La amenaza de los impulsores genéticos

10 de octubre. La Vanguardia. Gustavo Duch

El pasado 12 de septiembre, Biden firmó un mandato ejecutivo con el que da una serie de órdenes muy precisas (asignando los presupuestos necesarios) para activar una economía basada en la “biotecnología y la biofabricación”. Un conjunto de innovaciones que vienen, dice, para resolver las diferentes crisis y “mantener el liderazgo de los Estados Unidos frente a los adversarios extranjeros y los competidores estratégicos que utilizan medios legales e ilegales para adquirir tecnologías y datos de los Estados Unidos, incluidos datos biológicos e información patentada o precompetitiva, lo que amenaza la competitividad económica y la seguridad nacional”.

Bajo el término de biofabricación debemos leer, entre otras cosas, la producción de alimentos hechos con células animales cultivadas como supuesto mecanismo para resolver la crisis alimentaria (y ganar votos de los cada vez más afianzados lobbies veganos). De hecho, como explica la revista de negocios veganos Vegconomist, aspiran a que en breve la carne cultivada esté lista para su consumo pues ya se están tramitando las normativas para su etiquetado.

Pero lo que resulta aún más preocupante es que en la misma norma, Biden insta al Secretario de Agricultura a que evalúe como usar la biotecnología para proteger a las plantas y animales de plagas y enfermedades, coincidiendo con los avances que se están generando alrededor de lo que se conoce como impulsores genéticos. Ya sabemos que la ingeniería genética fue capaz de modificar semillas en un laboratorio para dotarlas de alguna nueva propiedad, como la modificación del maíz, la colza o la soja para hacerlas tolerantes a un herbicida en concreto. En ese caso, y con el argumento de evitar que el nuevo material genético pudiera “liberarse” en la naturaleza, se prohibió su resiembra directamente en el campo. Justo lo contrario a lo que se pretende con los impulsores genéticos, que con el desarrollo de organismos diseñados expresamente buscan diseminar activamente en la naturaleza modificaciones genéticas –incluso letales- creadas en el laboratorio.

Isabel Bermejo, de Ecologistas en Acción, lo explica mejor: “Los impulsores genéticos son una nueva forma de ingeniería genética diseñada para burlar las reglas de la herencia biológica. Si esta nueva tecnología funciona, y parece que puede funcionar, permitiría al ser humano intervenir de forma fundamental en los ecosistemas y en la evolución de las especies. El objetivo de los organismos con impulsores genéticos es, nada menos, que sustituir poblaciones silvestres consideradas nocivas –principalmente malas hierbas o plagas agrícolas, por organismos modificados genéticamente o incluso exterminarlos de forma permanente”.

Para sus defensores, estas técnicas podrían de un plumazo exterminar a los mosquitos que trasmiten la malaria o a los ratones que infestan los silos de grano, pero ¿qué ocurriría si las modificación genética saltara a otras especies de mosquitos o a otros parientes de los ratones y se redujeran mucho o totalmente la población de mosquitos o de ratones? Aunque nos parezcan molestos, como cualquier otra especie juegan un papel fundamental en la red trófica. Las larvas de mosquito que viven en el agua son alimento de renacuajos o peces, que son alimento de otros peces, que son alimento de… Los mosquitos adultos son manjar para libélulas, murciélagos y aves que son alimento de rapaces, que son alimento de…. En tiempos de la Sexta Extinción, aparecer con estas propuestas, además de innecesarias, son temerarias como se alerta en numerosas publicaciones.

El próximo 24 de octubre, se reunirá el Consejo Europeo de Medio Ambiente de la Unión Europea para discutir si se está a favor o no de la liberación de estos bichos mutantes en la Naturaleza. Se puede apelar al principio de precaución para exigir a nuestra Ministra que vote a favor de una moratoria, pero en ocasiones como esta donde lo que se propone es similar a lanzar una bomba de neutrones sobre la Vida – irreversible, imposible de controlar y de efectos devastadores -, lo que exigimos es sentido común en favor de lo común, de lo compartido, de la morada colectiva.

Tuneando a Victor Hugo “no existen malas hierbas, existen malísimas invenciones”

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