Más PAC ¿Pa’ Qué?

Revista Alternativas Económicas. Noviembre 2013. Gustavo Duch

No recordaba la fecha y he tenido que pedir ayuda, pues ni internet dispone de esta información, ¿cuándo pusimos en marcha, desde la Plataforma Rural, la campaña para cuestionar la Política Agraria Europea, PAC Pa’ Qué? Hace ahora quince años.

Desde entonces, con varias reformas atravesadas, las discusiones han sido difíciles de seguir pero, las críticas que lanzábamos entonces, se mantienen vigentes. Entonces y ahora, no hay diferencias: la política de la Unión Europa para su agricultura es una política antisocial (solo en España en los últimos 10 años, cada día, se cierran 80 fincas agrarias); insostenible ecológicamente (prima modelos de agricultura industrial responsable de al menos el 40% de emisiones de CO2); injusta (la mitad de los productores y productoras en Europa reciben menos de 500€ por año, mientras que quienes reciben más de 100,000€ son solamente algunos millares) y poco solidaria con terceros países (se pueden describir muchos casos de dumping). Es decir, bajo un lenguaje tecnicista se oculta cómo la Unión Europea destruye nuestra Soberanía Alimentaria.

De hecho su rasgo más característico es que hablamos de una política que no hace política, que entrega todo un sector, la agricultura, y por consiguiente la alimentación de sus pueblos, a las sangrantes leyes del mercado autorregulado.

descarga (5)Dejemos de lado discusiones técnicas bizantinas, dejemos de lado pelear por subvenciones que tienen más de chantaje o de indemnización que de ayudas, y centremos los esfuerzos en contar con algo que hoy es tan escaso: políticas desde los pueblos para los pueblos. Defendamos una Política para la Soberanía Alimentaria de los pueblos de Europa, para que nuestra alimentación se cultive y crezca en nuestros territorios, donde existan medidas de protección para quienes practican la agricultura a pequeña escala, y facilitemos la vuelta al campo de quienes quieren practicarla; definamos medidas que aseguren precios remunerativos y justos a quienes producen alimentos y asequibles a quienes debemos adquirirlos; que se pongan límites contundentes a la expansión de la agroindustria y las grandes superficies que concentran el poder de la cadena alimentaria…

Dejen de jugar con sobres de dinero público. Hagan política. 

EL PODER DE LA CARNE

La Jornada de México, 26 de agosto de 2012. Gustavo Duch

La trama nos sitúa a mediados de 1901 en las calles de Creve Coeur en Saint Louis, Missouri (Estados Unidos), donde Mr. John Francis Queeny funda una pequeña empresa a la que bautiza con el apellido de su esposa, Monsanto, dedicada a comercializar sacarina. En seguida cosecha éxitos, el primero la venta de dicho edulcorante a la empresa Coca Cola, y luego van llegando otros como la fabricación del plaguicida DDT -ya retirado de los mercados- o el Agente Naranja, un herbicida utilizado en la guerra del Vietnam. En este capítulo bélico participa también en el desarrollo de las primeras bombas atómicas; sintetiza la hormona de crecimiento bovina y, en 1982 sobresale de nuevo como pionera de la tecnología de las semillas transgénicas de las que hoy controla el 80% del mercado. Entre ellas destaca la soja transgénica, en realidad, una apropiación indebida de la semilla natural de la soja, que la patenta agregándole un gen procedente de una batería que hace a la planta resistente a un herbicida, del que Monsanto, era lógicamente también el propietario: el glifosato.

Con algunas triquiñuelas de política comercial en el guión y con los despachos donde se tiene que velar por la salud de las personas y del Planeta mirando a otro lado, Monsanto consigue hacer de la soja transgénica el producto estrella de finales del siglo XX, incorporada a los piensos que alimentan la ganadería estabulada del mundo. Es un negocio de dimensiones formidables para quienes venden la soja como grano, y para quienes como Monsanto ganan en la venta de la semilla y de su herbicida asociado.

Desde su aparición en escena, la soja transgénica provoca el robo de tierras agrícolas más suculento de la historia que se explicará en los libros de historia y en los manuales de criminología. Con guante blanco usando recursos administrativos de titulación de propiedades o con violencia pura y dura -son muchos los casos de desalojo violento, con muertes de campesinas y campesinos-, millones de pequeñas fincas campesinas han sido suprimidas del mapa a favor de la soja que consume la ganadería europea o china (y poco a poco también los automóviles que caminan con biodiesel). Tenemos aquí una explicación a la actual subida de precios de los cereales, alimentos básicos para el mundo.

Hasta la fecha el saqueo ha afectado a países de la América del Sur; África está en el punto de mira. Sólo en Argentina más de la mitad de su tierra fértil se dedica a la soja. Y en Paraguay, país de pequeñas dimensiones, de momento el 10% es soja, pero supone, sólo en concepto de royalties, 30 millones de dólares anuales, libres de impuestos, para Monsanto.

Pero claro, no todo puede resultar tan fácil. Las gentes afectadas se organizan y levantan la voz ante tamaña injusticia: ―¡la soja es responsable de la pobreza campesina!; no hay evidencias que aseguren que consumir grano transgénico no es perjudicial para la salud; el uso masivo del glifosato rociando los campos está provocando muchas enfermedades en la población local; la biodiversidad cultivada y la salvaje desaparece rápidamente; y por último, explotar así a los suelos agrícolas les genera a estos una perdida de nutrientes, de fertilidad, que nadie repone. Y el drama llega a momentos álgidos.

Algunos gobiernos cercanos a las realidades sociales ponen pequeñas y tímidas trabas a la expansión de estos agronegocios, como fue el caso de la presidencia de Fernando Lugo en Paraguay hasta hace apenas un mes. La empresa multinacional, desde EEUU, no acepta intromisiones en sus negocios y enterada de las limitaciones que allí se establecen, dicta algunas instrucciones que la prensa y las organizaciones de empresarios agrícolas locales llevan a la perfección y sin discreción, no es necesario. Mientras se lanza una campaña desmedida contra la institución gubernamental que decidió bloquear la introducción de nuevos transgénicos en Paraguay, tiene lugar una masacre en tierras en litigio por la soja con 17 personas muertas,  que acaba de desestabilizar a un gobierno frágil.

Así son ahora los golpes de estado, Paraguay y Honduras, elegantemente disfrazados de democracia. Dos pequeños países señalados como una advertencia para quienes no estén dispuesto a hacer del extractivismo y expolio del Planeta -sea soja para hacer carne, sea palma aceitera, sea minería- un torrente de beneficios para las corporaciones, que como en las películas, ya controlan el mundo.

Es curioso, mientras aquí en Europa la actividad agraria ha quedado reducida a casi nada -poco importante económicamente hablando, con muy pocas gentes practicándola de forma profesional y su recurso principal, la tierra, se regala al mejor de los bandidos (pienso en la posible instalación de Eurovegas en Barcelona)- en otros países es sin lugar a dudas el mayor de los poderes fácticos. Pero ambas realidades, el desprecio y el fervor, están tremendamente conectadas. Para que el negocio de producir y vender soja funcione -la ‘soja-connection’- se necesitan tierras arrasadas de monocultivos en los países del Sur y tierras arrasadas de hormigón en los países del Norte.

TEORÍA DEL CAOS

El Correo Vasco, Enero 2012. Gustavo Duch

Según  nos quieren convencer padecemos de una crisis  gigantesca: los bancos de inversiones se arruinan, las cajas de ahorros  están vacías y las bolsas descienden -y con ellas los beneficios de quienes juegan en estos terrenos. Por salvarles sus traseros, el Estado arrastra a la pobreza al pueblo al que en realidad debería proteger, aumenta el número de parados, eliminan servicios públicos y sólo saben decirnos que en pocos años un nuevo y mejor capitalismo nos habrá salvado.

Con tanta operación salvavidas se hundirá toda Europa, los Estados Unidos y Japón, y sin su capacidad económica el nuevo capitalismo prometido funcionará con los fondos frescos  que llegarán de la China, Rusia o de otras potencias emergentes dispuestas a dirigir la orquesta. Preguntémonos: si el capitalismo que hasta ahora ha funcionado bajo modelos llamados democráticos nos ha llevado a las hambres más numerosas, a las pobrezas más paupérrimas, a las contaminaciones más antiecológicas   y a las inequidades más salvajes ¿a dónde nos llevará un este nuevo capitalismo con antecedentes autoritaristas?  Más de lo mismo pero peor.

Pero no se apuren, los nuevos gestores dirigirán sólo los últimos minutos de la prórroga del sistema capitalista. Porque la situación financiera podrá ser reparada pero poco podrá hacer para impedir la escasez energética que se aproxima; la  falta de tierras fértiles y agua;  la escasez de algunas materias primas; o las repercusiones del cambio climático. Eso sí que serán crisis globales.

Con este panorama, mientras el capitalismo, sus gestores y sus fondos se reorganizan de una forma u otra -que lo mismo da- es ahora el momento justo y preciso de decidir si deseamos una prórroga agónica de más capitalismo o una transición llevadera hacia nuevas formas de funcionar.

Bienvenidos pues los movimientos que, como el 15M, la Marcha Mundial de Mujeres o La Vía Campesina, se aglutinan bajo el paraguas de un cuestionamiento global, valiente y radical del modelo capitalista y de los sistemas de valores que lo consienten. Con la recuperación de los valores humanos por encima de los intereses económicos, nacen sus  propuestas como el decrecimiento, la democracia real, el buen vivir o la soberanía alimentaria. Son ellas, por el momento, las  estrategias que deberíamos conseguir  se expandan antes de que esta -quizás exagerada- teoría del caos cumpla los  peores pronósticos.

Gustavo Duch Guillot .  www.gustavoduch.wordpress.com

Redefinir la soberanía alimentaria

La Jornada de México, diciembre 2011. Gustavo Duch

Quince años después de la primera definición de Soberanía Alimentaria («La Soberanía Alimentaria es el derecho de los pueblos, comunidades y países a definir sus propias políticas agrícolas, pesqueras, alimentarias y de tierra que sean ecológica, social, económica y culturalmente apropiadas a sus circunstancias únicas. Esto incluye el verdadero derecho a la alimentación y a producir los alimentos, lo que significa que todos los pueblos tienen el derecho a una alimentación sana, nutritiva y culturalmente apropiada, y a la capacidad para mantenerse a sí mismos y a sus sociedades») el concepto ha ganado en amplitud y propagación. De hecho, creo que ha sido su uso y defensa, principalmente en manos de la población campesina, lo que -como algo vivo- le ha dado y dará nuevas dimensiones.

Cuando se vocifera en las marchas campesinas, es un grito de la lucha a cara descubierta frente a la sociedad capitalista y su gobernanza, convirtiéndose en una propuesta política para reorganizar el sistema alimentario global que se va imponiendo por todo el planeta. Por eso cuando se le pregunta a La Vía Campesina sobre su concepto reivindicativo lo dicen rotundo y sin ánimo de despistar: «no queremos más políticas agroalimentarias, para nada, lo que queremos es hacer y participar en las políticas agroalimentarias». Una demanda clara de soberanía –para decir y decidir- que ―no queremos políticas agroalimentarias enfocadas como siempre en cómo y cuánto se pueden aumentar las producciones de alimentos, sino políticas para aumentar, producir y reproducir más y más campesinas y  campesinos. En la Soberanía Alimentaria, el campesinado es el centro y el objetivo; la agricultura y la productividad son los medios.

También la propuesta de la Soberanía Alimentaria como construcción de otra forma de producir y consumir, es un ejemplo para otras propuestas pensadas para la creación de un mundo fuera del capitalismo. Hoy Soberanía Alimentaria camina de la mano del Decrecimiento, la Soberanía Energética, la monetaria  o el Buen Vivir.

Quienes defienden la Soberanía Alimentaria  exigen  que las reglas de juego se han de cambiar y el pueblo soberanamente retomar el mando. ―Nos han robado el poder, el poder está en otras manos –dicen desde el campo― vamos a recuperar el poder: poder hacer nuestros huertos, poder cultivar comida, poder cuidar la tierra, para poder vivir del campo. Con la contundencia de quienes saben que la Soberanía Alimentaria es también una respuesta que da esperanza a injusticias que no pueden esperar: hambre, crisis ecológica, pobreza rural, economías en crisis…

A su vez, la Soberanía Alimentaria ha mostrado que en un Planeta globalizado, también las luchas son globales, hermanando en este caso campesinas y campesinos del Norte y del Sur (rompiendo esquemas) que se han reconocido como iguales frente a las consecuencias de una superagricultura intensiva en manos de pocas corporaciones. De igual manera, su lucha ha generado una estrecha alianza entre la sociedad campesina y otros sectores de la sociedad civil, como los grupos de consumo responsable, las organizaciones ecologistas o algunas organizaciones de cooperación internacional implicadas en la defensa de un mundo rural vivo.  Es la Soberanía Alimentaria un espacio físico de encuentro del pueblo militante y así lo dicen sus voces, «que no se atrevan a salvar nuestro mundo rural, ni a impedir que lo defendamos».

Hacer Soberanía Alimentaria es finalmente una práctica de resistencia ―ni un campesino o campesina debe desaparecer― mientras se espera el cambio de modelo. Y por qué no, Soberanía Alimentaria es para muchas y muchos una utopía necesaria, que será realidad.

¿Y cómo hacemos para explicar tanto? Pues miren, volviendo a la definición que le dio vida. En realidad la soberanía alimentaria no es más –ni menos- que «el derecho de los pueblos a la tierra de la cual vivir, y el deber de los pueblos de cuidar la tierra de la que vivir».

Gustavo Duch Guillot. Autor de ‘ALIMENTOS BAJO SOSPECHA’ y ‘SIN LAVARSE LAS MANOS’

Seguratas de la alimentación

Revista Agenda Viva. Gustavo Duch. Diciembre 2011

Tenemos un sistema imponente de ‘seguratas de la alimentación’: varias agencias internacionales, así como miles de funcionarios y técnicos trabajando para garantizar la salubridad alimentaria (o seguridad alimentaria). Es por su presencia y vigilancia las veinticuatro horas al día -incluido festivos- más el tremendo costo que todo ello supone, que cuando en Barcelona ingerimos un muslo de pollo criado, engordado, sacrificado, y despiezado en… Brasil, por poner un ejemplo, tal bocado no nos producirá [en ese momento] ningún grave malestar.

No deja de ser paradójico que algo tan natural y sano como es comer o alimentarse, que sólo debería ser fuente de salud, sea tratado a la defensiva y con desconfianza. La premisa pareciera que es: cualquier alimento es sospechoso de criminal hasta que no se demuestre lo contrario.

Problemas

En Europa observamos como la alimentación mayoritaria que llega a la ciudadanía ha sido producida bajo sistemas de agricultura y ganadería industrial o intensiva. Una forma de producir alimentos en serie, muy rápida y de baja calidad nutritiva que podemos afirmar ha acabado con millones de puestos de trabajo en el medio rural, en tareas agrícolas, de transformación o complementarias. Una agricultura que genera graves problemas.

• Hay muchas producciones excedentarias que los estómagos europeos ya no pueden consumir, y que son exportadas a terceros países, llegando a sus mercados a precios incluso inferiores al precio de coste (o de elaboración) que ese mismo producto tiene para el campesino o campesina local.
• El modelo intensivo europeo al estar especializado en algunos sectores no dispone de según qué alimentos. Pero estos llegan igualmente a nuestras despensas comprados baratos en países del Sur. Y la ganadería a la que Europa no renuncia, requiere alimentación (soja y maíz) que llega de Sudamérica. En ambos caso millones de hectáreas de países con hambre están dedicadas a alimentar países con tasas de sobrepeso y otros desequilibrios nutricionales más que alarmantes.
• Una agricultura hecha a base de petróleo, contra el reloj y con muchos inversionistas esperando tajada, se convierte en una actividad que tiene muy poco respeto en sus interacciones con la naturaleza.

Riesgos

Este modelo, lo hemos visto y lo veremos en próximas ocasiones, es un modelo ‘asustoso’. Las multiples y (cada vez más) frecuentes alarmas alimentarias tienen todas un efecto final muy patológico: taquicardia.

Miedo y corazones acelerados que en demasiadas ocasiones se convierte en muchas camas de hospitales ocupadas porque las vacas están locas, los cerdos resfriados o los piensos contaminados. Y en todas ellas con un patrón causal común: el interés económico de las corporaciones que controlan la cadena alimentaria las lleva, codiciosas, a trabajar al límite de lo legal, al límite del riesgo. Como si viviéramos en un parque de aventuras permanente parece que asumimos encantados esta alimentación del Dragon Kan. No hay vértigo.

Rechazo

Son bastantes los motivos para rechazar la agricultura industrial: injusticias sociales, elevados costes ecológicos, insuficiente calidad nutritiva, enfermedades crónicas derivadas de la mala alimentación y un susto detrás del otro.

Pero tenemos otro motivo mucho más importante y definitivo: existe una alternativa probadamente posible, capaz de alimentar a todo el planeta: la Soberanía Alimentaria.

Gustavo Duch
Coordinador de la revista Soberanía Alimentaria, Biodiversidad y Culturas

¿Por qué es la Soberanía Alimentaria una alternativa?

Prólogo de la guía

 ¿Por qué es la Soberanía Alimentaria una alternativa?

Lunes, 04 de julio de 2011 18:31

Porque son muchos los argumentos a favor de la defensa de la Soberanía Alimentaria: que el hambre se haga imposible, que el futuro se haga posible; que el campo hierva de vida, que la Tierra se enfríe; que el león no sea el rey de la selva ni las multinacionales las reinas del Universo; que lo colectivo sea de nadie y de todos y que todos caminemos desposeídos.

Porque son demasiados los modelos, acuerdos, tratados, cumbres, postulados, sistemas, organizaciones, fondos y bancos que se inventan para escudar al capital y al interés con decimales.

Porque nos esconden la verdad, pero son tan grandes, tan absolutas y tan visibles las mentiras que nos reímos de los transgénicos, que no tragamos con los agrocombustibles, que no aceptamos comercios sin fronteras si dentro de ellas hay hambre por barrer.

EL FOCO DE LA EPIDEMIA: ¡DESCUBIERTO¡

Galicia Hoxe. Gustavo Duch. 8 de junio de 2011

 La perca del Nilo, a veces vendida como mero, llega desde el lago Victoria, en el centro de África. Brasil ya es el máximo exportador de pollos; al igual que Chile lo es en el negocio de criar, engordar y repartir salmones por el mundo. Los pepinos de España viajan a Holanda en invierno; en verano hacen la ruta en sentido contario. Los espárragos de Navarra, sólo se envasan en Navarra una vez aterrizan del Perú o la China. El panga que dan de comer en las escuelas viajó desde Vietnam y el atún enlatado proviene de El Salvador o se le roba a los mares de Somalia.

Los pollos para que engorden rápido no pueden ver el Sol, no salen de sus jaulas. Las gallinas ponedoras para que pongan más huevos padecen de exceso lumínico, y apenas pueden dormir. Los cerdos están tan asardinados que cuando uno estornuda todos se contagian de gripe. A las vacas vegetarianas –durante una temporada loca- se les alimentó con restos de vaca. Ahora se investiga como engordar peces carnívoros con una dieta rica en soja. La soja también alimenta a los coches (agrocombustibles) y con sus desperdicios aún se consiguen raciones de pienso para los cerdos.

Si fuera mentira nos parecería exagerado. Pero así es la alimentación del siglo XXI. Un rarísimo sistema contranatura en manos de muy pocas transnacionales, que ganan dinero a base de arruinar la pequeña agricultura tradicional, de ensuciar y contaminar el planeta, y como vemos –susto tras susto- poniendo en jaque la salud de la población consumidora. Vacas locas, dioxinas, gripes, ecolis… Todas estas enfermedades guardan el mismo patrón: patologías graves de origen bien conocido: la codicia.

Esperemos que el brote de E.Coli frene en breve, y que sirva para una reflexión: el combate a estas enfermedades no pasa por mejorar los sistemas de control. Como dice mi amiga Marta Rivera, «la mejor garantía de seguridad alimentaria son políticas a favor de la soberanía alimentaria». -¿Y qué es la soberanía alimentaria? -se preguntarán. Pues lo explica un dicho africano que me he permitido modificar ligeramente: «Mucha gente pequeña, en muchos lugares pequeños, cultivaran pequeños huertos,… que alimentarán al mundo»

Matrimonios dudosos

Diario Público, 25 de febrero de 2011. Gustavo Duch

Como si fuera un matrimonio –de conveniencia–, durante estas semanas la Unión Europea y Marruecos tienen prevista la renovación de sus votos, o no. En concreto, se está dilucidando en mesas separadas si se mantienen los acuerdos pesqueros y agrícolas que tantas repercusiones tienen sobre los sectores rurales de Marruecos, del Sáhara Occidental y de algunos países europeos, fundamentalmente España.

Por un lado, a finales de mes finaliza el acuerdo vigente en pesca que permite a 119 licencias de pesca de barcos europeos faenar en las aguas de Marruecos. De entre ellas, cien le corresponden a la flota española. Europa, paga –pagamos– 36,1 millones de euros para que los buques puedan pescar en esos caladeros, incluyendo las aguas territoriales del Sáhara Occidental. Las últimas informaciones explican que la Comisión Europea ha propuesto formalmente prorrogar el acuerdo de pesca por un año, tiempo necesario para evaluar y analizar sus consecuencias. Ahora queda la ratificación de los 27 estados miembros y la del Parlamento Europeo para que un convenio más que dudoso continúe o no vigente.

Y digo dudoso porque son muchas las voces que apuntan hacia su ilegalidad. De entre todas las voces que lo cuestionan destaca el informe legal del propio Parlamento Europeo que determinó hace más de un año que el acuerdo vigente no respetaba el derecho internacional, porque la población saharaui, de cuyas aguas se extraen muchas riquezas, no se beneficiaba del mismo. Lo mismo expresan, lógicamente, los representantes del Frente Polisario ante la Unión Europea. Si existen dudas que atentan contra el derecho de un pueblo, y de una población muy empobrecida y castigada, ¿no tenemos otra postura que seguir por la senda de las incógnitas? Si el Parlamento está en lo cierto, me parecería más sensato paralizar el acuerdo mientras se analizan todas sus repercusiones, y no al revés.

Lo contrario ha sucedido con la revisión del acuerdo agrícola entre Marruecos y la Unión Europea que, a grandes rasgos, consiste en el aumento de la liberalización del comercio para que los productos agroalimentarios puedan fluir con más facilidad entre las dos regiones. La comisión de Comercio Internacional del Parlamento Europeo decidió el pasado 8 de febrero atrasar los trámites para la ratificación de un nuevo marco, por considerar que Bruselas debe aclarar antes las dudas jurídicas que despierta el acuerdo sobre los territorios del Sáhara Occidental, si –como en el caso de la pesca– tanta liberalización comercial beneficia realmente a la población local y si esos son los intereses reales de la población del Sáhara Occidental.

En el caso de la agricultura, además del conflicto legal con las tierras saharauis –donde desde 1989 ya hay firmas extranjeras, como la francesa Azura, cultivando tomates bajo plástico que se comercializan en la Unión Europea–, los propios estudios de impacto elaborados por la Comisión Europea advierten de que más liberalización comercial en el área Euromediterránea tendrá unos grandes perdedores. En Europa, y especialmente las regiones del Sur especializadas en la producción de frutas y hortalizas, no podrán afrontar la competencia de los vecinos del Mediterráneo, y la ya mermada población agraria sufrirá un nuevo envite. Joves Agricultors i Ramaders de Catalunya ya ha hecho sus primeras estimaciones: “Los aranceles, por ejemplo, se reducirán un 30% en cítricos y la naranja de Marruecos tendrá un precio de entrada de 0,264 euros/kg, cuando el coste de producción del catalán es de 0,514 euros/kg”.

Por otra parte, en su especialización en estos productos para la exportación, países como Marruecos irán perdiendo su propia soberanía alimentaria ante el abandono progresivo de sus propias producciones, con lo que supone de vulnerabilidad frente al vaivén de los mercados, como hemos podido comprobar en las recientes crisis de Túnez y Egipto. Y de nuevo, tampoco estos acuerdos liberalizadores beneficiarán a la población campesina local. El falso mito de la exportación como fuente de riqueza se volverá a evidenciar. Marruecos ya exporta a Europa, pero no lo hacen los pequeños campesinos sino los hacendados, inversores y exportadores –tanto magrebíes como europeos– con modelos industrializados que abaratan costes a base de reducir puestos de trabajo, disponer de mano de obra en condiciones de miseria, con sobreexplotación de los recursos hídricos y sin respetar medidas medioambientales suficientes para garantizar la sostenibilidad del suelo. El 20% de la superficie fértil marroquí ya está orientada al cultivo industrial para la exportación, y en la medida que se fomente, como ya se está haciendo a través del Plan Marruecos Verde, supondrá más beneficios para sus dueños: miembros de la familia real, empresarios locales y compañías españolas y europeas que han deslocalizado sus producciones (por ejemplo, el 80% de la exportación fresera marroquí está en manos de empresarios españoles). Esto reducirá las oportunidades del gran número de pequeños agricultores y agricultoras que han garantizado hasta la fecha la seguridad
alimentaria de la población local.

Dice Abdellatif Laâbi que “Marruecos está gestionado como una multinacional cuya finalidad es el enriquecimiento ilimitado de sus principales accionistas (…)”. Si la sociedad civil, la que no se beneficia de estos negocios, sale a la calle como sus países vecinos, ¿qué argumentos manejará el Gobierno de España, desposado con esta multinacional?

Gustavo Duch es coordinador de la revista ‘Soberanía alimentaria, biodiversidad y culturas’.

Ilustración de Patrick Thomas

 

Los retos de la alimentación

Público, 28 de diciembre de 2010. Gustavo Duch

El cierre del año 2010 es también el final del Año Internacional a favor de la Biodiversidad declarado por Naciones Unidas, por lo que esperemos que el asunto no se arrincone ahora en el cajón de temas pendientes. Porque si algo tenemos claro, con o sin año internacional, es que el futuro de la humanidad depende de la nave en donde viajamos, la Tierra, y esta sólo continuará mientras sea biodiversa.

La comunidad científica ha señalado en numerosos informes que la situación patrimonial de la Tierra es preocupante. Entre todos, destaca el trabajo elaborado por el Centro de Monitoreo para la Conservación Mundial que, tomando diferentes indicadores (como la apropiación de recursos naturales, el número de especies amenazadas, la cobertura de áreas protegidas, la extensión de bosques tropicales y manglares y el estado de los arrecifes de coral) y su evolución desde 1970 hasta 2006, demuestra con objetividad y cifras lo que la observación cotidiana y atenta de cualquier paisaje también nos dibuja: disminución de especies y razas de distintos grupos de mamíferos y aves, reducción de la extensión de los bosques y los manglares, deterioro de las condiciones marinas y de las costas, invasión de especies exóticas compitiendo con las especies nativas, etc. El análisis le ha permitido a este centro dependiente del PNUMA (Programa de Naciones Unidas para el Medio Ambiente) afirmar que “los gobiernos no lograrán cumplir su promesa de llegar a 2010 con una reducción significativa de la pérdida de diversidad biológica”. Ciertamente.

Cuando se habla de pérdida de biodiversidad, la primera mirada recae sobre los espacios naturales más vírgenes y las especies animales más exóticas, pero si enfocamos hacia los vegetales y animales que nos alimentan la fotografía es igual de grave, y es bajo esta óptica más fácil relacionar la biodiversidad con el futuro de la especie humana. De las 50.000 especies de aves y mamíferos contabilizadas en el planeta, únicamente encontramos 40 de animales domésticos de utilidad para la alimentación y la agricultura. Además, sólo 14 concentran el 90% de su aportación a la alimentación y la agricultura. Es decir, a pesar de su relativa escasa importancia sobre la diversidad global (40 especies sobre 50.000), las especies de animales domésticos tienen una importancia enorme: satisfacen más del 30% de las necesidades humanas en alimentación y agricultura (carne, leche, huevos, estiércol, etc.); en los países en desarrollo aún suponen más del 60% de la fuerza motriz que se utiliza en la agricultura o en el transporte; y se estima que, de forma global, unos 2.000 millones de personas viven directa o indirectamente de la ganadería. 
No obstante, estas especies domésticas están también muy asediadas en su diversidad, esto es, en sus diferentes razas. En concreto la FAO (Organización Mundial para la Agricultura y la Alimentación), después de varios años de trabajo, presentó en 2003 la Lista de Vigilancia Mundial para los Animales Domésticos, donde reconocía la gravedad de la situación: se han perdido la mitad de las razas que había hace cien años y el ritmo de extinción es de seis razas de animales domésticos al mes, con lo cual, de mantenerse este ritmo, en los próximos 30 años se perdería el 40% de las razas a nivel mundial. Sólo en España, según el Catálogo Oficial de Razas de Ganado de 2008, el 81% de las 177 razas locales registradas se encuentra en riesgo de extinción.

Así como todos los estudios coinciden en señalar entre las causas de la pérdida de biodiversidad general el cambio climático, el aumento de desastres naturales, el incremento de incendios… y, desde luego, el papel del ser humano, en el caso de la pérdida de diversidad de animales domésticos aptos para la ganadería, la responsabilidad la hemos de focalizar en la generalización de un modelo de alimentación único y global impuesto por una nueva especie que llegó al planeta a ritmo de desregulaciones, privatizaciones y liberalizaciones: las transnacionales de la alimentación.
Con la connivencia de las políticas públicas, estas corporaciones han impuesto una alimentación rápida, muy carnívora, de poco sabor e insana, que les permite –a ellas– expandirse y enriquecerse, y que se asienta en un modelo de industria ganadera, lógicamente, también muy homogeneizado y uniformizado. Con los argumentos de la máxima rentabilidad se ha primado una genética animal orientada a la máxima producción de huevos, leche o carne; producciones con mayor cantidad de grasa; o crecimiento más rápido de los animales, dejando de lado otros valores como la capacidad de adaptabilidad o rusticidad. Sólo se utilizan genética y animales de primera división que controlan unas pocas empresas, relegando a la desaparición a muchas estirpes que han estado siempre al acceso y bajo el control de campesinas y campesinos.
Así, me atrevo a afirmar que la velocidad a la que perdemos diversidad animal ganadera es proporcional a la velocidad en que las corporaciones de la alimentación aumentan su control en la cadena alimentaria.

Gustavo Duch Guillot es coordinador de la revista ‘Soberanía alimentaria, biodiversidad y culturas’.

Ilustración de Mikel Casal

 

Por el mar corren las liebres, por el monte las sardinas

Galicia Hoxe, 8 de diciembre de 2010

Para Ramón

Menudo problema. En su tarea cotidiana le corresponde día sí y día también hablar en público. Conferencias, discursos, debates, coloquios…. y siempre que tiene que decir dos palabras –una detrás de la otra- los ojos se le aceleran, el corazón le da una gran sacudida y la voz se le enmaraña. ¿Cómo hace entonces para no perder la compostura cada vez que dice ‘comunidades campesinas’? Pues nada hace, no hace nada, porque nada hay que deshacer.

Ese compromiso por el mundo rural le deparó una sorpresa y desde hace unos años, su labor es, desde los despachos gubernamentales, coordinar las políticas al respecto en su país. Una directriz debe orientar todas las decisiones. Otra vez dos palabras, una detrás de la otra y sin desordenar: ‘Soberanía Alimentaria’.

Los países vecinos, y los lejanos; los movimientos campesinos de allí, y de acá, los agentes de cooperación,… están bien atentos a los pasos que dan. En esto, como en otros asuntos, sus políticas son pioneras. Doctor -le preguntan- ¿y cómo se alcanza eso de la Soberanía Alimentaria? Y les habla de reforma agraria, de leyes, de participación campesina, de tecnología apropiada,… buff, todo ello clave, fundamental y muy costoso. Con contradicciones y contratiempos.

Aunque también hay pequeños logros. Cuenta que a los primeros días en el cargo fue a visitar una escuela pública rural cerca de la costa. A la hora de la comida vio como servían a las niñas y niños macarrones importados de España y pescado importado de Portugal. Así que sentó a sus colaboradores y les presentó una primera idea: la comida que el Estado compra para las escuelas debía de ser nacional. Unos meses después viajó hacia la Sierra, a más de 2.500 metros de altura, y aprovechó para visitar la escuela del pueblo. A la hora del desayuno sirvieron sardinas de lata. Que sí, que eran del país, pero a las niñas y niños de las montañas ni les gustaban, ni les sentaban bien. De regreso a la capital volvió a reunir a su equipo y fue más concreto: la comida que el Estado compra para las escuelas, que se compre a las propias familias de los niños y niñas.

Y ahí tenemos una sencilla fórmula para garantizar una alimentación apropiada cultural y nutritivamente, a la vez que generar ingresos para la clase campesina.  Con papas, maíz,  quínoa…