Trigos y grajillas

CIP-ECOSOCIAL. Boletín ECOS12 (versión en pdf)

Políticas, acuerdos, tratados… incluso presupuestos a favor de detener, en este planeta castigado, la rápida pérdida de biodiversidad que provoca un modo de vida del ser un humano –que ese sí consigue expandirse-, apenas consiguen nada. En realidad, exactamente, menos que nada. Tal como ha reconocido el Centro de Monitoreo para la Conservación Mundial, dependiente del PNUMA (Programa de Naciones Unidas para el Medio Ambiente) «los gobiernos no lograrán cumplir su promesa de llegar al 2010 con una reducción significativa de la pérdida de diversidad biológica».

INTRODUCCIÓN:

Es cierto que en los últimos años se ha conseguido asumir en el discurso general la importancia de la preservación de la biodiversidad para el bienestar del Planeta. Parece indiscutible que no podemos permitirnos tratar a la Naturaleza con la prepotencia propia de la sociedad capitalista y materialista. Está claramente demostrada la importancia de la diversidad para asegurar nuestra adaptación a los futuros cambios climáticos. Incluso sabemos que en la lucha contra el cambio climático un elemento clave es la variabilidad en los ecosistemas. Efectivamente, por eso los Estados adoptaron una fecha, el 2010, le pusieron un nombre, Año Internacional de la Diversidad Biológica, pero el reto está sin conseguir, y el pronóstico del paciente es: reservado.

El trabajo elaborado por el Centro de Monitoreo para la Conservación Mundial, que ha tomado diferentes indicadores (como la apropiación de recursos naturales, el número de especies amenazadas, la cobertura de áreas protegidas, la extensión de bosques tropicales y manglares y el estado de los arrecifes de coral) y su evolución desde 1970 hasta el 2006 nos demuestra con claridad, lo que la observación cotidiana y atenta de cualquier paisaje también nos dibuja: disminución de especies y razas de distintos grupos de mamíferos y aves, reducción de  la extensión de los bosques y los manglares, deterioro de las condiciones marinas y de las costas, invasión de especies exóticas compitiendo con las especies nativas, … ¿dónde están las mariposas de San Juan? ¿Encuentran cangrejos en la playa?

El análisis y la información que se presenta en este documento aborda el estado de la biodiversidad en relación con nuestro sistema alimentario global –uno de los elementos más contagiosos provocados por la globalización. Y de alguna manera aborda dos claves fundamentales. Primero, la evidente crisis de diversidad en los ecosistemas naturales incluye también una pérdida de diversidad en los ecosistemas agrícolas, en las  especies vegetales y animales domesticadas, que pone en peligro el futuro de la alimentación del planeta. Y, segunda, hemos llegado a esta situación por la implantación de un modelo de agricultura global, favorecido por políticas neoliberales, que han relegado el control de la alimentación a muy pocas empresas que manejan la agricultura sólo en clave de negocio, maltratando a la naturaleza y despreciando e imposibilitando el trabajo milenario del pequeño campesinado.

LA COMIDA ÚNICA:

Aquí en las ciudades españolas cuando comemos, comemos casi lo mismo que se come en urbes de los Estados Unidos, Uruguay o incluso en algunos países de África. No sólo cuando entramos, aquí o allí, en un Mc Donalds, sino también cuando preparamos en nuestros hogares la comida. Porque lo que mayoritariamente tenemos opción de comprar son alimentos globales y repetidos, producidos por grandes empresas agroalimentarias. Estas han llegado a acaparar el sistema global de alimentos, desde un extremo a otro de la cadena, imponiendo –porque sus intereses, así lo demandan- incluso cambios culturales a favor de una comida global.

Mientras se escribe este documento las noticias nos informan de cómo el aumento del precio del trigo está generando una grave crisis a la población de varios países africanos. Pero, ¿es el consumo de trigo un alimento tradicional y habitual en la dieta africana? No, evidentemente no, las condiciones climáticas generales de África no se corresponden con las necesidades del trigo. Así pues hemos advertir que en la medida que aumenta la dependencia de alimentos importados, en este caso de trigo, además de homogeneizar la dieta, se vulnera la soberanía alimentaria del país, se dificulta gravemente el trabajo y desempeño del pequeño campesinado local, y finalmente se dejan de cultivar muchas variedades propias.

También el proceso de selección basado en la adecuación de los cereales al modelo de agricultura convencional y a la panadería industrial con fines productivistas y homogeneizadores, ha disminuido drásticamente la variedad de las especies vegetales usadas para elaborar los panes (por ejemplo, en 1859 había más de 1.300 variedades de trigo y en el año 2.000 solo 83) y, al fin y al cabo, nuestra agrobiodiversidad. Han desaparecido numerosas especies de cereales que poseían su ligazón con la tierra y que ejercían su papel en el correcto funcionamiento de la ecología del lugar de donde son originarias, desapareciendo también con ellas otras dependientes de las mismas, repercutiendo todo ello en la salud, cultura, diversidad y posibilidades de futuro.

Igual que por ejemplo las empresas han ‘obligado’ a cultivar sólo unas pocas especies de tomate, aptas para su comercialización, por morfología, color, resistencia al embalaje; al igual que se han seleccionado pocas variedades de trigo en base a aquellas más aptas para la industria panificadora, los alimentos de origen animal tienen un origen genético muy homogeneizado e uniformizado que llega predeterminado por la industria de procesamiento y por las propias granjas industriales. Un factor clave ha sido y es, claro, la mejora genética al servicio de la supuesta máxima rentabilidad: máxima producción de huevos, leche o carne, producciones con mayor cantidad de grasa o crecimiento más rápido de los animales.  Y las cifras alcanzadas son sorprendentes, aunque aparecen otras cuestiones asociadas: dependencia de una alimentación muy específica, poca adaptabilidad y rusticidad, etc. Otros factores secundarios también han llevado a que la mejora genética vaya reduciendo el número de especies ganaderas: Si todas las gallinas son del mismo tamaño y volumen…más sencillo será su adaptación a las jaulas donde malvivirán.

Ejemplos como este los podríamos encontrar en muchas partes del mundo con semillas o con ganadería, porque el control de estas corporaciones sobre la cadena alimentaria engloba desde el control de las semillas hasta la gran distribución. Veamos, como un ejemplo paradigmático, del control logrado, el caso de las semillas.

Corporaciones como Monsanto o Cargill, al aliento de la globalización y de la liberalización de los mercados agrícolas y el favoritismo hacía todo lo que sea privatización de servicios y funciones del Estado, han podido ir engullendo durante las últimas décadas a miles de pequeñas empresas semilleras. Hasta tal punto que de ser un sector conformado por muchas pequeñas compañías semilleras, junto a departamentos públicos, ha pasado a ser una industria dominada por un puñado de corporaciones transnacionales. En concreto, y  según las informaciones de GRAIN, «apenas diez corporaciones controlan cerca de la mitad del mercado global de semillas comerciales»

Un control corporativo a esta escala es un triple ataque a la agrobiodiversidad. Por un lado su expansión, como hemos visto, elimina a muchas otras empresas y consecuentemente muchas variedades de semillas; por otro es un limitante al trabajo de la agricultura campesinas basadas específicamente en manejar muchas variantes de semillas, adaptadas a las diferencias climáticas de cada una de las zonas; y por último su prácticamente monopolio en semillas es en realidad un esfuerzo por implantar una, dos, a lo sumo tres variedades comerciales en las que depositan todo el resultado de su negocio. Buscan variedades que no se pueden replicar, patentadas para poder cobrar siempre que se utilicen y diseñadas genéticamente (los OGM) para aceptar sólo unos agrotóxicos que estas empresas venden también en exclusividad.

A la supremacía de estas empresas hemos de añadir la existencia aún en muchos estados, como es el caso español, de unas directivas insuficientes que no sólo no promocionan el uso de muchas variedades de semillas naturales (o ecológicas) sino que le ponen muchas trabas, como la imposibilidad de compra y venta de las mismas.

LAS GRAJILLAS

Los avances y los retrocesos en el cuidado del planeta serían diferentes si pusiéramos verdaderamente interés en cuidar a los buenos cuidadores que tiene el planeta. Las políticas agrarias de los países desarrollados han impulsado desde las últimas décadas un modelo de agricultura y ganadería depredatoria, prepotente y masculina. Los países del Sur también se han visto forzados a repetir estos modelos y con menor exigencia en su seguimiento y vigilancia ambiental y social. Mientras se impulsaba este sistema –como una verdadera religión y sus dogmas: solo la agroindustria nos podrá alimentar a todos y todas- se ha discriminado, olvidado y marginado a las y los pequeños campesinos (de la tierra, del mar, de los bosques…).

Mayoritariamente sus sistemas productivos han caminado de la mano del cuidado del propio ecosistema. Han sido conscientes de la importancia de asegurar vida en la tierra, para que la tierra les devuelva vida. Han trabajado en círculos cerrados integrados en la misma finca. Y sí, habrán dado caza al lobo, pero también de eso han tomado nota, y disponemos en la actualidad de muchas personas en el mundo practicando una agricultura campesina, indígena, agroecológica que ha demostrado su capacidad productiva en convivencia armónica con la naturaleza, generando más biodiversidad que no reduciéndola, y haciendo mucho menor uso de la energía fósil, que también, por sus efectos ambientales afecta severamente a la biodiversidad.

Les cuento de uno de ellos, Jeromo Aguado, ganadero ecológico con ovejas y gallinas en Tierra de Campos, Palencia, España. Su finca, explica Jeromo, «está gestionada sin dañar a la biodiversidad de la zona, más al contario, la activa y potencia. Alrededor de la finca, para generar un mejor espacio a los animales –y darme a mí una sombra para descansar- he replantado los lindes con árboles autóctonos (por ejemplo Sauce Silvestre o Espino Alvar), casi desaparecidos por el monocultivo de trigo característico de esta comarca. Los árboles, los animales en semilibertad y las praderas para alimentar a estos, que son naturales y sin ningún fitosanitario, atraen a muchas grajillas cada mañana. Bandadas de ellas llegan para picotear los parásitos externos de las ovejas mientras pastan. Eso que yo me ahorro, y todo eso que ganamos los seres humanos. Soy uno de los mejores protectores de especies de pájaros. De hecho, creo que la próxima asamblea de Aguilucho cenizo, allí sobre cualquier nube, me nombrará hijo predilecto, porque raro es el día que no se comen un pollito cuando estos salen a pastar. Yo mantengo al Aguilucho cenizo, pero está bien, no puedo combatirlo, debo convivir con ellos y el ecosistema me lo agradece. Pero sería importante que las administraciones nos tuvieran en cuenta este papel».

LA VÍA CAMPESINA

La globalización ha agravado una serie de problemas propios del capitalismo. El modelo agrícola global ha provocado la mayor cifra de hambrientos de la historia, mayoritariamente campesinas y campesinos desplazados, es responsable (al menos en un 50%) del calentamiento del planeta, nos ofrece unos alimentos de peor calidad, es responsable del aumento también de una serie de enfermedades en las personas y sobre todo en los propios agricultores y agricultoras, etc. Añadamos a esta triste lista, que el modelo capitalista aplicado en la agricultura es responsable también de la pérdida de agrobiodiversidad.

Por ello, como defiende LA VÍA CAMPESINA, como se defiende quienes apuestan por una vía campesina y un mundo rural vivo, la mejor política para combatir esta pérdida de agrobiodiversidad no son las medidas parciales y simbólicas que se presentan desde la mayoría de instituciones implicadas en estos temas. Se requiere un cambio de paradigma. Recuperar espacios políticos, implicar a la población campesina en sus decisiones, y priorizar –decididamente- modelos de agricultura campesina orientados a la alimentación local. Así recuperaremos trigos, garcillas y gentes en los campos, buenos alimentos en el planeta, y una esperanza para todas y todos.

DATOS PARA PENSAR. La biodiversidad ganadera

  • Se estima que existen 1,5 a 1,7 millones de especies de seres vivos en la Tierra, de las cuales solamente 50.000 pertenecerían a aves y mamíferos, y dentro de esa estrecha franja, únicamente encontramos 40 especies de animales domésticos de utilidad para la alimentación y la agricultura. Además en sólo 14 especies se concentra el 90% de su aportación a la alimentación y la agricultura.
  • A pesar de su relativa escasa importancia sobre la diversidad global, las especies de animales domésticos tienen una importancia económica enorme: satisfacen más del 30% de las necesidades humanas en alimentación y agricultura, y de forma directa un 19% de la alimentación mundial.
  • Incluso en los países en desarrollo aún suponen más del 60% de la fuerza motriz que se utiliza en la agricultura o en el transporte. Además, se estima que de forma global unos 2.000 millones de personas viven directa o indirectamente de la ganadería.
  • La biodiversidad ganadera es fundamental para la seguridad alimentaria y de los medios de vida tradicionales, especialmente en el mundo en desarrollo. El ganado proporciona carne, leche, huevos, fibras, pieles, estiércol utilizado como fertilizante y combustible, además de fuerza de arrastre para el cultivo y el transporte, y una considerable variedad de otros productos y servicios. Para gran parte de la población rural del mundo la cría del ganado es un componente importante de su forma de vida.
  • Los animales domésticos contribuyen también al mantenimiento de los ecosistemas en los que viven, proporcionando servicios, tales como la dispersión de semillas y el ciclo de nutrientes, o simplemente haciéndolos económicamente sustentables.
  • La FAO después de varios años de trabajo presentó en 2003 la Lista de Vigilancia Mundial para los animales domésticos (World Watch List for Domestic Animal Diversity), donde reconocía la gravedad de la situación: se han perdido la mitad de las razas que había hace 100 años y que el ritmo de extinción es de 6 razas de animales domésticos al mes, con lo cual, de mantenerse este ritmo, en los próximos 30 años se perderían el 40% de las razas a nivel mundial

PARA SABER MÁS:

www.grain.org

www.biodiversidadla.org

www.soberaniaalimentaria.info

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