Los abuelos

El Correo Vasco, 8 de agosto de 2010

Con Miquel Ortega (*)

Al volver de visitar a Jordi, uno de los últimos pescadores artesanales de la costa de Barcelona, iniciamos, claro, una de nuestras largas conversaciones sobre pesca y mar. Sobre la supervivencia de gente como Jordi con su vieja barca, poca pesca a su alcance y mil y una iniciativas para salir –a pesar de todo- adelante.  Gracias a la cercanía a Barcelona y a un rincón pertrechado en mil batallas, en funciones de lonja semiclandestina, Jordi y sus compañeros pueden ofrecer pescado freso y de muy alta calidad directamente al cliente final a precios suficientemente remuneradores. Pero ¿podemos permitirnos que la pesca, los pescadores y las pescadoras sobrevivan a base de hazañas, heroicidades o excepcionalidades?

Comentábamos sobre la última reunión organizada por el Observatorio de la Sostenibilidad Española unos días atrás donde se discutieron diversos aspectos vinculados con la situación marina europea y en particular la preocupante crisis de los caladeros europeos y de los pescadores artesanales como Jordi. Para que se hagan una idea de la situación según los últimos datos de la Comisión Europea un 72% de las pesquerías europeas están explotadas por encima del rendimiento máximo sostenible (es decir, el nivel máximo de captura que permite asegurar que no se reduce su abundancia), un 59% de los stocks están por debajo de los niveles biológicos de seguridad (es decir, que están en riesgo de no poder recuperarse), y para un 14% de ellos la situación es de emergencia y los científicos piden que se dejen de explotar.  Por otra parte según los escenarios realizados por la propia Comisión de aproximadamente 150.000 trabajadores y trabajadoras en el sector extractivo (2.812 personas en Euskadi) censados en el año 2007 pasaremos, si continuamos con las mismas políticas públicas, a 50.000 en el año 2022. ¿Por qué? Se pesca por encima de la capacidad de los ecosistemas marinos, ya lo sabemos; no se siguen las mejores prácticas ambientales disponibles dañando innecesariamente el ecosistema; y no se pesca a través de las artes pesqueras que más benefician a las comunidades pesqueras. Un panorama desolador aquí en Catalunya, en Euskadi y en toda Europa. Por eso, ahora que estamos en plena revisión de la política pesquera europea es importante el máximo de esfuerzos, participación y sabiduría para marcar los futuros ejes centrales de las políticas de pesca: ¿Cuánto podemos pescar? ¿Cómo repartimos la pesca? ¿Cómo pescamos?, etc. Veamos.

Respecto a cuánto podemos pescar por suerte los científicos pueden hacernos propuestas concretas que deben, de una vez por todas, tomarse en cuenta. Respecto al reparto, se necesitan posicionamientos políticos. Algunos (entre ellos, parte de la administración española) proponen que se repartan las cuotas en función de criterios históricos y sazonarlo con algunas ayudas puntuales a la pesca artesanal… es decir, ante todo ¡que nada cambie! No puede ser. Si queremos que la situación acierte con el rumbo hemos de modificar el núcleo de la política pesquera y el primer elemento básico sería favorecer con claridad (que eso es hacer política) el acceso al recurso pesquero a aquellos que tenga mejores comportamientos ambientales, sociales, y mejor historial de cumplimiento con la ley, y esta idea es aplicable a todas las artes de pesca y modelos pesqueros ya sean artesanales, semi-industriales o industriales. En algunas zonas de EEUU, Suecia, Francia, Escocia, o Papua Nueva Guinea ya se hace exitosamente.

No nos podemos permitir el lujo de establecer una política que no cambie en los elementos básicos y que únicamente acabe dando alguna ayuda pública más a los pescadores artesanales o esperando que sea el comprador el que decida premiar las prácticas más sostenibles. Ambos aspectos son deseables pero insuficientes.

¿Hazañas, heroicidades? Ahí fue cuando saltamos sobre las olas del debate a los recuerdos de la infancia, aparentemente, sin mayor importancia. Los abuelos. Resultaba que por un lado tenemos a uno de los abuelos, que en un pueblito de la costa de Mallorca, sacaba tiempo de su quehacer de maestro, para ejercer como profesor de pescadores adultos. Admirable.  Y por el otro, un marino mercante, con muchas millas por el mar y tremendas aventuras, hasta que el enamoramiento le llevó por otras rutas tierra adentro.

¡Qué relajante es ponerse a presumir de abuelos, frente al mar! ¿Podremos en el futuro? O sólo nos quedarán  los versos de León Felipe, como cuando dice «¡qué lástima, que no pudiendo cantar otras hazañas (…) porque no tengo una patria, ni una tierra provinciana, ni una casa solariega y blasonada, ni el retrato de un mi abuelo que ganara una batalla (…) venga, forzado, a cantar cosas de poca importancia!»

(*) Gustavo Duch Guillot. Autor de ‘Lo que hay que tragar’ y Miquel Ortega, Coordinador político en España de la campaña OCEAN2012.

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