Los comunales, una piedra y un pescado

Revista CTXT, Gustavo Duch, 17 de julio

Quiero contarles, a mi modo, la leyenda de Montfalcó Murallat un pueblo mínimo subido en una loma de La Segarra, comarca del interior catalán. Sus primeros orígenes se documentan en el s.X y, a día de hoy, sigue siendo no más que 12 casas en un círculo perfecto que convierte el lugar, en residencia y fortificación a la vez. De hecho, el acceso solo es posible por un punto, después de traspasar lo que muy antes debían de ser tres enormes puertas. ¿Es por su estructura cerrada y fortificada que resistió – en zona de frontera – numerosos ataques de sarracenos o de señores feudales? O bien, ¿poseían una poción mágica marca Panorámix?

En el (micro)paseo necesario para conocer todo el pueblo enterito, descubres la respuesta. Montfalcó dispone de una cisterna comunitaria, un pozo de hielo comunitario y un horno de pan comunitario que se alimentaba de los cereales de los campos gestionados normalmente en ‘aparcería’, cocinando en él con la leña recogida de los bosques propiedad comunal de todo el pueblo. Como en otros muchas aldeas y pueblos del territorio ibérico, el gobierno político del pueblo bien podría estar organizado a partir de los concejos abiertos o concejos vecinales.

Porque hasta no hace tanto, la vida autónoma y al margen del capitalismo de muchos pueblos de la península se basaba en prácticas que buena falta nos hacen en estos tiempos de crisis civilizatoria. Recuperar los Bienes Comunes, para gestionarlos en procesos Asamblearios, ejerciendo la Democracia Directa, con propuestas de Economía Social y Colaborativa para asegurar la Reproducción de la Vida sabiendo que somos seres Ecodependientes e Interdependientes, son los términos que ahora empuñamos y las propuestas que convertimos en luchas. Pero estas luchas tienen su historia y amerita ponerla en valor.

Vivir en comunidad

Sin poner fechas, durante muchos siglos gran parte de la tierra campesina era tierra comunal y tierra de propiedad familiar (de dominio directo) sometidas a servidumbres comunitarias. No fue hasta la llegada de las desamortizaciones que los pueblos usufructuaban en diferentes lotes tierra para cada familia vecina. Y gestionaban colectivamente otros tipos de terrenos, como el bosque (del que podían aprovechar su madera, cal, resinas, frutos, bellotas, miel, caza, etc.) o los pastos. De esta manera, la producción propia, huerta y cereales, se complementaba con, por ejemplo, la posibilidad de que una familia pudiera mantener en los montes comunes una pareja de vacas que ofrecían 180-200 días de trabajo al año, criaban 1 ó 2 terneros, un poco de leche que podía ser transformada en queso o manteca, y estiércol. O una veintena de ovejas que podían proporcionar unos 10-15 corderos, unos 20 kilogramos de lana, así como pieles y de nuevo, abono, elemento esencial para fertilizar las tierras dedicadas a su agricultura.

Facilmente en Montfalcó se practicó, como en muchos lugares de Catalunya la práctica de las “boïgues”, que, como me explica David Algarra permitía un cultivo temporal sobre un espacio comunal por parte de alguna de las casas del pueblo, ya fuera por libre disposición o concedidas por la comunidad, sin que este perdiera su carácter comunal.

En estos terrenos comunales, en otros lugares, existía también el ‘Derecho a Poznera’ que permitía a las familia plantar árboles y aprovechar sus frutos, leñas o sombras. Como explica Ignacio Abella, José Saramago cuando en su libro autobiográfico Las pequeñas memorias habla de la vida y el paisaje tradicional en Azinhaga, su pueblo natal, habla de esta realidad. “A la casa de mis abuelos, como ya he contado, la llamaban Casalinho, y el nombre del lugar donde se levantaba era Divisiones, tal vez porque el olivar ralo y esparcido que había enfrente perteneciese a diferentes dueños: como si en vez de árboles se tratase de ganado, los olivos estaban marcados en el tronco con las iniciales de los nombres de sus respectivos propietarios”

El sistema de pastoreo colectivo por turnos, ‘las veceras’ o la ‘Dula’, en los montes comunales, era una de las expresiones más claras de la economía colaborativa implantada en esos tiempos. Las veinte ovejas de las que hemos hablado antes de cada familia salían diariamente al pastoreo, cuidadas por turnos, de manera que solo “de vez en cuando” te tocaba ejercer la tarea. Otras fórmulas de trabajos comunitarios bien documentadas son las diferentes fórmulas de ‘hacenderas’ en Castilla, el ‘treball a jova’ en Catalunya o el ‘auzolan en Euskal Herria donde todas las casas del pueblo participan en un trabajo, como limpiar las acequias o reparar la parroquia; o las ayudas de reciprocidad como el ‘tornallom’ en València, ‘tornajornal’ en Catalunya o ‘tornaxeira’ en Galicia, donde sin mediación del dinero, para tareas como las siegas o las vendimias los vecinos colaboraban hoy por ti, mañana por mí.

La solidaridad también tenía sus mecanismos bien definidos. Es conocido como se permitía, sin cárceles y sin multas, todo tipo de ‘espigueo’, ‘racimeo’ o ‘rebusca’ para entrar en fincas particulares a recoger los frutos abandonados una vez finalizadas las cosechas. También es muy inspirador como se apoyaban cuando, por ejemplo, una res de trabajo sufría un accidente fatal. Una vez sacrificada, la carne era comprada por todos los vecinos de manera que el vecino afectado, recuperaba una parte del precio como ahora haría una compañía de seguros. Pero sin peritos de por medio. En Euskal Herria, se llama ‘bildotx-lorra’ a la costrumbre de regalar cada pastor una oveja a aquel otro pastor de la vecindad que por alguna razón hubiera perdido el rebaño.

El sentido de lo común

Dicen que el sentido común es el menos común de los sentidos. Y es terriblemente cierto, porque, como hemos visto, cuando la sociedad dejó de ser rural y campesina perdió, precisamente, este sentido, el sentido de lo común.

Recuperarlo, a mi modo de entender, pasa porque en las ciudades, en los pueblos pero sobre todo en las mentes, recuperamos las fórmulas y valores rurales hoy tan desprestigiados, tan minusvalorados.

Dice la leyenda que en una de las muchas ocasiones que algunos invasores no conseguían doblegar a la población de Montfalcó, decidieron utilizar la práctica del aislamiento. Tarde o temprano, sin acceso a los alimentos el pueblo se rendiría. Y así pasaban los meses, los invasores en el exterior del pueblo, sofocaditos bajo el duro Sol de la Segarra, no entendían como los de dentro no mostraban señales de hambre y colapso. Así que decidieron provocarles lanzando un pan recién hecho atado a una piedra. El pan y la piedra alcanzaron su objetivo, pero pasmados se quedaron cuando en la misma piedra, en viaje de vuelta, les llegó un pescado fresco, recién salido del mar.

Nota: las informaciones aquí recogidas provienen de textos facilitados por Ignacio Abella, del libro ‘El Común Catalán’ de David Algarra y del blog en internet ‘La nuestra tierra’.

MANEL BADENA YOUTUBE

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