Un astronauta en bicicleta

Para el Dr. Rodolfo Páramo, otra vez (*)

Como tantos días al cerrar el consultorio le quedó pendiente una visita a domicilio. A lomos de su vieja bicicleta partió hacia el rancho de los Quintero. Sus rodillas y los hierros de la bicicleta crujían a dúo entonando una agradable milonga, y así, canturreando se alejaba de la ciudad.

A unos 500 metros pasó por los grandes silos de soja y aceleró la marcha, un poco inconscientemente y un mucho conscientemente. Si esos silos salieron del centro de la ciudad y ahora están allí fue por su persistencia. Ante media Argentina apeló demostrando, con informes y analíticas, que eran causa de muchas enfermedades respiratorias y alérgicas de la población. Pero, a medio kilómetro, de poco servía. Los vientos, que soplan aunque se lo tengan prohibido, reparten polvo de soja por todas las casas.

Si no fuera médico rural, sería médico rural, decía siempre don Rodolfo. Aunque en la Colonia de Malabrigo, el Intendente y algunos terratenientes hicieron bastante para que dejara de ejercer, y para que dejara de ser.

Dígame, Fausto, ¿qué le ocurre?

Arrastro mucha tos y dolor de cabeza.

¿Desde cuándo?

Pues serán unas semanas, al volver de la chacra. Por allí pasan las avionetas rociando veneno, ya sabe usted, para las malezas, para que sólo se dé la soja. Estaba lejos de los galpones y no me pude proteger.

Quince años contabilizando casos de abortos, malformaciones, hidrocefalia, cáncer de intestino y estómago, úlceras en la piel, melanomas…, registros que escrupulosamente lleva, anota y hace saber. Los datos que aporta don Rodolfo de la Colonia de Malabrigo de todas estas enfermedades son muy superiores a los promedio de cualquier otro lugar. Con sus registros y los de otros sanitarios y sanitarias se construye la lucha de las organizaciones campesinas, de colectivos de mujeres afectadas y de la solidaridad internacional frente al ecocidio de la agroindustria de la soja. Un sojacidio con responsables identificables.

A medida que se acercaba al rancho de los Quintero una inquietud asomaba por su garganta. ¿Sería Gabi, la mayor de los hermanos, con otra de sus recaídas? Gabi creció en los años de los donativos de soja. Era tanta la soja que se cosechaba como el hambre que se generaba. Por eso el gobierno obligó a las empresas sojeras a entregar a la beneficencia una pequeña proporción de esa soja. A las familias más pobres se le regalaban bolsas de soja junto con un recetario: albóndigas de soja, flan de soja, milanesa de soja, espaguetis de soja… y todo a base de soja. Pero las niñas y niños no son vaquitas y su desarrollo infantil fue medio precario.

El rancho marcaba una frontera invisible con los antaño bosques del Impenetrable chaqueño. Las talas de los quebrachos –el árbol portento de los indios wichis– para campos de soja hacían del nombre del territorio una sumarísima paradoja. Don Rodolfo no sabía aún que cientos de vacas estaban muriendo por la sequía de ese año. Sin quebrachos cantando a las nubes, explican, nunca volverá a llover.

astronauta_sinlavarselasmanos-Copia¡Ahora no! ¿Qué hacía aquella avioneta fumigando los campos? Don Rodolfo se apeó de la bicicleta y se enfundó su impermeable, guantes de motorista y unas gafas de bucear. Un astronauta pedaleando por el Chaco argentino.

Al poco vio a Pedro y a su hermano, cada uno de ellos en uno de los lindes de un campo de soja, agitando unos banderines, como haciendo señales desde la proa de un barco. Sus banderines ayudaban a las avionetas fumigadoras a determinar donde regar sus venenos. Y así, campo a campo, actualmente en todo el norte de Argentina, miles de muchachos de 14 y 15 años trabajan como banderilleros para el agronegocio de la soja que alimentará el ganado europeo.

Don Rodolfo corre hacia ellos, grita y grita… salir de ahí. ¡Os riegan con veneno!

Mientras, en el traspatio de la casa de los Quintero, la abuela con una pequeña regadera en su mano, delicadamente riega –con agua, sólo con agua– unas lechugas, unas matas de tomates y otras pocas de judías.

Gustavo Duch Guillot

(*) En diciembre de 2009 escribí este relato inspirado en el trabajo del Dr. Rodolfo Páramo fallecido hoy 13 de diciembre de 2015. Su hallazgos, terribles, se hicieron aliento para erradicar monsantos y agrotóxicos. Tierra, cuídanos.   

Un comentario en “Un astronauta en bicicleta

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