechar un pepino, representarán para el  agricultor o agricultora 0’17 euros por kilo vendido. La población consumidora pagará 1’63 euros por kilo. Es decir, un incremento superior al 800%.

Mercancías con este margen son verdaderos diamantes que recorren el mundo siempre en una misma dirección, la dirección centrípeta: desde las regiones productoras a las poblaciones con más poder adquisitivo. Y pepinos, piñas o panga hacen entonces viajes muy largos, en temporada alta y con muchas ciudades que visitar. Las administraciones ante este mercado, no se plantean revisar el modelo, sino que optan por asegurar y aumentar los controles alimentarios. Pero por muchas medidas que se puedan tomar, y como hemos visto también con las dioxinas, gripe porcina o vacas locas, las crisis alimentarias son insalvables, y las acabamos pagando la población consumidora (que puede enfermar) y la productora (que puede perderlo todo).

Las dimensiones del problema también las hemos de tener en cuenta. Una partida de alimentos industrializados afectada de algún problema de salubridad son miles y miles de unidades contaminantes, aumentando mucho la dispersión y alcance del brote o epidemia.

Por último en Alemania, donde se ha podido percibir cierta descoordinación entre sus autoridades, han obrado tajantemente bajo el principio de precaución, impidiendo el consumo del pepino y otras hortalizas… por lo que pudiera ocurrir. El mismo principio que en cambio siempre queda relegado en otros riesgos alimentarios no agudos pero si a largo plazo, como por ejemplo el consumo de alimentos transgénicos o las nuevas prácticas de nanotecnología.  Pareciera que las multinacionales que controlan el sistema alimentario tienen lazos muy estrechos con las autoridades sanitarias que a ellas sí les permiten campar, acampar y cultivar a sus anchas.

A partir de estas reflexiones y otras que se podrían añadir, parece lógico proponer que las medidas políticas en agricultura y alimentación se dirigieran más a revisar el modelo en sí mismo. No podemos resolver estas crisis con más puntos de control, con más tecnología;  es un camino equivocado y sin salida. Sin embargo, como dice la Dra. Marta Rivera «la Soberanía Alimentaria, que apuesta por la relocalización de los sistemas agroalimentarios y por modelos de producción campesinos, podría (además de alimentar a toda la población) incrementar también la seguridad alimentaria. Por un lado, los alimentos serían adecuados al contexto cultural, por otro lado, la agricultura campesina, desde el enfoque de la agroecología, favorecería la producción de alimentos sin tóxicos, disminuyendo el riesgo de consumir alimentos contaminados y socialmente justos. Así mismo, el acortamiento de la cadena alimentaria y la reducción del número de intermediarios y transformaciones sufridas por los alimentos disminuyen los puntos críticos en los que los alimentos pudieran ser contaminados».

Y los beneficios quedarían en manos campesinas. Las alarmas sólo servirían para despertarles por la mañana, si el gallo se olvidara de cantar.

Gustavo Duch. Autor de LO QUE HAY QUE TRAGAR. Coordinador de la revista SOBERANÍA ALIMENTARIA, BIODIVERSIDAD Y CULTURAS.