El bosque escondido

Ninguno se veía en cientos de kilómetros a la redonda. Por mucho que te esforzaras, ninguno.

Ningún árbol de ningún bosque.

-Fueron los incendios y varias semanas de estridentes hachas mecanizadas las que abrieron las puertas a las apisonadoras, que prepararon el terreno para el cultivo de millones de unas plantas cuyos frutos saben a gasolina. Árboles muertos para que el progreso pueda vivir.

Ningún árbol quedó en pie.

Ninguno.

Ninguno, menos uno raquítico y enfermizo.

Frente a ese último árbol pasan familias de pastores con sus rebaños de cabras, los mismos que se movilizaron sin éxito cuando todo eso pasó. Y,

Sara Plazaninguno de los pastores le corta ninguna rama para hacerse un bastón; ninguna de las mujeres le cuelga pescados para secar,

ninguna de las cabras prueba bocado de ninguna de sus arrugadas hojas,

ningún niño, con su navaja, dibuja corazones en su corteza;  ninguna niña trepa por sus ramas.

Ningún pájaro anida en él.

Hasta los vientos se detienen respetuosos frente a aquel último árbol, tan frágil como lo sienten.

Porque saben que han encontrado el aliento de lo que será bosque. 

 

Relato en el libro ‘Cuando los cultivos alimentan coches’

Gustavo Duch. Autor de MUCHA GENTE PEQUEÑA.

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