Que estalle la paz

Al acabar cada una de sus charlas,  Jeromo Aguado, pastor de ovejas en Tierra de Campos, se pone en pie y de su bolsillo saca un papel doblado en cuatro. Lo despliega y aunque ya lo sabe de memoria, recita:

“Quemad nuestra tierra, quemad nuestros sueños, verted ácido en nuestras canciones. Cubrid con serrín la sangre de los nuestros, asesinados”.

“Arrasad con vuestras bombas los valles, borrad con vuestros editores nuestro pasado, nuestra literatura; nuestra metáfora. Desnudad los bosques y la tierra, hasta que ni el insecto, ni el ave, ni la palabra encuentren rincón alguno donde refugiarse”.

“Ahogad con vuestra tecnología el clamor de todo lo que es libre, salvaje e indígena. Destruid. Destruid. Nuestra historia y nuestro suelo. Asolad alquerías y aldeas que nuestros mayores construyeron. Los árboles, las casas, los libros, y las leyes y toda la equidad y la armonía”.

“Haced eso y aún más. No tengo miedo a la tiranía. No desespero nunca y es que guardo una semilla, una semilla pequeña pero viva, que voy a guardar con cuidado, y a plantar de nuevo”.

– Es una poesía de Palestina, anónima -dice- pero sospecho que escrita por manos campesinas.

Y él, guardador de semillas, entrega a toda la asistencia ‘almortas’ de su tierra.

– Para que estalle la paz.

Paz en Palestina

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