Bajo los escombros hay un huerto

Agosto 2014. Gustavo Duch

 

Nadie dijo qué y cómo hacer, pero un propósito común hace de batuta en esta obra colectiva.

El entierro es una escena de duelo repetida que protagoniza cada uno de los días.

En muchas casas, para dar cobijo a quienes lo perdieron todo, se abren las puertas cual tramoyistas levantando el telón y les ayudan a acomodarse lo mejor posible. -Siéntanse como en familia– les dicen con una sonrisa solidaria.

Por los campos de alrededor, entre muros de hormigón y socavones de bombas, hay quienes rastrean el lugar, palmo a palmo, recuperando semillas que, asustadas, no germinaron aún; y si encuentran granos crecidos, los cosechan y guardan la paja.

En la calle, una madre le ha comprado un globo a su hijo.

Se barren los barrios llenos de cascotes, los escombros de escuelas derruidas, de casas bombardeadas, de granjas arrasadas.

Y con esas piedras -por mucho que sigan los ataques- las gentes de Gaza, delimitan nuevos huertos para alimentar y revestir su pueblo con tonos de dignidad.

Para ser parte de esta obra, apoyemos a la Unión de Comités de Campesinos de Palestina, organización miembro de LA VÍA CAMPESINA.
https://euskadi.goteo.org/project/ayuda-a-la-resistencia-campesina-de-Gaza

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El último retrato

EL ÚLTIMO RETRATO

La Jornada de México, 8 de agosto de 2014. Gustavo Duch

Recién está saliendo el sol y la fotógrafa ya lleva varias horas caminando. Le ha costado más de lo habitual encontrar las escenas de aves despertándose, de lombrices trabajando o de abejas cortejándose que buscaba para su catálogo, pero finalmente ha tenido suerte y ha podido hacer varias tomas en un campo de maíz. Con el macro como objetivo ha captado ese momento mágico en que las hojas verdes sudan, como si la noche hubieran sido largas horas de esfuerzo para ellas. Tomas de perfectas gotitas de agua como una hilera de funambulistas en la cuerda floja. En una de ellas, como un espejo, se ve el rostro reflejado de una abeja a punto de saciar su sed.

Pobre animal. No es agua solo lo que ingiere en ese momento. Ese maíz ha sido tratado con productos de Bayer o Syngenta y su organismo está recibiendo una dosis de 11.709 µg/l de clotianidina o una dosis de 55.260 µg/l de tiametoxam. Según explica el informe de Greenpeace ‘Gotas de Veneno para las Abejas’, en un solo trago de esas gotitas de gutación en plantas tratadas incluso un mes antes, la abeja beberá veneno por encima de la ‘dosis letal 50′. Es decir, como un guión de cine de terror, una de cada dos abejas que bebe este néctar estará muerta antes del tercer día. Si ella no es la que muere, entonces de por vida volará desorientada, con torpeza, tal vez no sepa regresar a su colmena. ¿Será este el último retrato de la abeja?

Quizás, o así parece que lo deseen las empresas agroquímicas que fabricando esta clase de venenos, los llamados neonicotinoides, ven crecer a muy buen ritmo sus ganancias económicas. En el mercado de insecticidas, esta familia de pesticidas neurotóxicos derivados de la nicotina, ya alcanza el 40% de cuota, con unas ventas globales de más de 2.630 millones de dólares anuales. La compañía líder es Bayer que exporta cada año más de 1.000 toneladas de imidacloprid a más de 120 países y sus ventas son superiores a 597 millones de euros. Cuando la exclusividad de la patente venció, Bayer añadió en el mercado la clotianidina, y sus millones de euros anuales, más de 192, ya son muy significativos. Detrás tenemos a Syngenta con el tiametoxam.

­La toxicidad de estas sustancias ya estaba demostrada, y por ello desde Diciembre del año pasado, Europa decidió prohibir su uso durante dos años. Ahora, un reciente informe elaborado por un equipo internacional de 29 investigadores e investigadoras, después de evaluar más de 800 artículos científicos y 150 estudios de efecto directo al respecto, han repetido la afirmación: el uso de este tipo de insecticidas sistémicos es responsable del descenso de población de mariposas, abejas, otros insectos polinizadores y también de la lombriz de tierra. «La evidencia es muy clara. Estamos siendo testigos de una amenaza para la productividad de nuestro medio ambiente natural y de cultivo», son las tajantes palabras empleadas por uno de los científicos del Grupo de Acción sobre Plaguicidas que elaboraron el trabajo referido para la Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza.

Pocos meses antes, la doctora Cynthia Palmer de la American Bird Conservancy presentó un informe similar respecto al impacto de estos insecticidas sobre las aves en EEUU. Y la conclusión es idéntica. «Un solo grano de maíz recubierto de neonicotinoides puede matar un pájaro» -dijo – «incluso un ínfimo grano de trigo o colza tratado con imidacloprid puede envenenar fatalmente a un ave». Pero lamentablemente en su país parece que las evidencias científicas se diluyen ante los lobbys de las empresas que producen estos venenos.

Menos científicas son mis propias observaciones pero en las tierras de secano y cereales de la Segarra tarragonina (Catalunya) por donde paseo, la primavera nos ha traído menos golondrinas, (según la sociedad científica y conservacionista SEO/Birdlife, en España había, en 2004, cerca de 30 millones de ejemplares y desde entonces han desaparecido una de cada tres golondrinas, un millón por año), hemos visto menos gorriones y recién han llegado los abejarucos, pero también nos parece que son menos. Y a usted, ¿cuánto hace que no le pica una abeja?

No hacen falta más datos, lo que escasea es la voluntad política de preservar la vida ante la muerte.

Gustavo Duch. 

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Un campo con wifi

La Fertilidad de la Tierra, verano 2014. Gustavo Duch

Imaginémonos por un momento, explica Carlos Espín, qué prodigioso fuere que los árboles, perennes o caducos, milenarios o recién brotados, frutales u ornamentales, gigantes o minúsculos, todos, fueran productores de ondas wifi.

Tejos, sauces, abetos, limoneros y castaños; olivos e higueras, la fantástica ceiba, todos serían considerados seres sagrados, templos que defenderíamos con nuestras mejores energías y los más hermosos cuidados.

Los bosques, por decreto popular, serían declarados espacios de Utilidad Pública.

Para amplificar la cobertura wifi, ampliaríamos la cobertura arbórea plantando, que cosa más maravillosa, árboles en los patios de vecinos, en las calles de pueblos y ciudades, cerca de los puestos de trabajo, en los márgenes de carreteras y autopistas.

Embebidos en la fantástica tarea de repoblación de wifi, no dudaríamos en derribar edificios y polígonos que sólo hacen que ocupar espacio. Y de rebote, en poco tiempo acabaríamos con la deforestación, recuperaríamos biodiversidad y el peligro del cambio climático sería cosa del pasado.

* * *

Imaginémonos por un momento nuestros pequeños pueblos rurales con sus calles adoquinadas con la más pulida cerámica, impoluta de excrementos de animales o cagadas de golondrinas, con balcones floreados por geranios de plástico perpetuo y sólo el tenue silencio de las cámaras fotográficas, que en cada clic guardarían como recuerdo esas imágenes en retinas de metal, distraerían del silencio alcanzado sin chavalería molestando.

Imaginémonos a la mitad de nuestros pueblos rurales rodeados de fabulosas pistas de esquí y el mercadeo chic asociado a ésta u otras actividades deportivas; y, a la otra mitad, disfrazada de paraísos para el más idílico y romántico lugar de ‘escapadas con encanto’. Seguro que entonces grandes multinacionales, sponsorizando pueblos -San Vicente de Nestlé o Villa Campofrío- los rescatarían de su ancestral olvido.

Pero, como bien sabemos, los árboles no producen wifi. Y es una lástima, concluye Carlos, pues los árboles son sencillamente esos verticales especímenes que nos dan frutos que son comida; madera y sombra que son morada y refugio; y oxígeno que respirado es vida.

Y deberíamos saber que estúpidos prodigios no son las fórmulas que nuestros pueblos requieren. Los pueblos son muchas cosas, lugares con historia, libros vivos de sabiduría… pero sobre todo su privilegiada relación con la naturaleza les hace idóneos para la producción de alimentos en base al trabajo, esfuerzo y disfrute de parte de su población. Es ahí donde se tienen que fraguar complicidades y apoyos: alimentémonos de nuestros pueblos para que sigan siendo pueblos sin más.

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Patentar tomates, pimientos o la vida

El Periódico de Catalunya. Gustavo Duch. 14 de julio de 2014

Esos ejemplares esculturales, presumiendo su físico musculoso y reluciente, prácticamente idénticos cual delantero mediático de fútbol, son cada vez más habituales. Últimamente los encuentro en todas partes y parece que tienen éxito, al menos, veo que mucha gente habla de ellos, se acercan, los tocan, los acarician, los desean. Unos dicen que son fruto de muchas horas de esfuerzo, otros dicen que son fruto de mejoras genéticas, hay quien lo explica en base a una bonita historia de rescate de especímenes olvidados y hay quien asegura que, comidos, tienen efectos afrodisíacos. Pero yo a la hora de llevarme tomates a la boca, prefiero algo menos exótico que esos tomates de ‘marca registrada’.

Como explica Juan José Soriano en el último número de la revista Soberanía Alimentaria, Biodiversidad y Culturas, el Kumato® –ese tomate casi negro que se vende en paquetes de celofán, con el glamour de un producto de alta calidad- es una desagradable muestra de las tácticas que algunas empresas agrícolas están llevando a cabo para monopolizar un mercado del que ya controlan una buena porción. De hecho, de cada seis tomates que usted compra es muy probable que uno sea propiedad de Syngenta, la multinacional especializada en semillas transgénicas y dueña del bien parecido Kumato®. Los datos de la organización ETC Group sobre el mercado mundial de semillas comerciales confirma cómo de concentrado está este sector que maneja anualmente una cifra superior a 27.400 millones de dólares: Syngenta, Monsanto y otras 8 empresas controlan tres cuartas partes de todo el mercado; y ellas dos, junto con Dupont-Pioneer, controlan más de la mitad (53%).

Infografía de la revista Soberanía Alimentaria

Muchas son las circunstancias permitidas para que uno de los recursos estratégicos básicos de nuestra alimentación y vida, las semillas (junto al agua potable y la tierra fértil) esté tan ‘acaparado’ por un puñado de multinacionales. Tenemos lo que el espejo del capitalismo y neoliberalismo refleja: la vida en manos de unas corporaciones. El Kumato ®, en este caso, nos enseña una de las nuevas maneras de seguir en esta terrible tendencia. Puesto que las actuales leyes sobre la propiedad de las semillas, aunque insuficientemente, aún reconocen de alguna manera que las variedades vegetales que puedan ir surgiendo no son sino la recombinación de caracteres ya existentes en las plantas tradicionales, la estrategia de Syngenta ha sido ir a buscar su exclusividad en las oficinas del registro mercantil. Bautizando a su tomate con cualquier nombre que suene sabroso ha registrado una marca obteniendo así la posibilidad de prohibir en todo el mundo que se comercialicen semillas de sus tomates, que se produzcan sin su permiso e incluso puede exigir que se sancione a quien lo haga. Pero hay que insistir, ni Syngenta ni ninguna empresa han inventado el tomate y patentar su variedad es una afrenta inaceptable para las gentes campesinas que callada y pacientemente, desde los tiempos aztecas, domesticaron y mejoraron, generación a generación las muchas variedades de tomates tradicionales que existen, adaptándolas a diferentes climas y suelos y, que desde luego, nadie prohíbe que se puedan reproducir.

Recientemente, una gran coalición europea de 34 organizaciones de agricultores y organizaciones no gubernamentales de 27 países, presentó un recurso ante la Oficina Europeade Patentes (OEP) en contra de una patente sobre el pimiento concedida el año pasado precisamente a Syngenta. Esta patente también permite a la empresa agroquímica apropiarse de una resistencia a los insectos y le garantiza derechos en exclusividad. Pero Syngenta no explica que la resistencia conseguida la obtuvo al cruzar un pimiento silvestre de Jamaica con un pimiento comercial. Para los recurrentes “las patentes sobre la vida, no solo son cuestionables desde el punto de vista ético, sino que también ponen de manifiesto el fenómeno de la concentración en el mercado de semillas, lo que reduce la biodiversidad y amenaza la seguridad alimentaria”. Y aunque el año 2012 el Parlamento Europeo adoptó una resolución solicitando que cesase este tipo de patentes, la OEP ha hecho caso omiso de esta recomendación, de lo que Syngenta y otras multinacionales se están beneficiado extraordinariamente.

A mi parecer es importante debatir y reflexionar a propósito del caso del Kumato® pues entiendo que desvela por dónde van los movimientos de las grandes firmas de las semillas. Viendo que el mercado rechaza definitivamente el consumo de variedades transgénicas (donde las leyes les dan muchos privilegios) y observando cómo cada vez más las y los consumidores valoran recuperar el buen sabor en la boca, como incluso mucha gente cultiva sus propios tomates y como cada vez más se recuperan y dan valor a las variedades locales y antiguas, la formula de ‘nuevos tomates’ con valor añadido (como un buen sabor, un estilo añejo o con más propiedades nutritivas) será la que quieran imponer.

Pero, ojo, siempre con su inequívoca señal de ‘marca registrada’® grabada a en la piel.

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Que estalle la paz

Al acabar cada una de sus charlas,  Jeromo Aguado, pastor de ovejas en Tierra de Campos, se pone en pie y de su bolsillo saca un papel doblado en cuatro. Lo despliega y aunque ya lo sabe de memoria, recita:

“Quemad nuestra tierra, quemad nuestros sueños, verted ácido en nuestras canciones. Cubrid con serrín la sangre de los nuestros, asesinados”.

“Arrasad con vuestras bombas los valles, borrad con vuestros editores nuestro pasado, nuestra literatura; nuestra metáfora. Desnudad los bosques y la tierra, hasta que ni el insecto, ni el ave, ni la palabra encuentren rincón alguno donde refugiarse”.

“Ahogad con vuestra tecnología el clamor de todo lo que es libre, salvaje e indígena. Destruid. Destruid. Nuestra historia y nuestro suelo. Asolad alquerías y aldeas que nuestros mayores construyeron. Los árboles, las casas, los libros, y las leyes y toda la equidad y la armonía”.

“Haced eso y aún más. No tengo miedo a la tiranía. No desespero nunca y es que guardo una semilla, una semilla pequeña pero viva, que voy a guardar con cuidado, y a plantar de nuevo”.

- Es una poesía de Palestina, anónima -dice- pero sospecho que escrita por manos campesinas.

Y él, guardador de semillas, entrega a toda la asistencia ‘almortas’ de su tierra.

- Para que estalle la paz.

Paz en Palestina
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INAPROPIARSE

Gustavo Duch. 27 de mayo de 2014

Sobre una pequeña loma que apuntaba hacia los campos de cereales y el rebaño de ovejas, con el dedo índice señalando, le dijo:

-hijo, esta tierra que ves, será para ti, trabájala y sácale provecho.

Muchos años después la escena se repitió y el ahora padre, señalando el campo vallado con unos grandes aspersores de regar y las ovejas estabuladas, dijo:

-hija, estos negocios serán para ti, explótalos y te rendirán.

Y muchos años después, paseando junto a los montones de estiércol y humus, cerca de los semilleros, la ahora madre dijo:

-hijo, esta tierra dará de comer a quien no sabemos, cuídala.

inapropiado

Erika Woollett

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La agricultura desposeída de la tierra

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Domingo, 01 Junio 2014, La Jornada de México. Gustavo Duch
 

Entre quienes decididamente cuestionamos la agricultura industrializada, es decir, aquella que se organiza con el único propósito de generar rendimientos económicos y que para ello, como una apisonadora, explota personas y tierra, la decisión por parte de la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación (FAO) de dedicar este año 2014 a la agricultura familiar generó sentimientos encontrados. ¿Es el apelativo familiar la mejor definición para trazar la línea que separa la agricultura de las sociedades anónimas, las cotizaciones en bolsa y las semillas esterilizadas de la agricultura campesina de los mercados locales y de la biodiversidad cultivada? ¿Es suficiente definirla como aquella actividad agrariaoperada por una familia y que depende principalmente de la mano de obra familiar, incluido tanto a mujeres como hombres?

La familia, ¿es el único modelo para desarrollar agricultura campesina a pequeña escala? ¿No es la familia, de hecho, muchas veces el escenario de perpetuación del patriarcado que tanto daño hace a la creación de nuevos imaginarios y paradigmas también en la revisión del modelo productivo?

Sin que muchas de estas dudas se hayan resuelto, sí creo que podemos afirmar que este marco institucional está ayudando a visibilizar y valorizar la agricultura a pequeña escala. Y buena parte de la información que la FAO está trasmitiendo refleja lo que durante años los propios movimientos campesinos y otras instituciones que defienden el paradigma de la soberanía alimentaria venimos repitiendo.

Para quienes aún mantienen discursos peyorativos sobre la agricultura campesina y agroecológica, tiene que resultar interpelativo leer en textos de la FAO que la agricultura a pequeña escala debe posicionarse en el centro de las políticas agrícolas, ambientales y sociales en las agendas nacionales, pues entre otras cosas es una parte importante de la solución para lograr un mundo libre del hambre y la pobreza y en muchas regiones esta agricultura es la principal productora de los alimentos que consumimos a diario. O también otros mensajes fundamentales, como que la agricultura que se practica a pequeña escala es clave para la protección de la biodiversidad agrícola mundial, así comogeneradora de muchos empleos agrícolas y no agrícolas. También les incomodará leer los datos y estudios que la FAO muestra de sus capacidades productivas sin dejar de perder una de sus grandes virtudes, la sostenibilidad.

images (1)Pero entre los datos que nos ofrece la FAO hay una cifra central que cuestionar, un dato trascendental a la hora de definir qué medidas son necesarias para favorecer esta agricultura: el porcentaje de tierra fértil que manejan las más de 600 millones de pequeñas fincas campesinas existentes en el mundo. Pues mientras la FAO sitúa esta cifra alrededor de 70 por ciento, los datos calculados, país por país, en el nuevo informe de la organización Grain, cifra este porcentaje en un escaso 24 por ciento del total de tierra agrícola. Es decir, que si bien 90 por ciento de las fincas agrícolas del mundo son pequeñas (con un promedio de dos hectáreas), éstas sólo disponen de una tercera parte del total de tierra fértil. Y en un contexto en el que las políticas agrarias siguen favoreciendo a la gran propiedad, en el que se está especulando con compras y acaparamientos de tierra fértil a diestro y siniestro y en el que los monocultivos dedicados a la industria alimentaria (sólo los cultivos de soya, colza, palma africana y caña de azúcar en los últimos 50 años han triplicaron su extensión) van ganando terrero, este escaso e injusto porcentaje, año a año, va reduciéndose aún más.

Ese debería de ser el mensaje central de este año internacional, y parece que la FAO lo esquiva. ¿Por qué? ¿A qué intereses protege? Pareciera que su posicionamiento a favor de la agricultura familiar es sólo un falso idilio, un catálogo de exóticas fotografías del National Geographic que muestran las bondades de la agricultura campesina como precioso reducto a preservar en museos de antropología. Pero si verdaderamente entendiéramos que la agricultura a pequeña escala es el medio de vida de la mayoría de campesinas y campesinos del mundo y la que, según todos los datos, es la que tiene mayor capacidad productiva actual y futura de alimentos, denunciaríamos sin temores que la propiedad de la tierra está en otras manos y sirve a otros intereses.

Ese es el asunto central a reclamar con urgencia: la redistribución de tierra fértil en favor de la agricultura campesina a pequeña escala, en cualquier modelo comunitario de vida, como un bien común e inalienable, fuera de los mercados. Los argumentos del Año Internacional de la Agricultura Familiar, quiera o no la FAO, también lo evidencian.

*Autor de No vamos a tragar

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Parar el crimen globalizado

Gustavo Duch. La Jornada de México, 25 de junio de 2014

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-Sofía, ¿y qué dijo Obama a tu reclamación?

Cuando le contó de los cánceres y leucemias de los niños y niñas de su barrio en Córdoba (Argentina), de los abortos de sus vecinas, cuando le mostró las fotos de malformaciones y le explicó cómo anda la gente con pañuelos en el rostro para disimularlas. ¿Qué le respondió el presidente más poderoso del mundo cuando Sofía le interpeló?

Con todos esos precisos detalles se lo pudo explicar, pues Sofía Gatica, recibida por Obama tras ser reconocida con el premio Goldman (el premio nobel alternativo), tiene memoria y no tiene miedo. Tiene vivencias que duelen, eso tiene. Pero realmente, ¿qué tiene Obama? ¿Miedo o en su en su defecto incapacidad para enfrentarse a una corporación estadounidense como Monsanto? Porque los campos que rodean el barrio de Sofia y muchos millones de hectáreas por otros lugares, son campos de soja transgénica de Monsanto que varias veces al año son fumigadas dede avionetas con el glifosato, pesticida también propiedad de Monsanto. Un negocio de muchas cifras responsable de lo que un informe del Ministerio de Salud cordobés ha corroborado: en las zonas donde se siembran trnasgénicos y se utilizan sus agroquímicos, la tasa de cáncer duplica al promedio nacional.

Para doblegar ese miedo, para construir capacidad es que esta semana nos movilizamos.

Por los pueblos fumigados de Argentina; por las más de mil costureras muertas en el derrumbe de las fábricas textiles en Rana Plaza (Bangladesh) donde sus manos y horas servían hacinadas a los intereses de grandes corporaciones del textil; por los 34 mineros muertos a tiros de la policía que defendió con puntería, en Marikana, al noroeste de Sudáfrica, los intereses de la multinacional Lonmin Platinum; por las comunidades que en Chiapas ven como Coca Cola es quien mejor y mayor acceso tiene al agua potable; por quienes, como esclavos del s.XXI, permanecen años a bordo de barcos thailandeses en faenas de captura de pescados que alimentarán a los langostinos criados en piscifactorías de grandes multinacionales y que se convertirán en coloridos coktails de platos de medio mundo; por las aves que caen, los peces que se ahogan, los árboles que lloran, las gentes que huyen de sus selvas en cuanto Shell, Chevron o Repsol ponen sus zarpas en ellas.

Por tanta Vida afectada por las corporaciones, urge adoptar medidas efectivas que permitan controlar sus ansias y sus codicias.

Porque no sólo es que Obama tenga o no tenga voluntad de detener los atropellos de una multinacional sino que la legislación existente está pensada para todo lo contrario, para aplanar las sendas de estos mastodontes insensibles. Si avanzan tan rápido, invictos e inviolables, también es por dos motivos. El primero, una «arquitectura de la impunidad» que, como una cuadrilla de guardaespaldas, les otorga una protección total mediante acuerdos incluidos en los tratados de libre comercio o las reglamentaciones de instituciones internacionales como el Banco Mundial o la Organización Mundial de Comercio. El segundo, ese mantra capitalista, esa fe neoliberal que, anunciando que el interés propio es el mejor mecanismo para promover el interés general, viste a estas multinacionales con trajes acorazados.

Un primer paso puede darse gracias al empeño de muchas organizaciones y movimientos sociales y su campaña http://www.stopcorporateimpunity.org/ centrada en presionar la 26ª sesión del Consejo de Derechos Humanos de la ONU que esta semana se está celebrando en Ginebra, y que incluye, en uno de los puntos a tratar, el debate sobre la “instauración de mecanismos eficaces para el seguimiento y evaluación de los impactos generados por las grandes corporaciones”. Y sobretodo puede permtir dar los primeros para la urgente necesidad de construir propuestas valientes y concretas para garantizar que el cumplimiento de los derechos humanos sea norma inviolable por parte de las empresas transnacionales.

El reto es claro: obligar a quien no quiere ser obligada a respetar lo que no quieren respetar.

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Y EL RESULTADO FINAL DE LA CAMPAÑA HA SIDO UN PASO SIGNIFICATIVO. LEER

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Mundial, patrocinadores y pueblos originarios

El Periódico de Catalunya, 10 de junio de 2014. Gustavo Duch

“Me ataron a un árbol en el bosque, me vendaron los ojos y me dijeron que iba a morir y que ninguna persona podría encontrarme nunca más. Vertieron un líquido amargo en mi boca y me dijeron que lo tragara. Después detonaron varios disparos cerca de mis oídos y ya no podía escuchar nada, entonces se fueron en su automóvil”. Así explica un muchacho guaraní, Valmir Guarani Kaiowá, como intentaron acabar con su vida el pasado lunes 2 junio, a pocos días de que en su país se inaugure el mundial de fútbol 2014.

Un territorio, Brasil, que por el año 1500, cuando llegaron los primeros europeos, era el hogar para más de 10 millones de indígenas y que ahora -explica la organización Survival- su pueblo más numeroso, precisamente el guaraní, son solo 51.000 personas que ocuparían menos de las dos terceras partes de todo el aforo de Maracaná donde, entre gritos y pasiones, se cerrará el Mundial. Otros pueblos indígenas han quedado tan mermados que ni tan siquiera podrían formar un equipo de fútbol, como los 5 supervivientes del pueblo akuntsu en el estado de Rondônia; los 4 supervivientes del pueblo juma en el estado de Amazonas; o los 3 supervivientes del pueblo piripkura, también en Rondônia.

Y sí, puede parecer una metáfora pero es bien cierto que los campos de fútbol donde van a desarrollarse el mundial de Brasil son la imagen del expolio y el robo de los territorios -selvas y bosques- donde desde siempre han vivido los pueblos originarios y que hoy, por intereses madereros, de la agricultura y ganadería industrial, las megarepresas hidroeléctricas, la búsqueda y extracción de hidrocarburos y cientos de carreteras que los atraviesan, siguen siendo destruidos a una velocidad muy superior a cualquier sprint de un delantero centro.

La supervivencia o no de estas comunidades -algunas, voluntariamente, siguen sin entrar en contacto con nuestra civilización- no solo depende de la voluntad política de la nación que los gobierna (que dedica 791 millones de dólares para pagar la seguridad durante la Copa del Mundo, una suma diez veces mayor que todo el presupuesto anual de su Departamento de Asuntos Indígenas) si no también de quienes en otros continentes sentados frente al televisor veremos como repiten hasta la saciedad las hazañas de riquísimos deportistas.

Como canta León Gieco, “el mundo está amueblado con maderas del Brasil” y es bastante probable que la mesa de madera donde descansa dicho televisor hubiera sido refugio de aves, plantas, pequeños mamíferos e insectos cerca de los estadios de Cuiabá, Brasilia o Belo Horizonte donde correrá la pelota. O por qué no, que provenga de los más de 7,2 millones de hectáreas de plantaciones de eucaliptos o pinos que hoy se levantan donde antes recolectaban, cultivaban y vivían gentes nambiquaras, umutinas o parecis. Y que, como denuncian algunas organizaciones ambientalistas, el sector quiere duplicar a base de nuevas plantaciones de eucaliptos transgénicos y así poder fabricar tanta ‘biomasa’ que la podrán exportar como fuente energética a países europeos. Aunque no piensan lo mismo las comunidades que tienen que vivir rodeadas de esos bosques uniformes y artificiales que les agotan las aguas y les desgastan los suelos donde cosechan su sustento.

Sí, sentados frente al televisor, habrá quien en la media parte se llevará a la boca una mac-hamburguesa de uno de los patrocinadores del mundial, elaborada con carne de cualquier granja industrial española donde sus inquilinos son alimentados con soja producida, por ejemplo, en el estado de Mato Grosso. Muy cerca de donde resiste el pueblo enawene nawe, gente que nunca comen carne roja y se alimentan de peces capturados en los ríos y de miel de la selva. También el refresco del Mundial, la Coca-Cola, es un peligro para los pueblos originarios pues están comprando el azúcar para su bebida a la multinacional Bunge que, como denuncia el pueblo guaraní, “la compra a terratenientes que nos han robado la tierra”.

Hasta el combustible de nuestros autos tiene que ver, pues ahora que tienen un pequeño porcentaje de etanol o biodiesel y que como no tenemos capacidad de producir, lo importamos de países como Brasil. Como pudimos leer en la prensa el pasado mes de diciembre, la lucha por detener la expansión del cultivo de caña de azúcar para la elaboración de etanol -y unos pistoleros- acabó con la vida de Ambrósio Vilhalba, quien fue el protagonista de la película Birdwatchers. En ella se relata cómo la fiebre del etanol está destruyendo su tierra guaraní por empresas como Shell y como muchos de sus hermanos y hermanas no tienen más que malvivir en las orillas de las carreteras, donde muchos de ellos acaban con su propia vida en una de las mayores oleadas de suicidios en el mundo.

Por eso es que ataron a Valmir. Porque igual que Ambrósio o su suegro Nísio Gomes, también asesinado por pistoleros enmascarados en 2011, lucha por su tierra que la codicia quiere conquistar.

Una tierra que no es un terreno de juego ni de negocios. Es tierra para vivir.

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La posibilidad de la soberanía alimentaria


Diari ARA. 12 de abril de 2014

Tomando como ejemplo el territorio catalán, altamente ‘desruralizado’, en este artículo se explica como siempre es posible una transición hacia una alimentación que descanse prioritariamente en el campesinado local. Con sus particularidades, seguro que puede hacerse extensivo a tantos otros muchos lugares que han perdido su soberanía alimentaria.

Como expliqué en el artículo ‘prevenir el crack alimentario’, disponer de alimentos suficientes en un país como el nuestro es más frágil de lo que pensamos. De hecho, como se defiende desde los movimientos en favor de la Soberanía Alimentaria, la globalización que ha ido arrinconando las políticas que apoyaban a los tejidos agrarios propios de cada territorio nos ha conducido a escenarios de alta dependencia alimentaria. Así, decía, somos vulnerables a las especulaciones de los mercados internacionales que marcan los precios de los alimentos que tenemos que comprar, dependemos brutalmente de grandes corporaciones (en la producción y en la distribución) que también, con la crisis, están en la cuerda floja y cualquier tensión internacional puede repercutir en el abastecimiento.

Pero también es cierto que cuando se plantea como respuesta dicha Soberanía Alimentaria, siempre surge una nueva pregunta, ¿qué grado de suficiencia alimentaria puede alcanzar un territorio contando con sus propios recursos naturales y humanos, sin poner en riesgo a las futuras generaciones? Pues bien, recogiendo los datos aportados por Pep Tusón, ingeniero agrónomo y colaborador habitual de la revista Agrocultura, podemos afirmar que, en el caso de Catalunya, se dispone de tierra suficiente para satisfacer prácticamente al 100% el total de la alimentación de su población. Y no es la siempre mitificada agricultura y ganadería industrial e intensiva la fórmula apropiada, al contrario, son las prácticas agroecológicas -con una agricultura que se sabe parte de la Naturaleza- las que pueden garantizar la alimentación de una población de 7’5 millones de personas.

Para llegar a esta conclusión Pep Tusón toma como primera referencia una dieta saludable y equilibrada, muy habitual en Catalunya hasta hace cinco o seis décadas, que equivaldría al consumo diario por persona aproximado de 200 gramos de cereales (arroz, trigo, cebada…), 75 gramos de legumbres (garbanzos, habas, lentejas…), 30 gramos de pescado, huevos o carne, 300 gramos de hortalizas y 100 gramos de frutas. Es evidente que esta propuesta significa un giro importante en la dieta actual pero también sabemos que modificarla es conveniente pues es responsable de muchos de los problemas médicos más generalizados entre la población.

Para producir, según esta dieta, los alimentos necesarios para toda la población catalana y obtenerlos practicando una agricultura de secano y agroecológica, se requeriría un total de 857.250 hectáreas de tierra fértil; y dado que la disponibilidad de tierra en Catalunya es de 841.830 hectáreas, Pep Tusón concluye que “se cuenta con un 98% de la superficie necesaria para producir los alimentos de toda nuestra población”. Esa pequeña diferencia de un 2%, explica también el investigador, quedaría rápidamente cubierta si una reducida parte de las actuales 264.462 hectáreas cultivadas en regadío, se mantuvieran productivas, puesto que sus rendimientos son superiores a los cultivos en secano.

Si en la actualidad Catalunya no puede abastecer a su población es desde luego por haber caminado, de la mano de todas las administraciones, hacia un agricultura de monocultivos enfocada a la exportación, lo que nos lleva a situaciones tan paradójicas como que, primero, se produce más del doble de alimentos de origen animal (carne, leche y huevos) de lo mucho -excesivo- que consumimos; segundo, tanta producción animal estabulada nos obliga a importar muchos cereales aún cuando nuestra producción actual de éstos también es excedentaria respecto al actual consumo humano; y, tercero, ni tan siquiera el bajo consumo actual de legumbres y hortalizas en un país con facilidad para estos cultivos es cubierto por nuestras campesinas y campesinos y nos vemos obligados a importarlas.

Trabajar en favor de la soberanía alimentaria de una sociedad desruralizada como Catalunya, con una agricultura industrial muy presente y enmarcada en sistemas económicos globales requiere de una planificación y coordinación de todos los sectores implicados, exige trasladar a la población información acerca de los hábitos nutritivos, necesita planes de formación en agricultura ecológica dirigida a agricultores, ganaderos y técnicos y, por último, -como gran virtud- debe acompañarse con políticas decididas que favorezcan la incorporación de muchas más personas al sector primario. No es sencillo, no es un cambio de hoy para mañana, pero es posible y, pienso, deseable que se apunte hacia esta dirección que no es, aunque pudiera parecerlo, la búsqueda de la autosuficiencia.

Es mucho más.

Es reconocer colectivamente, personas consumidoras y agricultoras, que necesitamos ajustes importantes y radicales en nuestras mesas y en nuestros campos para que, apostando por una alimentación sana, priorizando los sistemas agrarios locales y complementados con intercambios comerciales con otros territorios, claro, nos reapropiemos también del control de algo tan fundamental como es la comida. Comida necesaria para vivir y comida necesaria para generar medios de vida.

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